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    Tres Eduardos

    Columnista de Búsqueda

    N° 1963 - 05 al 11 de Abril de 2018

    La historia y la sangre se confunden. Eduardo II de Inglaterra fue coronado con grandes fastos y esperanzas en 1307; al año siguiente se casó con Isabella, hija del rey Felipe IV de Francia. Aparentemente, tuvieron cuatro hijos, pero era muy conocida la ardiente relación amorosa del rey con el joven Hugh Despenser y tampoco era secreto para nadie que la reina Isabella tenía un largo affaire o romance o mero trato genital con Robert Mortimer; tan escandaloso fue el cuarteto que en la corte se dudaba acerca del verdadero padre de los cuatro hijos del matrimonio real. En 1327, cansada de las crueldades y extremos de su marido, tuvo la simpática idea de que lo ejecutaran, porque para ese entonces, atrapado por su vicio, el rey se había convertido en un tirano inservible y humillado. El amante Hugh también fue de la partida en esa íntima justicia; ambos resultaron ultimados con muertes indecibles donde no faltó el desprecio y la simbólica alusión al problema que convirtió a Eduardo en la sombra babeante y enferma de sí mismo.

    Chistropher Marlowe vio luz lírica en la sanguinolenta resolución y emprendió la composición de una de las tragedias más consistentes del período isabelino, que lleva por título el nombre del rey. Es cierto que en la pieza hay momentos escabrosos, violentos, disparatados, pero eso no ha de imputársele al manierismo imperante ni a la inclinación del escritor, que está muy lejos de introducir facilidades en su discurso, sino que es dócil reflejo de lo que fue la verdadera historia del vergonzante rey. Pero, como sucede con todo lo que hay entre el cielo y la tierra, la poesía puede más y acaba por imponerse a la prosa oscura o patética que llamamos realidad. Uno de los parlamentos que el dramaturgo pone en labios del parásito enamorado Hugh alcanzan por redimir o disculpar cualquier exceso de lo cruel o de lo grotesco: “Dulce príncipe, voy; que tus amorosos renglones habrían podido hacerme venir a nado de Francia y, como Leandro, expirar en la arena con tal de verte sonreír y tomarme en tus brazos. Para mis ojos de exiliado la vista de Londres es como el elíseo a un alma a él recién llegada. No porque ame a esta ciudad ni a sus hombres, sino porque alberga al que me es tan caro, esto es, al rey, sobre cuyo pecho moriría contento aunque tuviese por enemigo al resto del mundo”.

    Más tarde, cuando el hijo mayor del ajusticiado consolidó su poder bajo el nombre de Eduardo III, emprendió la nada sencilla tarea de restaurar la maltrecha dignidad del trono. Lo primero que hizo fue deshacerse piadosamente de su madre, a la que exilió de por vida; enseguida tuvo la precaución de ordenar que ipso facto ejecutaran a ese otro parásito que fue Robert Mortimer, de quien la historia solo recuerda su paciencia, su capacidad para la intriga, su oportunismo y su miserable cobardía de los últimos instantes.

    No conforme con ratificar su inequívoca autoridad, este gran Eduardo decidió cifrar sus ambiciones en el continente, dando inicio a la Guerra de los Cien Años (1337-1453) con Francia. Este singular conflicto —que recordamos por los burgueses de Calais, por Juana de Arco— enfrentó a tres familias reales, dos inglesas y una francesa. Los Plantagenet primero y luego los Lancaster fueron directamente contra el supuesto derecho de los Valois y reclamaron vastos feudos y muestras inequívocas de obediencia y vasallaje del otro lado del canal. El argumento inicial lo ofrece Eduardo III, que reclamó la corona de Francia porque su madre, la exiliada y despreciada y mil veces avergonzada, era hija de uno de los últimos Capeto. En Francia había entonces un poco de desconcierto y cierta falta de cohesión nacional, pero algunos bolsones de la nobleza y principalmente el clero marcaron la necesidad de resistencia a la pretensión británica.

    Para Eduardo esa postura de sus enemigos, lejos de desalentarlo, le permitió el despliegue de sus mejores capacidades de gobernante y de líder militar. Y de paso esa guerra le sirvió para mostrarse como el orgulloso padre del valiente y casi legendario Príncipe Negro, también Eduardo, que sembró el terror en los ejércitos francos y dio a la corona inglesa resonados triunfos. Habrá que esperar tres generaciones para que Enrique V, en Azincourt, el día de San Crispín de 1415, iguale en parte sus hazañas.

    La triste memoria de Eduardo II fue sepultada por la dignidad de sus descendientes. Felizmente la sangre no lo dice todo.

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