Nº 2099 - 26 de Noviembre al 2 de Diciembre de 2020
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El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTiene algunas similitudes estéticas con 25 Watts. Es en blanco y negro y con predilección por los tiempos muertos. Habla de un grupo de jóvenes que esperan algo de la vida. Los planos son compactos, sólidos, al estilo de Jim Jarmusch. La reiteración de situaciones es importante. Tiene humor. Incluso uno de los actores es muy parecido a Daniel Hendler. Y bien podría, como la película uruguaya, convertirse en objeto de culto.
Pero hasta ahí las similitudes. Ahora las diferencias.
La ciudad no es Montevideo: es Calcuta. Los jóvenes no son simplemente pasotas sin nada que hacer: son yonquis. Ocurre en una larga noche lluviosa y esa parte de la ciudad, que incluye el fuselaje abandonado de un avión donde los tipos se entregan a las drogas, está desierta. Es una Calcuta cerrada, onírica, regida por las reglas de la espera y el ansiado colocón por el humo, por la sangre.
Cat Sticks (India, 2019, en Mubi y desde ya lo aclaro: con subtítulos en inglés) es el primer largometraje de ficción del fotógrafo Ronny Sen. Y es una maravilla. Olvídense de las películas de Bollywood con cantos y bailes interminables. También olviden el clasicismo naturalista del maestro Satyajit Ray. Esto es un bombazo, un corte brutal, una pesadilla pero con un tratamiento estilístico que transcurre con la suavidad de un libro de bellas ilustraciones contrastadas y poéticas. Se nota que Sen es fotógrafo. También se nota que conoce el tema de la heroína de cerca.
Hay una escena con dos adictos desnudos a punto de encajarse. Es el apoteosis. Munidos de una jeringa cada uno, buscan en el otro la vena virgen, ese pequeño oasis tan difícil de encontrar en un mapa humano cascoteado, apergaminado. Lo hacen escrutando minuciosamente cada parte del cuerpo: el cuello, una axila, la entrepierna, un pliegue del codo, la planta del pie. Y la escena está jugada —y ensayada— como si fuese un ballet: los cuerpos se mueven en una engañosa cámara lenta para procurar el momento de la sensación verdadera que los retire del mundo y los entregue al gran placer del azúcar moreno.