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    Teatro para locos

    Columnista de Búsqueda

    N° 2016 - 11 al 17 de Abril de 2019

    Para que se produzca el encuentro entre una obra de arte y lo que somos cuando estamos en vigilia invariablemente invocamos el concurso de lo que Samuel Coleridge llamó la suspensión momentánea de la incredulidad, esa tan ansiada fe poética que es la llave con la que un texto literario se abre y se multiplica en la imaginación del lector. Si esa actitud se circunscribiera solamente a la literatura o al teatro, el curso de los acontecimientos humanos no sería tan penoso. El problema es que la tregua de la incredulidad parece ser también, insoportablemente, una condición necesaria del ciudadano en las sociedades modernas, donde además de pagar impuestos debe entregar la lucidez, como en aquel disparatado teatro para locos de El lobo estepario, en el que el precio de la entrada era la Razón.

    Lo que revela Vilfredo Pareto es que tal cuadro está así diseñado porque obedece a un plan que tiene profundas raíces en nuestros sistemas políticos, cualquiera sea el tono o la formulación con la que se ofrecen a la modesta consideración de parte de esa doliente humanidad que hace fila en los mataderos oficiales para recibir cada día su resabiada paga de promesas, de exacciones en metálico y de continuos halagos. El sociólogo alemán Robert Mitchels, que fue contemporáneo y en parte seguidor de Pareto, explicó que las luchas políticas son siempre sustancialmente falsas en lo que hace a los objetivos que invocan, que la verdadera noción de conflicto es la de una sedienta minoría que quiere desplazar del poder a la avariciosa minoría que lo está ocupando. La lucha política, dice Mitchels, siguiendo un eco de su maestro Pareto, siempre es lucha de elites.

    Sobre el tema copio un memorable fragmento del parágrafo 2.253 del Tratado de sociología general, donde corre el velo sobre la superchería de los discursos con los que se mantiene atontados a los tontos que creen tener incumbencia en la cosa pública: “La clase gobernante se encuentra en todas partes, incluso donde hay un déspota, pero son diversas las formas bajo las que se presenta. En los gobiernos absolutos solo hay en el escenario un soberano y en los gobiernos llamados democráticos, un Parlamento, pero entre bastidores están los que tienen una gran participación en el gobierno efectivo. Desde luego, tienen que agachar la cabeza en ocasiones ante los caprichos de soberanos o Parlamentos, ignorantes y prepotentes, pero en seguida vuelen a su obra tenaz, paciente, constante, cuyos efectos son mucho mayores. Tenemos en el Digesto óptimas constituciones bajo el nombre de pésimos emperadores, del mismo modo que en nuestra época tenemos discretos códigos aprobados por Parlamentos bastante ignaros; en uno y en otro caso, el motivo del hecho es el mismo, es decir, que el soberano dejaba hacer a los jurisconsultos; en otros casos, el soberano ni siquiera se da cuenta de lo que le hacen hacer, y menos aún los Parlamentos que cualquier jefe o rey avisado. Y menos aún se da cuenta el soberano Demos, cosa que, en ocasiones, ha ayudado a obtener, contrariamente a sus prejuicios, mejoras de la vida social así como oportunas medidas para la defensa de la patria: el buen Demos cree seguir su propia voluntad, cuando en realidad sigue la de sus gobernantes. Pero también esto, muy a menudo, beneficia solo a los intereses de los gobernantes, los cuales, desde los tiempos de Aristófanes hasta los nuestros, utilizan ampliamente el arte de manejar el Demos; nuestros plutócratas, como ya hicieron los plutócratas al final de la República romana, se preocupan de hacer dinero, bien en beneficio propio, bien para saciar las ansiosas tragaderas de sus partidarios y sus cómplices, y poco o nada les importa lo demás. Entre las derivaciones que adoptan para demostrar la utilidad para la nación de su poder, es notable la que afirma que el pueblo puede juzgar mucho mejor las cuestiones generales que las particulares. En realidad, es precisamente lo contrario. Basta hablar un poco con personas poco cultas para ver que entienden mucho mejor las cuestiones particulares, que en general son concretas, que no las generales, que suelen ser abstractas. Pero las cuestiones abstractas tienen la ventaja para los gobernantes de que, cualquiera que sea la solución que les dé el pueblo, ellos siempre sabrán sacar las consecuencias que quieran”.

    La obra de Pareto está amortajada por el silencio; prácticamente no tienen difusión. Al señorío de lo políticamente correcto le resulta intolerable.

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