Nº 2184 - 28 de Julio al 3 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo añadió nada nuevo John Gray cuando afirmó que el pensamiento liberal no tiene una naturaleza esencial. En su abordaje del tema observa cuatro notas que son generalmente características de las tendencias filosóficas, políticas, normativas liberales, a saber: es individualista, pues afirma que la persona es moralmente superior a las ideas de cualquier comunidad social; igualitaria, en cuanto otorga a todos los hombres el mismo estatus moral y niega que las diferencias que existen entre los seres humanos en términos de valor moral tengan algún significado en términos de orden jurídico o político; universalista, en el sentido de que ve a la raza humana como moralmente unida y concede una importancia secundaria a asociaciones históricas y formas culturales específicas; y perfeccionista, en el sentido de que afirma que todas las instituciones sociales y políticas pueden ser mejoradas y perfeccionadas.
Esta reducción comprensiva entona con lo planteado por Mises en una pieza ya clásica de la biblioteca liberal, que es precisamente Liberalismo (1927). Allí explica que el objetivo del liberalismo no consiste en hacer felices a las personas, sino simplemente en crear las condiciones sociales que permitan a las personas, como ciudadanos, realizar sus ideas individuales en la búsqueda de lo que entiendan una vida feliz de la mejor manera posible. Esta precisión induce a dos conclusiones complementarias y que mucho revelan acerca del tema, a saber: el liberalismo no es solo una doctrina de política económica, sino una expresión social y política.
Sin embargo, por otro lado, esta formulación del liberalismo no es ni quiere ser una visión del mundo, sino un programa político. Mises pretende que este programa se entienda de tal manera que no esté dirigido a la felicidad interior sino solo a los factores externos de esta felicidad: “Con los medios a disposición de la política humana, uno puede hacer que los hombres sean ricos o pobres, pero nunca puede lograr hacerlos felices y cumplir sus anhelos más íntimos y profundos de satisfacer. Todas las ayudas externas fallan. Todo lo que la política puede hacer es eliminar las causas externas del dolor y el sufrimiento; puede fomentar un sistema que alimente a los hambrientos, vista a los desnudos y albergue a los desamparados. Pero la felicidad y el contentamiento no dependen del alimento, el vestido y la vivienda, sino sobre todo de lo que el hombre atesora dentro de sí mismo. El liberalismo no centra su atención exclusivamente en las cosas materiales por desprecio de los bienes espirituales, sino porque está convencido de que lo más alto y lo más bajo del ser humano no pueden verse afectados por normas externas. Solo busca crear prosperidad en el exterior, porque sabe que la riqueza interior, espiritual, no puede venir de fuera, sino solo de dentro del propio pecho. No quiere crear nada más que los requisitos previos externos para el desarrollo de la vida interior”.
Creo que esta precisión se impone a la hora de trabar contacto con la calumnia habitual que desplaza hacia lo material como doctrina el respeto que el liberalismo tiene por el fuero personal. Y lo otro que termina por clarificar tiene que ver con la propiedad, allí se quiere encerrar al liberalismo en una simplificación infamante. Dice Mises: “El liberalismo no aboga por el mantenimiento de la propiedad en interés de los propietarios. No quiere conservar la propiedad separada porque no puede disponer de ella sin violar los derechos de los propietarios. Si consideraba que la abolición de la propiedad privada era útil para el interés público, entonces apoyaría su abolición independientemente de que perjudicara a los propietarios. La conservación de la propiedad privada redunda en interés de todos los estratos de la sociedad. Incluso los pobres, que no tienen nada que llamar suyo, viven desproporcionadamente mejor en nuestra sociedad que en una sociedad que resultaría incapaz de producir ni siquiera una fracción de lo que se produce en nuestra sociedad”.
La admisión de estos puntos traza la frontera entre lo que es el camino de la libertad y el uso degradado de la política para fines ajenos a los principios que deberían presidirla.