N° 1754 - 27 de Febrero al 05 de Marzo de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Las herramientas del empresario son sus valores; la herramienta del burócrata es el miedo”. Ayn Rand.
En los países de primera, donde rige preferentemente un sistema capitalista basado en la libertad de comercio, sin monopolios, donde el Estado no se entromete en la economía y los ciudadanos son protegidos en sus derechos individuales (aun ante el propio Estado), allí el tipo de empresario que florece es uno con cualidades emprendedoras, innovador, transparente y orgulloso de sus logros, los que exhibe sin pudor públicamente.
En cambio, en los países híper regulados, donde el Estado es una traba ante cualquier emprendimiento, donde cualquier burócrata tiene una llave para abrir pequeñas o grandes puertas, donde el comercio de influencias es más rentable que el comercio de mercadería, allí crece el empresario prebendario, practicándose la alcahuetería, la presión y el miedo como monedas corrientes de cambio.
Consulté a varios amigos que tuvieron o tienen negocios en Venezuela (negocios pequeños o emprendimientos familiares) para que compartieran algunas vivencias cotidianas de lo que significa emprender en la Venezuela bolivariana.
Para empezar, uno de ellos me envía el mail desde una dirección de correo de un amigo “pues estoy segura que mi correo lo tiene controlado la inteligencia bolivariana en mi país”. El solo hecho de temer que el Estado puede estar controlando su correspondencia privada, es uno de los mayores temores que puede infundir un régimen dictatorial: la autocensura.
Los trámites burocráticos para abrir un comercio son una verdadera odisea. Parece que hay dos tipos de burócratas: los “rojitos” (adláteres del régimen) y los “escuálidos”. Cada uno de ellos pide requisitos diferentes y, además, las reglas de juego las cambian cada pocos meses o días.
Cuando el trámite se tranca (generalmente de ex profeso), es común recibir la visita de los rojitos “que aparecían cortésmente por nuestro establecimiento para pasar la manito y hacernos un favor con el trámite”, es decir, cobrarles una rioplatense “coima”. “Así uno entra dentro de ese sistema (de coimas y favores) y al final todos nos volvemos panas” (amigotes, cómplices).
El 70% por ciento de la población económicamente activa depende directa o indirectamente del Estado: empleados públicos, jubilados, empresas proveedoras del Estado, individuos que reciben dinero sin trabajar, subsidios, etc. Por eso Venezuela no produce nada: importa entre el 50% y el 75% por ciento de los alimentos que consume y ¡hasta 3,3 millones de litros diarios de gasolina cuando es uno de los principales exportadores de petróleo del mundo! Hay escasez de todos los productos básicos, porque los empresarios no pueden invertir sin conocer las reglas de juego ni tener un horizonte de certeza económica y jurídica.
Venezuela está entre los peores países del mundo para emprender un negocio. Figura en los últimos lugares del ranking Doing Business del Banco Mundial (181 en 189) que mide los obstáculos para iniciar y desarrollar un emprendimiento. Por eso los venezolanos que quieren vivir de su propio esfuerzo (y no del esfuerzo de otros ni del Estado) se van de Venezuela, como los cubanos se van de Cuba.
Ser empresario en Venezuela es una ardua tarea. A las limitantes que impone el Estado socialista, se suma una fuerza laboral improductiva, llena de títulos universitarios pero que no sirve para nada y cubre sus falencias gritando “la ley me ampara”.
La inseguridad campea y la violencia se vive a diario en robos, asaltos o “donde los delincuentes te llaman desde las cárceles con amenazas de secuestro por un equivalente a 100 dólares”, como me comenta una empresaria que ya abandonó el país.
El termómetro moral de una sociedad se puede ver en cómo se practican las relaciones de comercio y para ello nada mejor que volver a citar a Ayn Rand y su magnífica “Rebelión de Atlas”: “Cuando vea que el comercio no se hace por consentimiento de las partes, sino por coerción; cuando advierta que para producir necesita autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno o por influencias más que por el trabajo y repare que la corrupción es recompensada mientras la honradez se convierte en un auto sacrificio; entonces podrá afirmar —sin temor a equivocarse— que su sociedad está condenada”.
Venezuela ya está condenada. ¿Cuánto le estará faltando a Uruguay?