N° 1760 - 10 al 16 de Abril de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecir que un libro es definitivo acerca de determinado tema indica no solamente un descorazonado pesimismo, sino también su buena dosis de pereza. Lo correcto, lo que conviene al talante intelectual que busca el saber, que no se conforma, que piensa en el trato con el conocimiento como en una faena incesante y por definición incompleta, es hablar de libros provisorios, de una comprensión precaria, de una investigación que siempre será fragmento de un vasto proyecto de apropiación que no tiene, que no quiere tener fin.
Podría ser norma universal esto que señalo si no mediaran los libros de la familia Massin, de Jean y de Brigitte, su esposa. Hasta que ellos decidieron escribir sobre Mozart y luego sobre Beethoven, hasta que la dama dio al mundo la exhaustiva biografía de Schubert, uno podría postular que los libros definitivos no existen. Pero ahí están esas tres biografías para enmudecer cualquier dogma respecto del controversial asunto de la totalidad del conocimiento. En mi ya larga vida de lector me enfrenté a distintos tipos de obras, únicas por alguna razón específica y difícilmente transferible a otros libros; por ejemplo, los “Diálogos de los muertos”, de Luciano Samosata, donde se burla de Sócrates y de Platón; el libelo que Séneca escribe contra el emperador Claudio (“De cómo el dios Claudio se convirtió en calabaza”); el poema infinito de Lucrecio acerca de las causas materiales de todo lo que existe sobre y dentro de la Tierra; el “Trésor”, de aquel amigo de Dante llamado Bruneto Latini; los “Ensayos” de Bacon, base del pluralismo intelectual en los tiempos modernos; las historias de Gibbon y de Mommsen sobre distintos tiempos de Roma; el fragmento sobre el agua en el capítulo XVII del Ulises, escrito en lenguaje notarial-catequético; el estudio de Max Brod sobre la vida y la obra del abogado Franz Kafka. Cualquiera de estas piezas tiene algo único que agota el tratamiento de los temas que aborda. Ninguna, sin embargo, remata, exprime, decanta y completa tanto una cuestión como lo que consiguen hacer estos historiadores de la música con las figuras y almas sometidas a su curiosidad ilimitada, a su implacable escrutinio.
La casa Turner (que distribuye Océano) ha tenido la felicidad de crear una colección de libros de historia de la estética musical donde figuran los libros del matrimonio Massin, algo que debemos agradecer en esta y en siguientes reencarnaciones por cuanto nos permite trabar contacto con una forma de conocer que no es cercana a estos olvidados parajes del universo. Quiero advertir que para tratar con estos libros se necesita músculo y espacio: cada uno de ellos tiene más de 1.500 páginas. Pero también, y especialmente, se necesita desmedida curiosidad.
Aquí, empero, debo plantear algunas precisiones, pues no querría que se confundieran los términos de mi efusiva recomendación. Creo, como enseñó Oscar Wilde, que la misión del arte es revelar el arte y ocultar al artista; desconfío, por tanto, del género biográfico como forma de conocer las obras de un creador, como camino para sustituir o explicar la emoción que nos produce el arte. Creo, ya específicamente en materia de música, que la experiencia de la audición es un acto íntimo y propicio al quehacer metafísico, como bien lo enseñó Schopenhauer; la música, decía, al carecer de visibilidad, al ser en un cierto sentido abstracta no contamina nuestra imaginación con símbolos o excitaciones externas y nos invita a operar con nuestros propios contenidos; la música nos interioriza. En consecuencia, vana resulta la tarea de sintetizar el valor de la música mediante otro recurso —sea la crítica, la biografía del creador, las estatuas de bronce o mármol, los palcos, los aniversarios múltiplos de cien conforme al sistema decimal— que no sea confrontarse a ella, darse por entero a las innúmeras sugestiones y misterios de su discurso. La única manera de comprender y amar la música, de comprender y admirar a los músicos es escuchar música, entregarse a su embrujo y no prestar atención a lo que otros —sean sabios o ignorantes— dicen, proponen o conjeturan.
Establecido esto, ruego a los lectores que lean y consulten sin reservas, cotidiana y obsesivamente los libros del matrimonio Massin. Tal vez por una mayor cercanía con el compositor, recomiendo la perfectísima presentación de Schubert; cada una de sus páginas es una invitación, un llamado.