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    Todo dicho

    Columnista de Búsqueda

    N° 1796 - 24 al 30 de Diciembre de 2014

    Una de las más ingentes funciones del adjetivo que tiene carácter expresivo y que interesa destacar por su peso específico en el campo de la literatura es la que cumple el epíteto, crema del universo connotativo. Me vienen a la memoria algunos relámpagos de Borges. Sobre la ruptura de una relación sentimental, escribe: “Ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines”; respecto de lo que le espera, de lo que habrá de tener cuando el ser amado finalmente desaparezca de su vida, dice que tan solo le quedará “la fiel memoria y los desiertos días”. En el segundo de los sonetos sobre el ajedrez habla de las cualidades de las piezas: “Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada reina, torre directa y peón ladino”. En cierta oportunidad que vio caer el agua incesantemente habló de la “lluvia minuciosa”, y refiriéndose al reloj de arena, dice: “Todo lo arrastra y pierde este incansable hilo sutil de arena numerosa”.

    El epíteto indica una cualidad, una manera de ser de la persona o cosa de que se habla. Expresa cualidades consideradas esenciales por el hablante. Vendría a ser una clase del adjetivo que no modifica la extensión del sustantivo, sino que le añade una cualidad o subraya la ya contenida en el término primario.

    La construcción del epíteto se produce de dos maneras: una es como lo enseñó para siempre Homero, que consiste en nombrar una persona o cosa y enseguida añadirle una característica que entiende dominante. Por ejemplo: Zeus, el que amontona las nubes; Aquiles, el de los pies descalzos; Poseidón, el que circunda la Tierra; Atenea, la de glaucos ojos. El epíteto está tan identificado con el sustantivo que bien se puede omitir el sustantivo y con solamente mencionar el epíteto se está aludiendo de un modo directo y muy intenso y también elocuente al sustantivo. Al decir “el de los pies ligeros”, “la de los ojos glaucos”, se está diciendo todo.

    La segunda forma de construir el epíteto es propia de nuestra lengua y se produce anteponiendo el adjetivo al sustantivo. Si se dice: “la luna es blanca”, aparece la luna como sujeto y blanca como predicado adjetivo. La interpretación de esta frase es la siguiente: se observa un objeto y en el objeto se observa una cualidad, esto es: se observa la luna y en la luna se advierte el color que la domina. En cambio, si se dice: “la blanca luna”, las connotaciones son diferentes. Ante todo estamos ante una elipsis, dado que por suficiente comprensión se omite el verbo, pero además se produce un epíteto. En este caso la interpretación es la siguiente: se observa una cualidad dominante, la blancura, y se concluye que esa cualidad corresponde a un objeto: la luna. De modo que cuando se usa el epíteto se reduce prácticamente el sustantivo a determinada cualidad juzgada dominante. Siguiendo con el ejemplo: no interesa si la luna es redonda o plana; lo que realmente importa es su blancura.

    Esto nos permite concluir que el epíteto convierte la cualidad señalada prácticamente en sustantivo. Por su alto poder semántico, por su carga de intensidad y de denotación, el epíteto conmueve cualquier cláusula por cuanto determina que una simple cualidad de la cosa es más importante y excluyente que la cosa misma. Para decirlo con mayor claridad: el epíteto se devora ontológicamente al sustantivo; es un procedimiento que establece una absorción total de los otros atributos por parte de un atributo que el hablante encuentra como el más importante del objeto al que se refiere.

    Sin discusión es el colmo de la elocuencia.

    // Leer el objeto desde localStorage