Nº 2108 - 28 de Enero al 3 de Febrero de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn aquella terrible carta que Kafka escribe a su padre pero no se atreve a mostrársela, entre otros fundados reproches recuerda cuando el implacable Herman, todavía joven, lo llevaba a la playa y le exigía que hiciera gimnasia, y le mostraba su cuerpo elástico y musculoso y le decía que tenía que llegar a ser como él: ágil, vigoroso, determinado. El niño Frank se veía a sí mismo como efectivamente era: escuálido, débil, reservado, tembloroso cuando era urgido a demostrar habilidades. El padre le exigía que se moviera como él, que practicara, que lo imitara, que siguiera su ritmo; que no debía ser cobarde, le decía que la gimnasia es saludable. El adulto Frank que compone la carta dice lacónicamente, comentando la anécdota: te disculpo, padre, porque entonces no sabías, como tal vez no lo sepas aún, que eso que me exigías no pertenecía a mi futuro.
Invoco esta apenas advertida epifanía de la historia de la literatura para centrarme en lo que pertenece al propio destino; esto es, lo que constituye el tiempo de la existencia, esa dimensión que está vinculada a la raíz, al punto desde el que se aparece; el tiempo que está ligado a la efectividad de los actos que ejecutamos, de las palabras que decimos, de los fantasmas con los que entablamos diálogo o acordamos treguas; es algo que fatalmente incumbe la pertenencia a la que uno se asocia. No es lo mismo mentar este íntimo tiempo y la construcción histórica que deriva de su ejercicio —donde todo lo que hay lo hay porque tiene un sentido para nosotros— que el tiempo de la historia en un sentido externo, como por ejemplo la fecha de la batalla de Salamina, el momento que se consolidó el despliegue militar de los etruscos, el exilio con el que guarnece Maquiavelo cuando los Médici conocieron algún episódico ocaso u otros marcadores que nada significan porque nada tienen que ver con la singularidad de la existencia de cada individuo en su discurrir por las íntimas calles, por los patios y umbrías plazas de su conciencia, de su acto de construir mundo.
En la vida real, que es la existencia, es inconcebible el tiempo como un marco dentro del que ocurren acontecimientos que juzgamos más o menos importantes, sino que se trata de un fluir con anclajes emotivos o de utilidad; tal es la constitución propia y fundamental del ser humano en materia del tiempo, para quien el destino es siempre personal y resulta de lo fundante, de lo que hace posible el mundo de cada uno. Para entender el significado civilizatorio de Salamina, en cambio, resignadamente usamos el tiempo como un servicial marco, nos ordenamos y establecemos que, por ejemplo, fue contemporánea de Esquilo, que distinguidamente combatió en ella, y anterior a Eurípides, que la conoció de relatos. Esa asunción del tiempo nos es extraña, parece muelle porque el ademán intelectual ha conseguido internalizarla, pero en verdad resulta desconocida para quien está viviendo su vivir, es decir, para quien, como enseña Heidegger, se adueña del tiempo en el entendido de que es la parte constitutiva de nuestro propio ser; una experiencia que nos expone inexorablemente al presente, que nos arrebata al ha sido al mismo tiempo que nos eyecta al a punto de ser.
Este ente que es el Dasein, cuyo ser es tiempo, puede ser y hacer historia, puede retener y puede elegir qué cosas retener y proyectar. Pero los tigres, las ranas, los cisnes y los pájaros de violentos colores tienen vedado solazarse en el recuerdo: no hay caricia, no hay ofensa, no hay desdén o gratitud que les sea permitido, que atesoren siquiera como un aroma, como una sombra; todo lo que viven lo van perdiendo mientras van viviendo. Es cierto que las experiencias le enseñan, pero no a ellos, sino a la especie, a la generalidad del conjunto, y lo pueden llegar a condicionar a ciertas situaciones nuevas, pero de manera lastimosamente limitada, para nada comparable a la capacidad de apertura, de horizonte ancho que entraña la proyección existencial del ser humano, que es un hacedor de su propia vida, que construye su destino. El tiempo del animal es el tiempo de los procesos, cuando está con la madre, cuando es destetado, cuando se lanza al mundo, cuando va a morir. En cambio el tiempo del hombre tiene que ver con la libertad, con lo que el hombre construye de su pasado y con lo que el hombre construye de su futuro.
Repito las palabras de Heidegger: solo un ente cuyo ser es tiempo puede tener y hacer historia.