Nº 2177 - 9 al 15 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMandeville nos golpeó donde más nos duele: en el flanco de las ilusiones vanas, en el dominio de los prejuicios cándidos, en la desarticulación de la bochornosa creencia del genio colectivo. Su fábula es de los primeros alientos del espíritu liberal; tiene que ver con abejas pero en la realidad es toda una alegoría de la sociedad inglesa del siglo XVIII. Nacido en Rotterdam en 1670, Bernard Mandeville vivió y triunfó en Inglaterra. El libro que cambió para siempre la mirada sobre la cuestión social es La fábula de la abeja o los vicios privados, los beneficios públicos (Fondo de Cultura Económica, 2017).
Allí describe la vida habitual de una colonia de abejas que muestra grandes paralelismos con la vida humana. Hay poder y riqueza, arte y ciencia, y una gran parte de las abejas viven sus vidas en la pobreza y en el trabajo duro. Mientras tanto, los ricos se entregan al lujo y simplemente no tienen suficiente. Entre ellos abundan políticos corruptos, abogados que violan la ley y médicos que se aprovechan del sufrimiento de sus pacientes. Pero aquí viene lo interesante: todo este reprobable egoísmo mantiene el comercio y el progreso en marcha, aporta la demanda esencial sin la cual no habría comercio ni desarrollo. Tal es la paradoja que no soportan los idealistas de ninguna condición y que Mandeville celebra con adecuado cinismo.
El relato nos cuenta en la segunda parte de una guerra entre las abejas. ¿La causa? Todas asumen que la otra solo busca su propio beneficio y ocurre que es así y todas tienen razón; acusadoras y acusadas actúan de la misma forma. Las abejas friccionan para obtener más beneficios. Al final de estas cruentas fatigas fratricidas aparece el llamado esperanzado a cultivar la virtud y dejar de lado el egoísmo. No pasan horas antes de que adviertan que cometieron un error: las consecuencias de un comportamiento más virtuoso son desastrosas para la colmena y para cada uno de los miembros.
En ese momento las más voluntariosas de las abejas comienzan a reflexionar críticamente sobre valores sociales como el ahorro y el desinterés. El insensato resultado apareció de inmediato: el comercio se secó y las innovaciones en la artesanía y la industria cayeron en el olvido. El motor de la sociedad se apagó, los empresarios y los trabajadores emigraron; la colmena pereció.
Hay que llegar a la cuarta parte del libro para tratar directamente con la moraleja de la historia: estar libre de inclinaciones egoístas es una utopía que no rinde, que empobrece; para que una sociedad sea próspera se requiere orgullo, se debe celebrar el lujo y la ambición no debería ser perseguida. En esta zona el libro da numerosos ejemplos explicativos de la vida cotidiana en el siglo XVIII, que el autor analiza en detalle con humor, con perspicacia y muy agudo ingenio. En su álgebra, las estructuras jerárquicas de la colonia de abejas representan a los ricos y pobres de la sociedad inglesa del siglo XVIII. Con esta metáfora muestra la correspondencia entre la visión que tiene acerca de la sociedad y su economía y la colonia de abejas: el trabajo y el sacrificio y las necesidades de las masas trabajadoras y los motivos egoístas de los ricos conducen a la prosperidad del país.
El mensaje quedó claro, aunque hoy se lo esconda en las cancelaciones de moda: en la colonia de abejas que inicialmente todavía funciona, todas las profesiones que en realidad se basan en el altruismo convierten su objetivo en lo contrario. Un médico solo puede ganar dinero si hay personas enfermas o con riesgos de enfermedad, un panadero necesita del hambre del prójimo y el prójimo necesita del pan y de la disconformidad del panadero con sus ingresos. El afán de lucro y la satisfacción de necesidades y de lujos es lo que está detrás de una economía que funciona: se trata siempre de querer más; la buena economía reposa en la insatisfacción casi metafísica de las personas; para que haya riqueza y que la riqueza sea una escuela en la que todos aprendan a crecer, ha de haber siempre una demanda constante que resulte de la promesa o reclamo de algo nuevo y mejor. Y nada más, pues todo lo otro —como la cultura, los bienes del espíritu, las normas de convivencia— vendrá por añadidura dando lugar a nuevos horizontes en la investigación, en la producción, en la búsqueda y utilización de los conocimientos, en la paz necesaria para hacer negocios.
El relato Mandeville pone de relieve la cruel lucha por la vida, que necesariamente es un camino de libertad.