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    Se acabó el recreo... de la pandemia

    N° 2071 - 14 al 20 de Mayo de 2020

    El Club Bohemios pateó el tablero. Su presidente, Alejandro Flores, anunció que el club abrirá sus puertas el próximo 1º de junio. Lo hará con todas las precauciones y protocolos necesarios para cuidar al socio, pero si no abre pronto probablemente no lo haga más.

    “Es una cuestión de supervivencia del club”, dijo Flores. Y tiene razón. Son cada vez más las voces a escala mundial que se cuestionan si no es peor el remedio que la enfermedad. Y las estadísticas parecen darles la razón: la tasa de mortalidad del coronavirus es insignificante en menores de 40 años (menos del 0,4%), no llega al 1% entre 50 y 59 años y sí va creciendo en mayores de 60, 70 y 80 años. Pero a esta población es más fácil aislarla y la inmensa mayoría están jubilados.

    Es altamente probable que este “parate” de la economía deje más muertos y secuelas que el propio Covid-19. Muchos morirán de hambre. Otros, de enfermedades contraídas como consecuencia de la peor alimentación, abrigo o acceso a remedios por falta de dinero. Y no faltarán los suicidios, la mayor violencia doméstica y las rupturas familiares.

    “Las ventas en la farmacia de la Fundación Cazabajones, que suministra antidepresivos, ansiolíticos y estabilizadores del ánimo a sus 15.000 pacientes registrados, se dispararon a mediados de marzo, ya que el aislamiento social exacerba los factores de riesgo y profundiza las depresiones”, según comenta al diario El País su director, el psiquiatra Pedro Bustelo.

    La situación de angustia que produce el aislamiento social, la merma en los ingresos, la pérdida del empleo o la amenaza de perderlo en el futuro cercano han disparado las llamadas a las líneas de prevención de suicidio y de apoyo emocional que dispone ASSE. “Mientras la línea referida al suicidio recibió 2.600 llamadas en su primer año de funcionamiento (2018) la nueva línea de apoyo emocional recibió 1.360 en solo cinco días, del martes 14 al domingo 19 de abril”, comenta a El País Juan Triaca, director de Salud Mental y Poblaciones Vulnerables.

    Por otra parte, ninguna empresa tiene espaldas para poder mantenerse abierta, pagar sueldos y gastos fijos si no genera ingresos. Las más rentables y mejor gestionadas tendrán fondos propios o líneas de crédito para aguantar el temporal durante 45 o 60 días, pero la inmensa mayoría no puede hacerlo.

    El Estado tampoco puede cubrir todos estos males. Y menos puede hacerlo el Estado uruguayo, desangrado durante los últimos 15 años, padeciendo un déficit fiscal mayor al 5% del PBI, una inflación de dos dígitos, una tasa de desempleo superior al 10% (disfrazada con la contratación de miles de empleados públicos innecesarios) y una tasa de desempleo juvenil superior al 30% (esta sí, sin disfraz).

    Si la falta de libertades individuales, los excesivos controles del Estado sobre la vida de los ciudadanos y las restricciones al comercio nunca fueron buenos compañeros en tiempos de vacas sanas, menos lo serán en tiempos de vacas enfermas.

    Se acabó el recreo. Hay que volver a trabajar.

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