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    Sin cobardes ni caníbales

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2156 - 6 al 12 de Enero de 2022

    Durante muchos años, digamos mi adolescencia y buena parte de mi vida adulta, el elemento emocional al que recurría para “cerrar” el año y recordarme internamente que otro comenzaba, era un tema de la banda irlandesa U2. La canción era, obviamente, “New Years Day” y su aire melancólico y al mismo tiempo combativo me servía para evocar de manera genérica y vaga, todo lo que había ocurrido, en ese año y en los previos. Al mismo tiempo me dotaba de esa expectativa optimista y positiva que se tiene, por mera tradición cultural y acuerdo con el calendario, hacia el año que comienza.

    “New Years Day” es una canción que aparece en el disco War, tercero del grupo. Fue el principal sencillo de ese disco y salió en enero de 1983. Si bien años más tarde el cantante Bono explicaría que la letra de la canción hablaba sobre el sindicato polaco Solidaridad y su líder Lech Walesa, nada de eso era evidente cuando uno escuchaba la canción. La letra es recurrente en sus alusiones más o menos genéricas sobre estar unidos cuando nos quieren separar, especialmente en el día de año nuevo. Por eso, mucho más importante que el significado de su letra, fue su video. En él, la banda aparecía montando a caballo, avanzando en medio de un bosque nevado. La distintiva línea de piano que define el tema aparece apenas comenzado este y de inmediato se cruza con la guitarra rítmica seca de The Edge. Antes de cantar una sola palabra, la voz poderosa y rica de Bono ya nos convenció de lo que sea que vaya a decir en el tema.

    Cuando comienza el primer verso, en el video vemos a la banda en la nieve, tocando sus instrumentos con guantes y tan abrigados como se podía estar en 1983. También aparecen varios primeros planos de Bono con su corte de pelo de entonces, ese que influenciaría a miles de jugadores de fútbol en todo el mundo, incluido el Patito Aguilera. Ojo, ese corte también sería influencia en rockeros como Gabriel Peluffo, todo hay que decirlo. Para cuando llegaba el estribillo, tras ver en el clip algunas escenas de guerra intercaladas, uno no tenía más remedio que abrazar a quien tuviera a su lado, así de emotivas son las líneas clave de esa canción. De alguna forma difícil de poner en palabras, el universo emocional que evoca el tema nos llega de inmediato, por pura melodía y arreglo, sin necesidad de entender una palabra de inglés y sin tener la menor idea de quien es Lech Walesa ni porque le dieron el Premio Nobel. Y si uno sabía un poquito de inglés, entendía que el segundo estribillo hablaba de comenzar de nuevo, algo más que apropiado para una canción que habla del primer día del año.

    La sensación que “New Years Day” le dejaba a uno en el cuerpo era clara: si bien no habíamos hecho las cosas demasiado bien hasta entonces (las imágenes bélicas del clip así lo muestran), siempre tendremos una oportunidad en el año que comienza. A pesar de que el tiempo es un asunto que podría parecer lineal, sin un comienzo preciso y sin conocer su final, los humanos necesitamos de ciclos que concluyan, que se cierren, para así poder tasar lo hecho y lo que está por hacer. Como señalaba en Facebook Gonzalo Frasca: “El hecho de poner un término y un inicio, por más que sea en una fecha y una hora arbitraria, no es irrelevante. Es ponerle límite a algo, es ponerle nombre. Esa es la fuerza de la Humanidad: abstraer y nombrar para entender”. Y agregaba: “Es imposible analizar críticamente nada si no lo delimitamos. Si ni nosotros ni la civilización cumpliéramos años, nos costaría enormemente reflexionar sobre lo vivido para aprender, para hacer duelos, para intentar entender”. Por eso “New Years Day” tenía ese poder evocativo, esa capacidad de delimitar un ciclo y plantearse, como hacemos todos, nuevos deseos de cambio para el año que comienza.

    Con el paso de los años y tras haber acumulado unos cuantos en el lomo, más que preocuparse por que el próximo sea aún mejor que el previo (algo que existe como posibilidad mientras se siga pisando este planeta) uno comienza a evaluar otras cosas. No se trata de haber perdido la esperanza ni nada parecido, sino de mirar si se ha sido capaz de transitar los años pasados con coherencia, intacta la capacidad de “comenzar de nuevo” de la que hablaba Bono en su canción. Más precisamente, si seguimos siendo aquellos que quisimos ser cuando, como es mi caso, escuchamos el tema de U2 en nuestra adolescencia. O si nos convertimos en aquello que entonces prometimos no ser. Quizá por eso, desde hace algunos años, más que en “New Years Day”, cuando comienza un nuevo año me viene a la mente esta frase del escritor chileno Roberto Bolaño: “Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

    ¿De qué está hablando aquí Bolaño? La frase la rescató en un artículo de 2013 su amigo, el escritor mexicano Juan Villoro, quien entendía que Bolaño hablaba aquí de no ceder ante las tentaciones que el mundo propone y aquello que ese mundo exige a cambio: desnaturalizarse, volverse algo que no se quiso ser. Venderse al bajo precio de la necesidad, al precio del éxito, la fama, el reconocimiento. La ruptura íntima entre aquello que de verdad somos y aquello que quisimos ser. Especialmente cuando esa ruptura implica convertirse en la clase de persona que es capaz de salpicar a los demás con su sangre o llevárselos puestos con el volantazo. El asunto no es tanto si se hacen las cosas por dinero como lo que esos actos implican para uno y para los otros. Por eso el valor de no haberse convertido ni en cobarde ni en caníbal.

    La distancia que va entre “New Years Day” y la frase de Bolaño es la que va entre limitarse a apostar por el futuro y el hecho de ser consciente de que ese futuro, si existe, depende exclusivamente de aquellas decisiones que hemos tomado en el pasado y en el presente, hasta hoy. A los 14, 15, 20, 22 años es lógico apostar casi en exclusiva por aquello que se desea ser, sin prestar demasiada atención a aquello que efectivamente se viene siendo. Con cuatro o cinco décadas encima, el eje de la balanza, si es honesto de verdad, debe desplazarse y ponderar los actos del pasado tanto o más que aquellos por venir. El valor de reconocerse, para bien y para mal, como aquellos que finalmente somos y ser capaces de pasar raya de manera cabal.

    Lo valioso de la frase de Bolaño es que no reniega de aquello que se quiso ser ni deja de proyectarse al futuro. Simplemente asume una posición ligeramente más defensiva: no lastimé a nadie con mis asuntos y, en el proceso, no me convertí en un monstruo. No dice que las cosas no puedan ni deban cambiar, solo que para hacerlas cambiar se necesita una actitud, una ética, una memoria y un método. Y que esos asuntos son, siempre y en primer lugar, algo que se construye en relación a uno mismo. Puede parecer poca cosa, algo sin épica, poco glorioso, pero en realidad es la mejor intención que se me ocurre para este año que acaba de empezar.

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