N° 2056 - 23 al 29 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáShakespeare fue casi desconocido en Francia hasta la década de 1730. La primera persona de relieve que trabó contacto con sus obras fue Voltaire. Sabemos que el filósofo aprendió inglés durante los fructíferos tres años que vivió en Londres y presumimos que debe haber entrado en contacto con las obras a partir de la por entonces reciente edición llevada adelante por Alexander Pope, en 1725.
Cuando regresó asumió con cierta fiebre la traducción de Julio César: Bruto, la mort de César en 1731, una obra de teatro en cinco actos escrita en versos alejandrinos. Más tarde una de sus Cartas filosóficas presentó la primera traducción de Hamlet a la lengua francesa. Pese al ingente esfuerzo creativo que hizo, Voltaire renegó de tanto sacrificio y escribió acerca de la imposibilidad de verter con lealtad las palabra del poeta: “Nada es más fácil que exhibir en prosa todas las tontas impertinencias que un poeta puede haber arrojado; pero es una tarea muy difícil traducir sus buenos versos... Perdón por las imperfecciones de la traducción por el bien del original; y recuerda siempre que cuando ves una versión, solo ves una leve impresión de una bella imagen.”
Las opiniones de Voltaire sobre las obras no aseguran que esté conectado para siempre con Shakespeare. Aunque reconoció la grandeza de los escritos de Shakespeare, todavía pudo decir: “Shakespeare se jactaba de un genio fuerte y fructífero. Era natural y sublime, pero no tenía ni una chispa de buen gusto, ni conocía una regla del drama. Ahora arriesgaré una reflexión aleatoria, pero al mismo tiempo verdadera, que es que el gran mérito de este poeta dramático ha sido la ruina del escenario inglés”. Dijo también: “Era un salvaje. Ha escrito muchas líneas agraciadas pero sus piezas pueden agradar solo en Londres y en Canadá. No es una buena señal cuando solo te admiran los de tu propia casa”. Y remató en el colmo de la impertinencia y del desdoro: “Me hierve la sangre en las venas mientras hablo con usted acerca de él… Y lo terrible que es… es que yo, que fui el primero en hablar sobre este Shakespeare, también he sido el primero en demostrar a los franceses algunas perlas que había encontrado en su enorme vertedero.”
Me gusta pensar que en Voltaire habría quizá razones subalternas para no rasgar el velo de su tiempo y apreciar la inmortalidad viviente de la obra shakespeariana. Después de todo, tanta energía no consigue opacar el entusiasmo; algo que debe medirse muy bien en el siglo XVIII, donde la canonización de las unidades aristotélicas consagrada por el teatro clásico francés y la perfección moral y estética del lenguaje, el primor cortés de las expresiones se encontraba a buena distancia de la frescura insolente de las criaturas isabelinas, más directas, más silvestres en sus modos comunicativos.
No escapa Shakespeare a la subyugación sentida por Madame du Deffand, que fue una mujer decididamente culta siendo que también supo revestir como dama a la que en su momento le interesaron las menudencias del aplauso social. Pero es evidente que sus buenas lecturas obraron favorablemente en ella; cuando se confrontan sus numerosas cartas (Lettres: 1742-1780, Mercure de France, 2018), se nota que tenía un fino discernimiento sobre ideas y autores y que incluso las materias científicas no le eran ajenas. Allí están sus certeros apuntes sobre la conducta de los personajes de Corneille o sobre el delicado arte de la alusión en Racine, sobre las ideas provocativas de Montaigne y especialmente sobre el arte de Shakespeare o más exactamente sobre el impacto perturbador de la molicie que entraña su discurso. En una carta al inglés Horace Walpole datada en el invierno de 1763 escribe: “Oh, amigo, admiro a su Shakespeare; me lleva a adoptar todos su defectos; me lleva incluso a creer que no es necesario admitir ninguna regla, que las reglas son los obstáculos del genio; las reglas enfrían, apagan. Amo la licencia, que deja las pasiones a la vista en toda su brutalidad, pero al mismo tiempo las muestra en toda su verdad. ¡Qué caracteres diferentes, qué movimientos, cuánto calor! Es cierto que hay trazas de muy mal gusto que bien podrían excluirse, es cierto que se hace visible la ausencia de las tres unidades, pero eso lejos de chocar, merece aprobación porque el resultado es de grandes bellezas”.
Todo el siglo XVIII preparó al siglo siguiente para convertir la admiración por Shakespeare en una resplandeciente y vasta religión.