Nº 2145 - 21 al 27 de Octubre de 2021
Nº 2145 - 21 al 27 de Octubre de 2021
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMartin Heidegger utiliza el verbo refugiar para explicarnos que toda obra en tanto obra de arte encuentra albergue en lo más espeso de la piedra, en la firmeza y en la flexibilidad de la madera, en la brillante docilidad de los bronces y del oro, en la luz y en las sombras del color, en los timbres del sonido, en el poder nominal de la palabra. El verbo alude a un primer plano de sentido, a lo que se ve, algo amarillo en una tela, algo de mármol en un promontorio de piedra; así la obra empieza a emerger, hace venir el mundo. En la experiencia fenomenológica primero aparece el color, después una superficie lisa, después una serie de elementos de los cuales los sentidos nos informan acerca de los materiales que sirven en el caso de una obra visual como podría ser, imaginemos, aquella Fornarina que desveló tanto a Rafael y de la que nunca pudo escapar ni por consejo y mandato del papa. Nuestra experiencia intelectual descompone sucesivamente los elementos materiales —lienzo, óleos, rasgos de pinceladas, colores, marco de la pieza—, pero la experiencia de la iluminación interna une mundo y tierra en un solo gesto, en una única verdad, en un dato que no tiene doblez ni comentario, en su específica significación. Así, cuando se habla del cuadro de la querida más o menos secreta de Rafael, no se habla de los traslúcidos marfiles de la piel en esa delicada y en cierto sentido pálida desnudez de los pechos, del púrpura del vestido que atrevidamente se ha bajado, ni de los matices sonrosados del rostro, simplemente se dice la Fornarina de un modo suficiente y no queda duda de la unidad sustantiva de la obra. Tal es la función del refugio.
Para entender mejor el concepto, que en Heidegger lleva varias páginas de descripción, lo que hay para decir comienza a tener elocuencia cuando las partes se armonizan en torno a una dirección, cuando se orientan deliberadamente hacia un fin. Así, una partita de Bach —tomemos la número 2 en re menor— comienza a existir como tal a partir de los determinados sonidos que emite ese útil que es el violín, un instrumento de madera compuesto de cuerdas frotadas por un arco de cuerdas más gruesas, a partir de un texto con símbolos que informan de corcheas, negras, fusas que se encadenan y combinan para formar acordes que a su vez entran en diálogos, ecos, réplicas o conflictos entre sí. Todos esos dibujos y materiales, junto con las manos y el expertise y el alma del ejecutante, componen la famosa partita de Bach. Y sin embargo nada de eso es la verdad de la obra; en vano se la podrá busca en las partes individuales o en la suma del conjunto; ninguno de los elementos que son necesarios para la obra son la obra. El sentido último es la misteriosa intimidad de la música, que conlleva todos estos elementos materiales.
Cuando uno escucha a Itzhak Perlman navegando en la partitura asiste a una ceremonia que atraviesa todo lo que permite llegar a eso, las cosas y las circunstancias que lo hacen posible; y es entonces que va a quedar al frente, en el medio del pecho de cada oyente, el sentido último del discurso, lo que Bach produjo como creación, como novedad para aliviar los horrores y las cadencias monótonas y despectivas de este mundo. Nos explicará Heidegger que aquello hacia donde la obra se retira y eso que hace emerger en esa retirada es lo que llamamos tierra. La tierra es el soporte físico, es lo que hace emerger y da refugio al sentido, la que lo porta. La tierra solamente tiene sentido para el discurso; en sí misma carece de elocuencia. La tierra es un pedazo de papel, es una mancha de grafito en el papel, ni siquiera es una partitura ni una frase musical. La tierra no es las cuerdas o el arco del violín o el arte que Perlman tienen en sus manos, sino que es tierra a condición de que entre en diálogo, en combate con el mundo, con la significación. Por eso Heidegger nos enseña que es sobre la tierra y en ella que el hombre histórico funda su morada en el mundo, que no es otra cosa que un conjunto de significaciones lo que hace sostenible que las cosas sean.
Cuando entramos en trato con las cosas, comenzamos a crear mundo, es decir, se crea la morada del hombre en el mundo.