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    Tomar decisiones en blanco y negro

    Nº 2105 - 7 al 13 de Enero de 2021

    Es fácil criticar las decisiones que toman otros. Para simplificarnos el proceso, nos resulta más cómodo limitar las opciones a dos: una es la correcta (la nuestra) y la otra opción es la mala. Pero las verdaderas decisiones no son entre una opción positiva y otra negativa, sino que son entre dos alternativas malas, o —en el mejor de los casos— entre dos buenas.

    W. H. Weiss, en su libro Guía práctica para la toma de decisiones, define tal proceso como “un curso de acción seleccionado en forma consciente entre alternativas conocidas, con el propósito de alcanzar un objetivo”, lo que nos lleva a analizar sus tres componentes clave.

    Primero, deben existir alternativas; si no las hay, no hay proceso de toma de decisión. Y esto puede ser muy placentero para los que no quieren correr riesgos, los que defienden los monopolios o los que no aceptan un ascenso para “no complicarse la vida”.

    El segundo elemento es la elección consciente, el uso de la mente, de la lógica, de los datos objetivos. Pero usar la mente no es sencillo, ya que el propio cerebro busca el menor gasto de energía para mantener al organismo vivo, y pensar consume mucha energía. Además, para usar bien la mente hoy, habría que haberla alimentado bien ayer, cosa que no todos hacen. Y si bien los factores emocionales deben ser parte del proceso (y no aislarlos, como se sostuvo durante años), no pueden dominar la acción.

    Y el tercer elemento es recordar que toda decisión tiene un propósito, y cuánto más explícito sea ese objetivo será más sencillo decidirse y evaluar los resultados de tal acción.

    Cuando las decisiones que uno toma afectan a otros, casi sin excepción deberemos negociar, sea basado en “posiciones” (yo lo quiero y lo quiero ahora) o en intereses (por qué lo quiero o para qué), lo que abre un enorme elenco de posibilidades que terminan siendo más beneficiosas para ambos.

    En materia de negociaciones y toma de decisiones políticas, pocas veces se ven (a la luz pública) aplicarse estas metodologías que enseñan desde hace décadas en las escuelas de negocios.

    Todos manifiestan su vocación de “defender los intereses del país”, aunque casi siempre los vemos distanciados por defender posiciones, muchas de ellas sobre aspectos menores o instrumentales. Pero, dado el tiempo y la pasión que le dedican a estas minucias, parece que fueran trascendentales y, pasados unos pocos días, ya nadie recuerda el suceso.

    Este año que recién inicia, todos deberemos tomar decisiones importantes. Lo tendrán que hacer los líderes empresariales, sindicales o políticos, así como cada persona en forma individual. Es bueno entender que el camino de toma de decisiones está pavimentado con baldosas negras y blancas, donde es casi imposible pisar unas sin siquiera rozar alguna de las otras.

    Por eso, cuando juzguemos las decisiones que toman otros (y las nuestras propias), estemos a los resultados, sí, pero también a la pureza de intención con que se recorre ese camino. Será la credibilidad y la confianza lo que nos nutrirá de la paciencia necesaria para esperar los resultados.

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