N° 1987 - 20 al 26 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTransitoriamente, la atención de los aficionados ha dejado de centrarse en la inquietante situación interna de la AUF, y en sus eventuales derivaciones en la esfera penal, desplazándose hacia lo que lógicamente debería ser su foco natural, esto es, las mutantes alternativas de un Torneo Clausura que ya está ingresando en sus instancias definitorias (con la salvedad, para los hinchas tricolores, de que su equipo todavía alienta alguna expectativa en la Copa Sudamericana, aunque su futuro no parece ser demasiado auspicioso).
No decimos nada nuevo si calificamos como apenas discreto el nivel del fútbol que, semana a semana, muestran los diversos equipos en la competencia local; aun aquellos que aparecen peleando por los puestos de vanguardia. Es que las flacas economías de nuestros clubes resultan ser propicias para que los intermediarios (cuyo número aumenta sin cesar) puedan desmantelar casi impunemente sus planteles, llevándose fuera del país a las mejores promesas; sin que —muchas veces— estas hayan tenido siquiera la posibilidad de debutar en el equipo principal, para disfrute de sus hinchas. Pruebas al canto: cuando Fabián Coito se disponga a armar el plantel celeste para el Sudamericano Sub-20 en Chile, el año venidero, se va a encontrar con que casi una decena de candidatos a integrarlo, por su reciente pasado “celeste” en la categoría Sub-17, han armado ya sus valijas y militan en equipos del exterior. Y cuando se quiso compensar los nocivos efectos de esta constante sangría, con futbolistas del exterior, la mayoría de los que han llegado ya están próximos al final de sus extensas carreras, por lo que no ha sido mucho su aporte para mejorar el pobre nivel del fútbol de entrecasa.
En estas especiales condiciones, el interés del aficionado se nutre —como casi siempre ha ocurrido— de la tradicional rivalidad de los dos equipos grandes, que imposibilitados de trascender, como antaño, en la actividad internacional, ofrecen a sus siempre fieles seguidores el relativo atractivo de alternarse por rachas, en la vanguardia de los torneos locales, seguidos a apreciable distancia por el resto de los contendores.
Precisamente, lo acontecido en estas últimas semanas constituye un muy claro ejemplo de lo que viene de decirse. Tras obtener los primeros eventos del año (tal como ocurriera en la temporada anterior) el Nacional del Cacique Medina parecía sólidamente perfilado para hacer otro tanto en el presente torneo. En efecto, el bisoño técnico había diseñado una inteligente rotación del plantel principal, que parecía permitirle abordar con similares posibilidades tanto la actividad internacional como la local. Pero tras halagüeños iniciales resultados en los dos ámbitos, hoy aparece muy comprometida su chance en la Copa Sudamericana y —en las últimas semanas— también su cómoda condición de líder en el Clausura (y consecuentemente en la Tabla Anual), habiendo ganado solo cuatro de los últimos 12 puntos disputados.
Son varias las causas de ese inquietante bajón. Es posible que esos continuos cambios en la integración le hayan impedido al técnico tricolor definir un equipo titular que le permita afianzar su rendimiento colectivo y exhibir la misma contundencia de la primera parte del año. En defensa aún no pudo disimular la ausencia de Polenta, y solamente Rafael García da muestras de cierta solidez, sin mayores aportes de sus cambiantes compañeros de zaga (para destacar, la interesante superación de Espino, en el lateral izquierdo). En la zona media, aun con alguna circunstancial defección, Oliva sigue siendo la figura clave, con pocos y espaciados destellos de calidad de Tabaré Viudez y la reconocida buena pegada de Luis Aguiar. En tanto que en el ataque solo se mantiene en pie la infatigable búsqueda del gol del argentino Bergessio —con algunos excesos que le pueden costar caro— pero sin la misma efectividad de otros momentos. Sebastián Fernández sigue siendo quien mejor lo secunda, junto con Castro, ya más cerca de su plenitud física, y el promisorio Brian Ocampo, que apunta para ser una figura descollante, a corto plazo.
Por su parte, Peñarol ha tenido un proceso inverso. No fue buena su faena en el Apertura y en el Intermedio, y luego del alejamiento de su anterior técnico Leonardo Ramos, su dirigencia sorprendió contratando a alguien como Diego López, que por estar muchos años alejado del país no parecía conocer la realidad del fútbol que aquí se juega, ni el plantel que debía dirigir. Para peor, llegó en el momento de mayor bajón anímico de jugadores e hinchas, tras el nuevo rotundo fracaso de su actividad internacional. Su comienzo no fue bueno y arreciaron las críticas, pero de a poco fue enderezando el barco y los resultados positivos comenzaron a llegar. Encontró a Dawson y a Formiliano en excelente nivel, y después de varias pruebas fallidas (las de Maldonado y el ignoto Matheu), consiguió finalmente con Carlos Rodríguez, el mejor sustituto para la enorme ausencia de Ramón Arias. Contó siempre con la salida limpia y frecuente por el sector izquierdo de Lucas Hernández, y en la zona central Guzmán Pereira se fue haciendo cada vez más fuerte en la marca y más prolijo en la creación. Christian Rodríguez pudo, entonces, desdoblarse con mayor asiduidad a la ofensiva, haciendo pesar allí su fuerza, su experiencia y hasta una muy apreciable cuota de gol. Otros factores fundamentales para la levantada aurinegra fueron la vuelta de Viatri, luego de su seria lesión, jugando más para sus compañeros que para su lucimiento personal, y —muy en especial— el sorprendente despegue futbolístico de Gabriel Fernández, quien sumó a su exuberancia física un buen manejo de pelota, que no se le conocía, y una singular capacidad de definición frente al arco rival. Su gran efectividad (ocho goles en lo que va del certamen) ha hecho disimular la falta de un adecuado rendimiento de quienes le han venido acompañando en la tarea ofensiva.
Con esos argumentos, y aprovechando el paralelo decaimiento tricolor, Peñarol logró enhebrar una impactante seguidilla de victorias, recortando, paso a paso la amplia ventaja que Nacional le llevaba en las dos tablas (la del Clausura y también la Anual), hasta sobrepasarlo en ambas este último fin de semana.
Obviamente, a falta aún de varias fechas (y con el partido clásico por delante) es difícil predecir cuál de los eternos rivales habrá de coronarse como el mejor en la presente temporada. Han sido tan marcados sus altibajos, que cuesta vaticinar algún favoritismo. Sí puede aventurarse un desenlace que, a falta de un fútbol de categoría, despertará igualmente la pasión contenida de sus hinchas, ante el largo rosario de frustraciones en las lides internacionales, soportadas en estos últimos años. En definitiva, la cuestión es adivinar —en este peculiar marco de rachas tan cambiantes— cuál de los dos equipos tendrá el “viento de cola” en esta decisiva recta final.