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Un caballero londinense de buena posición mantiene un romance furtivo en una habitación de hotel con una joven de aires aristocráticos, bella y sensual. Mientras tanto, la esposa sospecha de la infidelidad de su marido, contrata un detective y no demoran mucho en convertirse en… amantes. La doble escena transcurre en el mismo sofá que preside la sala Cero de El Galpón. Quienes componen ambas parejas son Jorge Bolani y Mariana Lobo, y el director es Gerardo Begérez, un señor que está en la cresta de la ola desde hace varios años —incluso ya ganó un Florencio al Espectáculo— y en este momento tiene cuatro espectáculos (sí, cuatro) en cartel en Montevideo. Ah, la obra se llama Decadencia, pertenece al inglés Steven Berkoff, un sujeto por demás inspirado que escribió, entre tantas, aquella sátira de Edipo rey llamada Greek que protagonizó Tabaré Rivero en los años 90. Está escrita en verso y cuenta con una formidable traducción al castellano del argentino Rafael Spregelburd, que hace que el texto brille como un personaje más. Sí: el verso funciona muy bien en este cuadro grotesco que derrama ácido sobre los usos y costumbres de una clase alta europea adosada a las devaluadas casas reales de hoy, más cercanas al mundo de la farándula que a las esferas de gobierno. Bolani, quien ya había protagonizado esta obra un par de décadas atrás, pone su magistral expresividad al servicio de la comedia. Y a su lado tiene a una de las mejores actrices del teatro independiente, que navega a sus anchas en aguas de comedia, en un trabajo que recuerda al lejano 2005 cuando protagonizó en esa misma sala la farsa Atlántida y El Dorado, junto a Jorge Temponi. Si bien la obra entra en una breve meseta sobre la hora de duración, reupera la intensidad para lanzarse al tobogán del desenlace.
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Bolani es quizá el mejor exponente local de la corporalidad de la actuación. Toda su desgarbada humanidad es un conjunto de recursos comunicativos que se suman, como en un clown sutil y uruguayísimo, a su talking head. Y en este momento demuestra que es un intérprete integral, porque en el Circular, en una cuerda sensiblemente distinta, compone al insoportable protagonista de Tío Vania en un Chéjov sobrio y aplomado que dirige María Varela. Como Candeau, Guarnero, Jones y todos esos grandes actores que siempre hubo, estos son los años de ir a ver a Bolani, haga lo que haga.
A pocas cuadras de allí, en la Zavala Muniz, se estrenó a mediados de octubre otra obra escrita en verso, a cargo de la Comedia Nacional, que desde el vamos me animo a situarla entre lo mejor de la temporada. La responsable es Jimena Márquez, otra joven creadora que está alcanzando la plenitud de su carrera, en la doble función de escribir y poner en escena sus propios textos. Al igual que Begérez, Márquez no para, porque al mismo tiempo tiene en cartel El barrio de los solos, una sorprendente comedia policial en la Alianza, donde en julio montó una obra para niños con el mismo multitudinario elenco. Y a mediados de noviembre reestrena Lítost, un drama familiar íntimo portagonizado por Gabriela Iribarren, una obra de cámara en las antípodas de todo lo que ha hecho. Aunque rime, lo único que desafina en este nuevo estreno de Márquez con la Comedia (el año pasado montó La duda en gira), es el nombre: La sospechosa puntualidad de la casualidad. Pero todo lo que sucede en esos 55 minutos es una belleza. Cuatro pájaros y un murciélago encerrados en una gran jaula de esas que hay (¿había?) en los zoológicos, desarrollan una fábula deliciosa que se desliza por los oídos de los espectadores como el canto de calandrias y cardenales en el campo, al amanecer. Los personajes son arquetipos: la lechuza, amarga y cínica, descreída del amor y cualquier sentimiento de optimismo ante la vida, una soberbia actuación de Andrea Davidovics; el urutaú, un romántico pájaro poeta y cantor —un poco pajarón, es verdad— que no para de escribir cartas de amor y cantar los versos más encantadores que una dama (pájara) pueda oír, de lo mejor que ha hecho Luis Martínez en un buen tiempo; el ave del paraíso, melancólica y derrotada por el desengaño, un papel que Alejandra Wolff conduce sobrada; y la abubilla, una ingenua y enamoradiza criatura saltarina encarnada por Lucía Sommer. Entre ellos sobrevuela el murciélago Leandro Núñez, un narrador tan estupendo como el Mayordomo con el que se hizo conocer en Mi muñequita. Un compendio de claroscuros y contrariedades en una composición de enorme despliegue físico, incluso atlético. Los cinco suben, bajan y se deslizan por ese intrincado ramaje metálico que permite cuadros plásticamente deslumbrantes, como ese batman que descansa colgado durante el día o ese búho que otea el horizonte desde lo más alto, señorial y amenazante. En esa caracterización ornitológica hay que subrayar el atildado trabajo de peluquería de Heber Vera.
Márquez habla de lo más simple y universal: el amor y el desamor, la libertad y su ausencia. Y su obra puede presentarse y funcionar en cualquier ciudad de este planeta y sus alrededores, e incluso en Piongyang. Y además ostenta un dominio lírico nada frecuente, al pasear a la platea por variantes del verso como el soneto, la octosílaba y la décima. Siempre oronda y elegante, y no menos contundente en la profundidad del planteo. La puesta se nutre de un notable trabajo corporal del quinteto (a cargo de Carolina Besuievsky) y de la inspirada música en vivo de un trío de cámara (piano, chelo y flauta) dirigido por Pablo Machado, quien se entrevera de a ratos con su acordeón entre los actores, dando forma a un musical refinado y ambicioso, que cumple lo que promete. y que suena muy bien.
Decadencia, de Steven Berkoff. Dirección: Gerardo Begérez. Con Jorge Bolani y Mariana Lobo. Ambientación y vestuario: Nelson Mancebo. Luces: Leonardo Hualde. El Galpón, sala Cero. Martes y miércoles, 20 h. Entradas: $ 360 en Tickantel.
La sospechosa puntualidad de la casualidad, por la Comedia Nacional. Texto y dirección: Jimena Márquez. Escenografía: Sebastián Barcelona. Iluminación: Inés Iglesias. Vestuario: Erika del Pino. Sala Zavala Muniz, viernes y sábado, 21 h; domingo, 19h. Entradas: $ 150 en Tickantel.