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    Socialismo y metafísica

    Columnista de Búsqueda

    N° 2038 - 19 al 25 de Setiembre de 2019

    En una llamada al pie de la página 96 de los Cuadernos Negros. Reflexiones XII-XV. 1939-1941 (Editorial Trotta, Madrid, 2019) Martín Heidegger asimila el socialismo al sentido de aparato y no tanto al pietismo social que está en sus mitos fundacionales: “El nombre socialismo solo en apariencia designa aún para el ‘pueblo’ un socialismo sentimental en el sentido de la prestación de asistencia social. Lo que en realidad se quiere designar con esa palabra es la organización política, militar y económica de las masas”.

    Lo interesante de esta observación es que el filósofo la hace extensiva tanto al bolchevismo como al nacionalsocialismo, a los que critica, entre otros aspectos, justamente por sus abstracciones y su excluyente carácter de aparato de control y de poder. Considera Heidegger que las diferencias entre ambas expresiones políticas sustancialmente (ontológicamente) no son tales, pues comparten el olvido de lo esencial, el desprecio por la crucialidad de la decisión individual, la ausencia de una búsqueda arrojada de sentido; ambas formulaciones, dirá, se equiparan porque creen haber encontrado un destino que no es otro que consumar los fines últimos de la modernidad. Para Heidegger, justamente es este de la modernidad en su grado más elevado el gran demonio de esos socialismos; ve en la sacralización de la técnica y en la entronización de lo que denomina “las maquinaciones”, digamos en los signos más distinguidos de la modernidad, un fenómeno que es más originario, más grave, más operativo que las meras ideologías o las identificaciones nacionales. Lo dice claramente: “El bolchevismo en el sentido del poder soviético despótico y del proletariado no es ni ‘asiático’ ni ruso, sino que se encuadra en la consumación de una modernidad que, en su comienzo, estuvo definida occidentalmente. De modo correspondiente, el ‘socialismo’ autoritario (en las modalidades del fascismo y del nacionalsocialismo) es una forma análoga (no igual) de consumación de la modernidad. El  bolchevismo y el socialismo autoritario son metafísicamente lo mismo, y se fundamentan en la supremacía de la identidad de lo ente.”

    El concepto de supremacía de la identidad de lo ente remite a la esclerosis, a la fijación abstracta que reduce el ser a lo meramente ente, tal como lo ha venido haciendo hasta el momento la mayor parte de la tradición filosófica. Esa modernidad que critica es la que consuma “la verdad” como ente que se da y se comprende, que no atiende al ser, que lo desprecia. Las ideologías, cualquiera sean su signo –esto lo observó certeramente más tarde Hannah Arendt en su ensayo Introducción a la política— inmovilizan, establecen, cierran en el perímetro en lo ente, no admiten, no conciben la posibilidad de la aperturidad, de la búsqueda del ser; las ideologías conforman un universo que encaja perfectamente con el dominio de la modernidad, donde imperan los roles, la asignación previa de probabilidades, el cálculo; el ser ya está dado y encerrado en un concepto, en una función impuesta. La modernidad y su herramienta predilecta que es la ideología mata el ser antes de que pueda ser.

    Heidegger medita sobre el poder que vislumbra en las acepciones del socialismo nacionalista y del bolchevismo, que son dos versiones opuestas en el teatro de operaciones que es el mundo contemporáneo del autor de una misma fatalidad metafísica: “La siguiente decisión histórica será si ambas formas fundamentales de consumación de la modernidad, independientemente una de otra, consolidan el abandono del ser por parte de lo ente (es decir, lo gigantesco de los adiestramientos y los acomodamientos étnicos historiográficos y políticos) basándolo en el éxito a toda costa, siendo así lo mismo en plan gigantesco, con o sin una fusión ‘política’ expresa, o si, gracias a aquellos, con una mediatez que se ha proporcionado / se va abriendo paso una liberación recuperadora del mundo ruso que lo encauza hacia su historia (no hacia su “raza”), junto con la insondable dignidad que el mundo alemán tiene de ser cuestionado y que también lo encauza hacia su historia, aunque la historia de ambos procede del mismo fundamento oculto de un templamiento inicial: fundamentar la verdad de la diferencia de ser como acontecimiento de hacer”.

    La épica que la historia cuenta los presenta abismados; el error y extravío une a estas perversas expresiones en un solo nudo metafísico.

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