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    Se ganó y es lo que importa

    N° 2026 - 27 de Junio al 03 de Julio de 2019

    Un notorio periodista deportivo acostumbra, previo al comienzo de algún torneo internacional, calcular el número de pasos que necesita la selección uruguaya de turno para arribar a la instancia definitoria. Desde ese ángulo puramente matemático, el mero hecho de ganar su serie y haber accedido a la siguiente instancia de esta Copa América es algo claramente positivo. Es que ya hemos superado el primer escollo que aparecía en nuestro camino y la reconquista del preciado trofeo en juego está hoy un escalón más cerca. Lo que no quita que deba analizarse la forma en que se ha conseguido dicho logro.

    Tras un comienzo esperanzador, doblegando a Ecuador con inusual holgura, le siguió luego un empate con sabor a poco ante Japón, que le puso paños fríos a un optimismo quizás desmesurado, en cuanto a las futuras posibilidades de nuestro equipo. En nuestra última columna habíamos dicho que la producción celeste en su debut en el torneo estaba entre las mejores que una selección uruguaya había tenido en las últimas justas internacionales. Pero, frente al explicable entusiasmo que esa primera muestra había despertado en el grueso de nuestra afición, fuimos particularmente cautos en cuanto a que los futuros rivales del grupo podían plantearle mayores complicaciones.

    Y ¡vaya que las hubo frente al bisoño equipo nipón! Tanto que el elenco celeste estuvo en dos oportunidades abajo en el tanteador, y tuvo que exigirse al máximo para rescatar finalmente un punto de oro, que lo dejaba con la chance intacta de cara al último partido del grupo frente al actual campeón Chile. ¿Acaso se subestimó a un rival que, conformado con una base juvenil y el aporte de unas pocas figuras más experientes, parecía estar por debajo de nuestras posibilidades? No parece que ello haya sucedido, porque el mensaje del propio Maestro Tabárez, previo al partido, fue enfático en cuanto a que este debía ser asumido con la mayor seriedad. Lo que ocurrió es que la inusual velocidad de los rivales les generó dificultades a nuestros hombres de la media cancha, a los que les costó mucho hacerse de la pelota y desdoblarse en ofensiva. Y como si ello fuera poco, no existió puntualmente una respuesta adecuada en las dos jugadas de los goles japoneses. En el primero, porque Laxalt tuvo un tirón en la acción previa al veloz contragolpe del puntero rival, y no logró darle caza para evitar su remate certero; y en el segundo, porque Muslera falló feo al intentar cortar un centro sin mayores pretensiones desde el costado de su área, dejándole la pelota servida al autor del gol.

    Ello empero, en ambas ocasiones hubo una elogiable respuesta anímica que permitió igualar el tanteador casi de inmediato. A lo que se sumó, en la media hora final, la jerarquía indiscutible de Suárez y Cavani, que lograron generar varias claras situaciones de gol, para desnivelar el partido a nuestro favor, aunque no pudieron concretarse del modo esperado.

    Esa relativa frustración (empatar un partido complicado que bien pudo ganarse) hizo que todas las baterías debieran apuntarse al siguiente cotejo contra Chile, un rival conocido y de probada jerarquía, que venía de obtener sendas victorias —una de ellas, goleando al mismo Japón— y que estaba un punto arriba en la tabla de posiciones de nuestro grupo. La inesperada lesión de Torreira, sumada a la anterior de Vecino, determinó que el Maestro debiera darle una nueva estructura al medio campo, apelando a De Arrascaeta y al juvenil Valverde. Y ocurrió que a ambos les llevó muchos minutos encontrarle la vuelta al partido, y que además Lodeiro estuvo muy lejos del excelente rendimiento del debut. Fue así que el elenco trasandino se adueñó prontamente de la iniciativa, aunque sin inquietar mayormente al arco de Muslera. Como a su turno tampoco Uruguay pudo hacerlo, el partido se fue desdibujando con el paso de los minutos. En ese primer tiempo hubo una sola jugada de gol para cada equipo, siendo la más clara la que tuvo Suárez, que se empecinó en definirla él, casi sin ángulo, cuando De Arrascaeta le pedía la pelota, solo y sin marca frente al arco.

    El ingreso de Nández, al comenzar el segundo tiempo, le otorgó más marca al sector central y el partido se tornó más parejo. Con el paso de los minutos pareció que Chile se conformaba con el empate, aunque paradojalmente fue suya la mejor chance de gol en dicho lapso, la que no se concretó por una milagrosa salvada de cabeza de Josema Giménez en la propia raya del gol, con Muslera ya superado. Los minutos finales mostraron a nuestro equipo con cierta mayor ambición, pero —como ha ocurrido tantas veces— con Suárez y Cavani teniendo que valerse por sí solos, pues la pelota nunca les llegó bien jugada.

    Faltando un cuarto de hora, el Maestro se jugó la última carta y mandó a la cancha a Jonathan Rodríguez. Supusimos que iba a procurar desbordar por la banda derecha del ataque, pero sorpresivamente apareció por el lado opuesto. Pero unos minutos después, tras unos cuantos pases certeros —en la única jugada ofensiva bien hilvanada en todo el partido— la pelota le llegó, enganchó para su pierna derecha y cuando pareció que iba a sacar un remate cruzado al arco, hiazo un preciso centro corto hacia donde estaba Edison Cavani sin marca, quien, con un golpe de cabeza esquinado, logró el gol que le daría el triunfo a nuestro equipo y la primera posición en su grupo.

    ¿Jugó bien Uruguay? No. ¿Mejoró el nivel de juego respecto al partido anterior igualado con Japón? Tampoco. ¿La nueva conformación de la media cancha abasteció de mejor manera a nuestra dupla goleadora? Lamentablemente, no. Faltaron pases punzantes a los dos delanteros, y tampoco existió firmeza en la marca, salvo por el lado de Bentancur. ¿Fue justa su victoria? Sí. Aunque el trámite del partido fue relativamente parejo, Chile pareció contentarse con un empate, que igual lo dejaba liderando el grupo, y hasta pareció que su técnico subestimó nuestro poderío, preservando a algunos titulares para el siguiente cotejo. En cambio —aún sin rendir lo que puede y se aguarda— nuestro equipo jugó a ganar el partido y el grupo, pensando que Perú parecería ser un rival más accesible que Colombia.

    Lo importante es que había que ganar ¡y se ganó! Estamos más cerca, pero igual hay que mejorar. Y Tabárez deberá rearmar una media cancha que le asegure un mejor equilibrio entre marca y creación. Si no lo consigue, quizás sea bueno sumar otro hombre de punta (¿Jonathan?) que ensanche el frente ofensivo y pueda liberar la marca rival sobre Suárez y Cavani; que siguen siendo nuestra mayor carta de triunfo. Todavía falta mucho, pero estamos en el buen camino.

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