Nº 2124 - 27 de Mayo al 2 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMucho se ha dicho de la reciente coronación del Atlético de Madrid en la Liga española. Y más especialmente, del rol protagónico que en ella ha tenido Luis Suárez. De ello nos ocuparemos, pero centrándonos en una infrecuente cualidad que lo distingue por sobre muchos otros futbolistas de su mismo o parecido nivel, y que apareció en múltiples momentos de su ya extensa y laureada trayectoria. Y que entendemos explica en muy alta proporción el alto sitial que hoy ocupa en el mundo del fútbol.
Desde sus muy lejanos inicios en Nacional hasta este descollante presente en el actual monarca del fútbol ibérico, queda claro que, junto con sus reconocidas virtudes técnicas, Luis ha exhibido también otra faceta que fue el indiscutible sostén de aquellas, especialmente en los momentos adversos, que fueron varios y bastante serios en su extensa carrera. Porque si hay algo que desde siempre lo ha caracterizado es que a cada dificultad que se le presentara, Suárez le opuso su férrea disposición para enfrentarla y superarla, movido siempre por su precoz determinación de ser alguien importante en el mundo del fútbol. Ello se llama “resiliencia”, y alude a la “capacidad de una persona para superar circunstancias traumáticas”.
Es que en su larga y exitosa trayectoria, entre tantas rosas hubo también muchas espinas. No convencía demasiado a sus técnicos de las formativas de Nacional, pero su tesón y ansias de superación le permitieron integrarse al plantel superior. Y bien que le costó ganarse la aprobación de su propia hinchada, contrariada por los goles que marraba en situaciones particularmente propicias. Pero su férrea determinación no decayó y, cuando ellos por fin llegaron, logró acceder a la titularidad en el equipo principal. Y no tardó en conseguir otra de las metas que se había trazado, pasar a un equipo europeo (el modesto Groningen de Holanda) para estar más cerca de su primera novia —hoy su esposa— radicada con su familia, desde un tiempo antes, en Barcelona. A fuerza de goles, pasó luego al poderoso Ajax, donde su nombre empezó a trascender. Y paralelamente llegaron sus primeras apariciones con la celeste, primero en alguna selección juvenil y más tarde en la mayor. Su carrera siempre ascendente lo llevó luego al poderoso Liverpool de Inglaterra, donde gol tras gol, se ganó un lugar como titular; solo se le criticaban sus simulaciones de faltas inexistentes.
El éxito le sonríe, y ya es titular indiscutido en la selección uruguaya. En cuartos de final del Mundial de Sudáfrica 2010, ante Ghana, su mano salvadora en la línea del gol evitó la derrota de nuestro equipo y la consiguiente eliminación del torneo. Pero fue expulsado y no pudo jugar la semifinal ante Holanda. El año siguiente muestra claramente esa dualidad entre su auge deportivo y ciertas incomprensibles actitudes suyas dentro de la cancha, que deterioran su imagen como deportista. Logra con nuestra selección la Copa América en Argentina, siendo además elegido como el mejor jugador del torneo. Pero unos meses después, jugando por Liverpool contra el Manchester United, el rival Evra lo denuncia por trato despectivo y racista, y la severa Federación inglesa lo suspende por ocho partidos. Y en la temporada siguiente (ganada por Liverpool, con su aporte fundamental), fue denunciado por haber mordido a un jugador del Chelsea. Las imágenes televisivas lo delataron y fue sancionado por “conducta violenta”, mientras la prensa sensacionalista lo calificaba de “caníbal”. Otra vez “en la picota”, pero de nuevo su inquebrantable voluntad lo saca a flote.
En el año 2014, con el Mundial de Brasil a la vista, se rompió los meniscos en un partido ante Newcastle. Llegó lesionado al Uruguay y fue prontamente operado (faltaban solo 23 días para el debut celeste). Cuando se lo daba por descartado, su fortaleza anímica y el mágico aporte del fisioterapeuta Walter Ferreira obraron el milagro de ponerlo a la orden de Tabárez. Faltó a la frustrante derrota ante Costa Rica, en el primer partido de la serie, pero sí pudo jugar el siguiente, justamente ante Inglaterra, anotando los dos mágicos goles de la victoria. A su modo, era la revancha de las sanciones que le habían aplicado las autoridades del fútbol de ese país. Estaba en el momento cumbre de su carrera, pero en el siguiente partido ante Italia, en una jugada intrascendente, mordió en el hombro al defensa adversario Chiellini, y la FIFA lo expulsó del torneo y también del propio Brasil, en una medida tan desproporcionada como absurda. Una vez más, sin transición, Suárez pasaba —por su propia y exclusiva culpa— del éxtasis a la frustración.
Suspendido por cuatro meses en Liverpool y por dos años en la Selección, apareció en escena el Barcelona y —aunque no podía siquiera entrenar en el Camp Nou— aprovechó para incorporarlo a sus filas. Así, muchos años después, Suárez llegaba por obra del destino al club que admiraba desde niño y a la misma ciudad que se había fijado como meta, cuando siendo adolescente debió separarse de quien era (y sigue siéndolo) el amor de su vida.
Ganó todo en el Barça, convirtiéndose en el tercer goleador histórico del club. Junto con Messi y Neymar, llenó de futbol las tardes del Camp Nou. Hasta que en la Liga de Campeones del año pasado llegó la catastrófica derrota por 8 goles a 2 ante el Bayern Munich, y el presidente del club catalán se olvidó de todo lo que Suárez había hecho en su fulgurante paso por esa institución y —en tácito acuerdo con el nuevo técnico Koeman— decidió prescindir de su concurso, sin darle explicación alguna.
Pero faltaba el capítulo final. Humillado injustamente (“me menospreciaron”, dijo Luis), Simeone le habló para que fuera al Atlético de Madrid. Y herido en su orgullo, Suárez aceptó el desafío. Desde que se calzó la albirroja sumó gol tras gol, aunque en el tramo decisivo (con el Real y el Barça terciando por el título) pareció que su pólvora estaba seca. Ahora entramos en la “era Suárez”, dijo el técnico argentino, y no se equivocó. Un gol suyo en la hora le dio la victoria ante Osasuna, que lo dejó de cara al partido final. Como también el que le permitió quedarse finalmente con el ansiado título.
No creemos que este haya sido su último logro, ni que Suárez vaya a darse por satisfecho. Por sobre su indiscutible valía futbolística, queremos resaltar el coraje y determinación con los que supo afrontar (con el aporte de una familia por la que él se desvive) los momentos desfavorables de su carrera. Y cómo, después de cada traspié, supo recuperarse aún con más bríos en busca de algún nuevo logro. Ya está en la mejor historia de nuestro deporte más popular. Tal como seguramente lo soñó la primera vez que pisó una canchita de baby futbol.