N° 1764 - 15 al 21 de Mayo de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLo que llevó a Sabina Spielrein a la consulta del joven Jung se explica con el nombre de histeria de rasgos esquizofrénicos, un cuadro que a sus 20 años le poblaba la mente de temores y reproches, le dificultaba el habla, le anudaba los brazos y las piernas. Lo que llevó a esta misma joven judía —descendiente de ilustres rabinos de origen ruso— a los brazos de Jung un par de años más tarde no fue la superada debilidad de su dolencia sino la progresiva admiración y la dependencia que fue teniendo hacia quien la había libertado de la cruel distorsión de su identidad y de su conducta. Jung, por entonces, ejercía en el famoso hospital psiquiátrico de Burghölzli, en los alrededores de Zürich, estaba recién casado y su esposa esperaba un hijo; aun así se hizo tiempo para quebrantar el juramento médico e involucrarse con Sabina de manera apasionada e innoble desde su objetiva posición dominante.
El curso inmediato de la historia fue parecido a muchas sórdidas o desgraciadas historias de amor: ella le exigió dedicación absoluta, él se la prometió; juntos forjaron la fantasía de un divorcio inminente, de armar un espacio donde sellar su felicidad y vivir unidos para siempre, hablaron de la posibilidad de concebir un hijo llamado Sigfrid (en homenaje a Wagner, figura central en el alma de Jung); entendieron que nada sería obstáculo para sus sentimientos; él previsiblemente al poco rato se aburrió, tomó distancia, la maltrató; ella procuró recomponerse re-orientando su fijación hacia el estudio. Lo que no está en el repertorio de los lugares comunes son los extraños horizontes que tocará el destino sobre todo de ella: despechada por el desdén de Jung se dedicó a estudiar medicina, hizo su carrera en muy poco tiempo con asombro de sus profesores, se especializó en psiquiatría y se convirtió en una de las primeras colaboradoras de Freud. Es más: a ella fehacientemente hoy ya se le atribuye tanto las razones del acercamiento entre ambos médicos cruciales en la historia del psicoanálisis, como también los buenos motivos de su acre distanciamiento. De acuerdo a las últimas investigaciones, se pudo establecer que gran parte de la tardía teoría de la pulsión de muerte la debe Freud a los aportes clínicos y teóricos de la joven doctora Spielrein.
El olvido, que es la mortaja en la que envuelven todas las cosas de este mundo, según la célebre fórmula postulada por Bacon, determinó que el nombre de Sabina quedara sepultado entre la bruma de los primeros terribles años del gobierno de Stalin en la Unión Soviética. No quedó ningún registro de lo que fue su vida a partir de mediados de la década de los 20 hasta su posible muerte, calculada diez años después; ser judía y psicóloga no ha de haber sido nada fácil en aquel infierno y es lógico que su huella se borrara casi definitivamente. Pero por fortuna la tiranía comunista no pudo con el azar. Según nos cuenta Bruno Bettelheim en el excelente prólogo al libro de Aldo Carotenuto “Diario de una secreta simetría” (Gedisa, que distribuye Océano), “hacia fines de 1977, por esas cosas del azar, llegó a manos de Aldo Carotenuto —psicoanalista junguiano que enseña teoría de la personalidad en la Universidad de Roma— una colección de documentos perdidos u olvidados. También por casualidad, estos documentos se habían conservado en el sótano de un edificio que años antes había sido la sede del Geneva Institute of Psychology. Habían pertenecido a la doctora Sabina Spielrein, una de las pioneras en el campo del psicoanálisis, que a principios de la década de 1920 vivió y trabajó en Ginebra. Allí analizó, entre otros, a Piaget, aunque solo durante algunos meses. En 1923, la Dra. Spielrein decidió regresar a Rusia, su país natal, y es probable que haya sido entonces cuando pasaron al sótano del Instituto”.
Carotenuto advirtió de inmediato la importancia de esta colección que incluía 20 cartas de Freud y muchas más de Jung. Lo que no fue obvio desde un comienzo fue la importancia aún mayor de estas cartas en lo que hacía a la persona a la que estaban dirigidas, la Dra. Spielrein. De hecho, la publicación de esas cartas en “Secreta simetría” demuestra la influencia decisiva que Spielrein ejerció sobre la vida y el desarrollo de las ideas de Jung, y el papel que desempeñó en el psicoanálisis junguiano y freudiano, así como su contribución al establecimiento de la relación entre Jung y Freud y su posterior alejamiento. Todo esto se puede ver no tanto en las cartas de Spielrein, además de su diario que, si bien fragmentario, es muy revelador. Ambos elementos combinados ponen de manifiesto aspectos nuevos y sorprendentes en la correspondencia entre Freud y Jung.
La presente obra, que ha servido de inspiración para la solamente correcta y un poco amanerada película de David Croeneberg, se basa en las cartas de Sabina a Jung y a Freud. Es un tesoro para el dilatado club de arqueólogos del psicoanálisis que disfrutan encontrando significado en las minucias y casualidades de los humores de Freud y de sus amigos, pero también es un libro interesante para cualquier lector que quiera comprender el sonido y la furia de una épica intelectual que dio nacimiento a una de las grandes revoluciones del conocimiento moderno.