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    Títeres subidos de tono

    Nº 2082 - 30 de Julio al 5 de Agosto de 2020

    La carreta llegaba a los pueblos, se alojaba en una plaza, descargaba las cajas, montaba el pequeño teatro y servía los títeres subidos de tono, más malos que la peste, más diabólicos que cualquier muñeco abandonado en un desván durante años. Se abría la función, estallaban los aplausos y apenas surgían los títeres en escena, irremediablemente disparaban su catarata ilimitada de insultos a los niños de la primera fila, a los niños huérfanos y desnutridos, a los niños con sillas de ruedas y discapacidades varias, a todos por igual les llegaban los dardos venenosos. Los padres retiraron a sus hijos y cuestionaron el espectáculo. Pero era fascinante. Los insultos viajaban tan rápidamente y eran de tal frondosa imaginación, de tan endiablada habilidad, de tan monstruosa magnitud, que resultaban hipnóticos.

    A veces parecía que los títeres hilvanaban una historia con personajes y diversas situaciones, pero luego esa historia misma se transformaba en un gigantesco, conceptual insulto. Los niños quedaron en casa y acudieron sus padres, pensando que podrían aguantar semejante andanada de ataques e improperios. No se salvaba nadie: ni por el color de piel, ni por la edad, ni por la orientación sexual, ni por el aspecto más o menos aseado, más o menos acomodado, más o menos lindo o feo de cada espectador, sin importar la ideología ni religión que profesase. Los títeres insultaban sin piedad a todo lo viviente y dejaban al público sin posibilidad de reacción, absorto, paralizado, hechizado. Desde los tejados de las casas que daban a la plaza, algunos niños reacios a la prohibición paterna veían a los títeres desplegar su energía maligna por el escenario ante un público petrificado como estatuas. Dicen que hasta el legendario Niño Pijudo, que había salido de su inmunda madriguera y no le temía a nada ni a nadie, quedó con la boca abierta y sin palabras al recibir lo suyo.

    Los títeres subidos de tono se hicieron famosos primero en el condado y luego en tierras más lejanas. Incluso llegaron atraídos por el show un embajador y los agregados militares de una república agresiva y cascoteada por las guerras, curtida en heridas y desgracias de todo tipo. El embajador y su séquito se retiraron horrorizados y llorando. Para ellos hubo insultos especiales, adicionales, imprevistos, impronunciables, imposibles. Se generó un conflicto diplomático con las autoridades locales, que no tuvieron más remedio que intervenir y clausurar el espectáculo, no sin antes padecer ellos mismos y sus familiares una diatriba furibunda, infernal, con los peores colores y sonidos que alguien pueda imaginar en la naturaleza. El teatro fue destruido y sus maderas se echaron al fuego, el carromato confiscado y los títeres encerrados en un arca precintada que, hasta el día de hoy, si alguien es capaz de acercarse, emite unos inquietantes murmullos y risitas.

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