N° 1941 - 26 de Octubre al 01 de Noviembre de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn épocas donde lo desleído y lo vago, lo crasamente general y lo indiferente usurpan el lugar que antes ocupaba la firmeza de ciertos valores y la conciencia de superioridad, en un tiempo donde se ha hecho caudal de la culpa por el simple acto de haber dotado de oportunidades de progreso, de salud y de civilización a pueblos y regiones que durante milenios no supieron lo que era un hospital, una vacuna, el derecho de un individuo a ser dueño de su destino, sociedades que no conocieron el concepto de libertad, que hasta la llegada del europeo no pudieron explicarse responsablemente los fenómenos de la naturaleza en la que estuvieron atrapados desde siempre, conviene regresar al orgullo sin reservas de lo que ha caracterizado a Occidente. La guerra que se ha desatado contra todos los valores y bienes que representa nuestra civilización debe tener como enemigos solamente a sus enemigos por antonomasia, a los que el resentimiento, la impotencia, las diferencias insalvables y el fanatismo consagran como tales; es grave, como viene ocurriendo, que se les sumen aliados en medio de las propias filas.
Comprendo la rampante demagogia y las razones que la sustentan; comprendo la humana ambición de los que hacen de la política no un servicio a sus semejantes sino un camino de crecimiento, riqueza o afirmación personal; comprendo, incluso, las distracciones o la ignorancia y hasta incluso comprendo la estupidez, que es una especie cada vez más extendida. No por eso creo que debemos consentir en la pérdida de tensión, de vigilancia, de ánimo de combate para recoger una vez más en la historia el espíritu de Cruzada que debe ponernos a salvo de los exitosos empujes de la enemistad y de la prepotencia de modalidades a las que nuevamente habrá que enseñarles que la libertad, la justicia y el buen trato no pueden universalizarse al extremo de poner en riesgo los propios cimientos, la paz y la vida de los pueblos occidentales. Por eso es necesario meditar con renovados votos en lo que somos y en lo que verdaderamente queremos seguir siendo.
Karl Jaspers en Origen y meta de la historia (Acantilado, que distribuye Gussi) enumera la silueta y notas de Occidente, donde destaca un aspecto que precisamente es propicio en el marco de esta reflexión. Se refiere a la singularidad de nuestra cultura para situar en un plano de máxima dignidad y de misterio y de apertura, la condición humana; escribe: “La interioridad consciente de la mismidad personal cobra en los profetas judaicos, los filósofos griegos, los hombres de Estado romanos una incondicionalidad para siempre decisiva. Pero con ello también se ha hecho posible que el hombre se desligue del suelo firme de la naturaleza y de la sociedad humana (desde los sofistas), e ingrese en el vacío. El hombre occidental ha experimentado en la más alta libertad los límites de la libertad en la nada”.
Ese vuelco hacia su interioridad y esa salida de sí mismo, le dan al hombre occidental —seguirá diciendo Jaspers— instrumentos, encuadre, base para ir en busca de una composición de horizontes amplios y a la vez de intimismo para concebir su lugar en el cosmos y aun el cosmos en su desaforada infinitud: “Para el occidental siempre es indispensable el mundo en su realidad. Occidente conoce, como las otras grandes culturas, la escisión del ser humano: de un lado, la vida en estado natural; del otro, el misticismo del mundo; de un lado, los no-hombres, del otro, los santos. Pero Occidente, en vez de ver en tal escisión el punto de arranque para la estructuración del mundo, no trata de encontrar la verdad solo en un reino ideal, sino que intenta elevar y potenciar la realidad mediante la idea. Occidente conoce con peculiar penetración la exigencia de tener que dar forma al mundo”.
Tal es la versatilidad de la que hablaba Pericles para encomiar la sociedad ateniense; algo que está vinculado a la pluralidad genuina y no desnaturalizada, ligado a la heterogeneidad espontánea de nuestra personalidad colectiva. La propia noción de la ciencia, consagrando la provisoriedad hipotética o histórica de ciertas leyes, incluye estos lineamientos que tenemos en nuestra organización social, en la variedad incesante de nuestras expresiones culturales, en la estructuración dialéctica y en la militante revisión crítica de nuestras posturas filosóficas.
Llamarle a esto superioridad no debería costar más esfuerzo que el que cuesta hoy aceptar resignadamente las humillaciones y las bombas de los que se juramentaron destruirnos.