Nº 2110 - 11 al 17 de Febrero de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMuchos lo tararean, quizás lo cantan, seguramente lo escuchan aún con placer…
¡Y no tienen idea de la casi excéntrica historia del tango Cuesta abajo, uno de los clásicos más recordados de Gardel!
En enero de 1935, en pleno éxito de este tema y de la película homónima, la revista La Canción Moderna de Buenos Aires, informó de la demanda iniciada por Vicente Stanzione, autor de dos tangos que nunca vencieron la indiferencia pública —Zabalita y Ya llegó—, acusando a Gardel y Lepera de haber plagiado lo fundamental de esas obras para componer, precisamente, Cuesta abajo. Reclamó la desaparición de diez mil discos grabados por el Mago y 20 mil pesos por daños y perjuicios. El único dato documentado fielmente y que zanjó la cuestión, colocándole una lápida encima, fue la sentencia judicial: “No ha lugar al reclamo”.
Pero la historia de tropiezos de Cuesta abajo había comenzado unos meses antes.
En setiembre de 1934, la revista Caras y Caretas, en su crítica de la película estrenada en mayo de ese año en Nueva York, sentenció: “Es el peor de los trabajos cinematográficos de Gardel y el pecado no tiene atenuantes”. La Nación y La Prensa también la rechazaron, así como la parte musical; Homero Manzi escribió que Lepera “le prepara bodrios que el cantor no merece”; y Razzano le escribió al propio Gardel: “Esto no es digno de salvaguardar tu nombre y hace que tu prestigio y que tus valores pierdan lo logrado hasta ahora”.
Y algo más, para cerrar esta peripecia poco difundida entre el público masivo. Terig Tucci, director musical de la mayoría de las películas filmadas por Gardel, confesó que el cantor no intervenía en los guiones de Lepera, pero, en cambio, sus objeciones para las letras de los tangos llegaron a ser insoportables. Pasó con Cuesta abajo, cuyos versos el letrista debió corregir una docena de veces, dando lugar, cuando al fin apareció el acuerdo, a este diálogo recogido por varios historiadores:
—Alfredo, lo que pasa es que tenés que escribir a mi medida.
—Carlos, si seguís así, no vas a necesitar un poeta sino un sastre…
Quizás el lector desprevenido, a esta altura, ya se haya convencido de que la película y el tango, al menos en su tiempo, bordearon el fracaso.
Nada menos cierto. Más allá de la demanda por plagio, de los comentarios de revistas y diarios, de la severidad de Manzi y de la reconvención de Razzano, Cuesta abajo —película y tango— fueron, en todo el mundo, un éxito explosivo.
Gardel actuó correctamente, rodeado de dos grandes actrices de la época, Mona Maris y Anita del Campillo, y cantó con la plenitud acostumbrada. Apenas —esto es verdad— hubo roces precisamente durante la escena en que Gardel canta Cuesta abajo, porque el director del filme, el francés Louis Garnier planteó dudas acerca del final ideado por Lepera, que debía reflejarse en el tango. Según Oscar del Priore, se optó porque Carlos Acosta (el personaje de Gardel) descubriera la traición de Raquel (Mona Maris), reprimiera sus deseos de venganza y se retirara a un café donde, como desahogo, cantaría un “tango trágico”, que ya todos imaginan cuál fue.
Y un historiador contemporáneo, Manuel Adet, contribuyó con originalidad a convencer hasta a los más negativos:
—Cuesta abajo parece un tango escrito para completar Volver. Impresiona como la historia del mismo personaje vista desde otra perspectiva. El inicio es uno de los más bellos del género: Si arrastré por este mundo / la vergüenza de haber sido / y el dolor de ya no ser… Cuesta abajo es también un Volver. Lo dice expresamente: …si fui flojo, si fui ciego, / solo quiero que comprendas / el valor que representa el coraje de volver… Clarito. Después, otros versos de antología: Por seguir tras de tu huella / yo bebí incansablemente / en la copa del dolor. Para después confesar: …pero nadie comprendía / que si yo todo lo daba / en cada vuelta dejaba / pedazos de corazón.
Al cierre, una anécdota divertida que refleja la imaginación de Lepera en su esfuerzo por rodear a Gardel de lo mejor.
Años antes, en 1927, tras un viaje a París y por una observación circunstancial, llevó en barco a Nueva York, para una película anterior de el Mago, aunque nunca reveló la intención cinematográfica, 30 galgos rusos. El agotador viaje y el clima mataron a casi todos los animales. Sin embargo, en una escena clave de Tango bar, aparecen dos hermosos galgos rusos, o borzois.