N° 2064 - 19 al 25 de Marzo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEra 1997 o 98, era una Nicaragua que ya no existe.
Habíamos salido de Managua de madrugada para cruzar el lago de Nicaragua, el Cocibolca, una extensión inmensa de más de 8.000 kilómetros cuadrados, y llegar a la ciudad de San Carlos, en la confluencia del lago con la desembocadura del río San Juan. Fueron horas de viaje, quién sabe si 5 o 6, pero valió la pena aunque solo haya sido para ver mi primera cuidad sobre palafitos, tan fluvial, tan colorida, tropical y decrépita. Y más allá del río y de las casas, la selva enmarañada, desmedida. El “hotel” eran piezas de madera y, a través de las paredes de tablas, se veía la calle y se escuchaban los ruidos de las voces, entraba el calor insoportable. Ese calor gigantesco, inenarrable, un bloque sólido de casi 40 grados húmedos que las paletas del ventilador apenas mecían de un lugar a otro. ¿No hay habitaciones con aire acondicionado? No, doña, acá no hay aire acondicionado. No, doña, no hay otros hoteles con aire acondicionado.
Creí que moriría allí mismo.
Alguien me propuso ir a las islas de Solentiname, compartir el gasto del combustible de la lancha y de un barquero, y debo confesar que en aquel momento solo pensé en huir del bochorno monstruoso, y no imaginé que serían los US$ 10 mejor gastados en mi vida. Porque también debo confesar que en aquel entonces yo ni siquiera había oído hablar de Solentiname, que apenas conocía la poesía de Ernesto Cardenal y que solo me animó la idea de escapar de San Carlos y de su clima tan parecido al infierno.
Recuerdo que hubo un tiempo de navegación más largo y más grato de lo que había imaginado, que íbamos en un lanchón de madera que rechinaba y se balanceaba, que fue un alivio sentir el viento fresco, hasta frío, y que en algún momento me señalaron la isla de Mancarrón, un punto verde en el agua, las casitas de madera pintadas de colores, el pequeño muelle donde desembarcaríamos. Alguien vino a recibirnos, no recuerdo el nombre pero sí la cotona blanca, la cordialidad y el orgullo con que nos mostraría el proyecto, la obra del sacerdote Ernesto Cardenal: una comunidad de campesinos convertidos en artistas.
Nos contó que al final de los sesenta el poeta y cura trapense viajó hasta las islas buscándose a sí mismo, que terminó encontrando el talento para la pintura de la gente de Solentiname, y quiso compartir, continuar aquel arte primitivo, reflotar la pintura de los ancestros de los isleños. Atraído por la belleza del lugar formó una comunidad contemplativa en tiempos en que los tiburones toro aún nadaban en las aguas del lago. Decía el evangelio y denunciaba la opresión del gobierno de Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía familiar que gobernó Nicaragua por más de 40 años.
Y Cardenal alteró para siempre la vida del archipiélago de Solentiname.
En esa isla, cruzada por pequeños caminos y vegetación abundante, el poeta impulsó talleres para que los nativos aprendieran a pintar, a hacer artesanías y a leer. En aquel entonces era un cura rebelde que no vestía sotana, que llevaba el pelo alborotado, que comía con los campesinos. Y con menos pelo y una movilidad ya limitada continuó siendo un cura rebelde hasta su muerte, el primero de marzo pasado. Había nacido un 20 de enero de 1925 en Granada, en el seno de “una de las familias más respetables del país”, y el futuro sacerdote creció en una de las casonas más emblemáticas de la capital conservadora de Nicaragua.
Pero volvamos a su obra: el poeta no solo motivó a los campesinos a volver a pintar, sino que les trasmitió el espíritu de la revolución sandinista. Los isleños comprendieron que vivían en un mundo de injusticias, se involucraron en la lucha contra la dictadora somocista, participaron en actividades clandestinas y en acciones contra el dictador. Algunos murieron, los que sobrevivieron pudieron ver el triunfo del sandinismo y el renacer de Solentiname.
Ernesto Cardenal fue nombrado ministro de Cultura por el gobierno revolucionario y, entre sus proyectos, estuvo la reconstrucción de Solentiname y el apoyo a la pintura primitivista.
El cura fue también uno de los más reconocidos exponentes de la Teología de la Liberación, una figura destacada en la batalla entre el movimiento y Juan Pablo II, el papa que prohibió a los sacerdotes ejercer puestos de gobierno. El pontífice polaco ordenaría la suspensión a divinis de Cardenal, lo que le impidió el ejercicio del sacerdocio por casi 35 años, hasta su revocación en febrero de 2019 por el papa Francisco. Pero la noticia de esa revocación le llegó mientras convalecía en un hospital de Managua, cada vez más alejado de la iglesia, del partido sandinista y de su líder, Daniel Ortega.
Todo lo que cuento de Solentiname y de la historia del renacer de su arte me lo contó el hombre vestido de pantalón y “cotona” blanca, el que nos llevó a recorrer el lugar, el hombre del que no recuerdo el nombre pero sí el cariño con el que nos habló de Cardenal y el orgullo por su obra. Visitamos una biblioteca, la casa del cura, el museo-galería que exhibía las increíbles pinturas. Lienzos de un verde lleno de vida, de aguas azules, flora y fauna salvaje, gente lavando la ropa o pescando o yendo a misa, quizá a una de las misas en las que Cardenal, en Semana Santa, leía su Evangelio de Solentiname a los pintores, campesinos y pescadores. Por supuesto, junté todo el dinero que tenía para pasar varios días, y compré una de aquellas telas.
Dicen las noticias que el viernes 6 a las 6 de la tarde, en una clandestinidad provocada por los agravios y las amenazas del gobierno, los habitantes de Mancarrón cantaron la Misa campesina, ese cántico escrito por Carlos Mejía Godoy e inspirado en la utopía que el sacerdote desarrolló en el archipiélago.
Aquella Nicaragua, aquella isla a la que viajé por primera vez en 1997 o 98 ya no existe. Pero Ernesto Cardenal, que fue enterrado ese día entre gallos y mediasnoches, logró que ese lugar pobre, lejano y olvidado se convirtiera en un mito, en un sueño, en una utopía artística: dejó a la isla y al país entero un legado de identidad cultural.