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    Columnista de Búsqueda

    N° 1699 - 31 de Enero al 06 de Febrero de 2013

    Uno de los capítulos más largos del libro “El Clan Wagner” (Jonathan Carr, Turner, Madrid, 2009, que distribuye Océano) se llama El Tergiversador y está dedicado con mucha inquina a Houston Chamberlain, yerno de Wagner y teórico apurado de la supremacía blanca. Lo que allí se revela es historia menuda y sórdida: que Chamberlain en realidad estaba enamorado de su suegra, que era servil con los afanes de deificación de Wagner que perseguía Cósima, que no amaba a Eva, su desdichada esposa; que era más diletante que investigador serio. Lo que no dice Carr es que Chamberlain escribió un excelente estudio sobre el arte revolucionario de Wagner; es cierto que lo menciona, pero solo para despreciarlo.

    No creo comulgar con las ideas de este inglés que se nacionalizó alemán, pero sí debo señalar que “El Drama Wagneriano” (Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1944) es uno de los mejores estudios interpretativos de la magnífica obra de Wagner y un discurso que articula perfectamente el acercamiento al marco conceptual del artista con documentos que permiten ampliar la comprensión de toda la obra. A diferencia de lo que sostiene el enojado autor que lo trata, Chamberlain ofrece un arsenal de datos y razones que explican con señalada solvencia la claridad de ideas que se verifica en el arte único de Richard Wagner. Y algo todavía más importante: para apoyar cada una de sus afirmaciones, para dotar de fuerza indiscutible lo que observa en la fragua, desarrollo e intención de la creación wagneriana, Chamberlain se auxilia directamente con el propio Wagner, esto es, esboza primero y finalmente traza la secuencia que va de la idea a la cosa, de la concepción a la ejecución de los proyectos que Wagner prodigara al mundo.

    Pondré un ejemplo que cumple con la doble función de descargar a Chamberlain de la difamación (no tergiversó a Wagner, lo ahondó, lo reflejó con lealtad) y, a la vez, nos permite conocer sin mediación lo que pensaba el propio artista acerca de las pautas que explican y dan sentido a su obra. Lo que sigue a continuación es una cita que Chamberlain recoge de las obras completas de Wagner y que incluye en el segundo capítulo de su obra, donde precisamente abunda sobre los aspectos teóricos de la creación. Quien habla es Wagner, quien selecciona y más tarde glosará, será Chamberlain. Dice así:

    “1. La música expresa únicamente emociones y sentimientos; el lenguaje hablado, si bien anteriormente no fue solo la representación del entendimiento, poco a poco ha quedado reducido a esta función y ahora no tiene otra; la parte de sentimiento que se separó de él, la expresa música con potencia incomparable.

    2. En cambio, lo que el lenguaje musical no sabría hacer por sí mismo es indicar la causa precisa de la emoción y del sentimiento, la materia en que aquella y este adquieren su exacta significación.

    3. La potencia expresiva del lenguaje musical requiere, pues, un complemento que se encontrará en la facultad de caracterizar con precisión todo aquello que un sentimiento o emoción puede contener también de personal y de particular.

    4. Esta facultad no puede obtenerla sino juntándose con el lenguaje hablado.

    5. No obstante, la alianza solo puede dar buen resultado cuando el lenguaje musical tome como punto de unión con el lenguaje hablado, aquel que pueda hacerlos considerar a ambos como análogos; hay que hacer la unión en el momento preciso de manifestarse en el lenguaje hablado la necesidad imperiosa de un medio de expresión que se dirija directamente a los sentidos.

    6. Pero esto depende únicamente del asunto (es decir, del contenido de lo que se ha de expresar); de la manera como este se transforme afectando al sentimiento en lugar de interesar solo al entendimiento. Un asunto (dramático) que afecte tan solo a la inteligencia no puede expresarse más que con el lenguaje hablado; pero a medida que va creciendo la parte de sentimiento, se experimenta más y más la necesidad de otro medio de expresión, y llega un momento en que el lenguaje de la música es el único adecuado.

    7. (Conclusión deducida de esas premisas): Esto establece de una manera concluyente que los únicos asuntos accesibles al poeta-músico son los de orden puramente humano, y liberados de todo elemento convencional” (Págs. 42-43).

    Le molesta a Carr que Chamberlain sea fiel a su admirado, que compruebe la coherencia entre la idea y la cosa producida; por eso lo destrata, porque preferiría ver en Wagner a un impostor y en su arte una mera superchería con inexplicable buen suceso. Pero contra la evidencia del arte, por más que se quiera, no se puede. Propongo, contra todo consejo políticamente correcto, leer a Chamberlain; no es como escuchar a Wagner, pero sirve para pensarlo.

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