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    Ser comerciante en la Venezuela socialista del siglo XXI

    N° 1742 - 05 al 11 de Diciembre de 2013

    Al norte de Miami se encuentra Weston, una hermosa comunidad que ha crecido enormemente en los últimos años gracias a la cantidad de venezolanos que abandonaron su país, espantados por las políticas represivas de Chávez y Maduro. Han sido tantos, que a esta zona le llaman “Westonzuela”.

    Hace pocos días, el presidente Maduro declaró: “Voy a anunciar un conjunto de acciones económicas nuevas (para) luchar contra el capitalismo acaparador y contra la especulación”.

    Pero, ¿qué es el capitalismo y por qué despierta tanto odio?

    El capitalismo es un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales y, en especial, el derecho de propiedad. En una sociedad capitalista, todas las relaciones humanas son voluntarias. Los hombres son libres de comerciar entre ellos o no y de llegar a acuerdos que consideren positivos, según sus propios juicios, intereses o convicciones.

    En el capitalismo, la riqueza se crea con el uso de la mente y del esfuerzo fecundo de cada persona. Por eso, “cuando clamáis por la propiedad pública de los medios de producción, estáis clamando por la propiedad pública de la mente” (Ayn Rand).

    El valor del trabajo y de la creación individual no lo determina el mandamás de turno, sino miles o millones de personas dispuestas a pagar por ese producto o servicio lo que crean conveniente. Si un producto les parece “caro” comprarán otro más barato o un sustituto cercano. El capitalismo, más temprano que tarde, siempre ofrece una alternativa razonable.

    El capitalismo exige lo mejor de cada individuo, donde cada cual es libre de elegir el trabajo que más le guste y llegar tan lejos como sus deseos, “talentos y virtudes” lo permitan. En el capitalismo rige la meritocracia, no el amiguismo.

    El rol del Estado en un sistema capitalista (en serio) es el de asegurar los derechos individuales y evitar que sean violados por la fuerza física, psicológica o económica de otras personas o grupos. Por eso los estados deben facilitar la libre competencia y la vigencia de la ley de la oferta y la demanda, que es el mejor “escudo de los débiles” que se conoce hasta ahora.

    En un sistema capitalista las personas buscan “su propia felicidad” con el afán de realizarse, lograr sus metas y alcanzar propósitos más elevados. Rige el paradigma de la abundancia: “si algo no hay, podemos crearlo”.

    En un sistema capitalista, todos “especulan”. Lo hacen los consumidores, tanto como los comerciantes, y lo hacen los obreros tanto como los patrones. ¿O acaso no “especula” la viejita-viuda-y-jubilada que recorre todos los puestos de la feria para “acaparar” la mejor verdura al menor precio? ¿Acaso no especula el obrero que envía varias postulaciones a diferentes empleos y elige el que más le conviene a él y su familia?

    Los mejores productos, los mejores servicios y los mejores empleos se consiguen cuando hay competencia. Cuando se abre una mejor pizzería en su barrio, es usted el primero en elegirla. ¿Se ha puesto a pensar, señor solidario y altruista vecino, que es usted el que va a “despedir” al dueño de la pizzería y sus cuatro empleados cuando “discrimine” al viejo comercio y pase a comprar en el nuevo? Aunque le duela reconocerlo, es usted, mi estimado amigo, el tan odiado y nefasto “mercado”.

    Es por eso que los empresarios y los amantes de la libertad se van de Venezuela a Westonzuela. Esperemos no tener que irnos nunca de Uruguay a Westonguay.

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