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    Uberfóbicos

    El crecimiento de empresas como Uber y Airbnb ha generado una ola de protestas por parte de los sindicatos “afectados”, que se sienten atacados en sus privilegios. Las autoridades, presionadas por los sindicatos, amenazan con la aplicación de las leyes vigentes y una batería de multas para impedir que ese tipo de iniciativas echen raíces y prosperen.

    Estos nuevos emprendimientos son consecuencia de las nuevas tecnologías y conforman lo que se suele llamar “economía disruptiva”, pues altera el funcionamiento de las formas tradicionales de producir y consumir.

    Usando la Internet, los consumidores entran en contacto directo entre sí y evitan la participación de eslabones intermedios, que encarecen los productos. Además, el consumidor de un servicio suele posteriormente ponerle nota al servicio en cuestión, lo cual ayuda a otros interesados a evaluar las diferentes alternativas que se le presentan.

    El espectro de actividades dentro de los nuevos marcos crece constantemente. A través de la red global, cualquiera puede alquilar toda o una parte de su casa (incluso un sofá para dormir, algo muy extendido en las ciudades universitarias), coordinar viajes en común al trabajo o intercambiar muebles, ropa o cualquier tipo de objeto o servicio.

    Últimamente, han aparecido personas que ofrecen servicios de comida en su casa, como si fuesen restaurantes. Este tipo de actividades económicas mueve cada día más dinero en cada vez más países.

    De cualquier manera, hay manifestaciones de esta nueva economía que son mucho más viejas: en 1993 vendí mi auto, que usaba muy poco, y junto con un vecino creamos un pool. Hicimos un acuerdo con la Renault y accedimos a un coche flamante; asociamos a otros vecinos; creamos una entidad social y teníamos el auto en un estacionamiento afuera de nuestro edificio.

    Los miembros del pool lo reservaban llamando a la empresa por un tiempo máximo de un día. Cada cual pagaba una suma fija por integrar el pool (reintegrable al abandonarlo) y otra según la cantidad de kilómetros hechos. Todos teníamos una llave para abrir una cajita de metal que colgaba al exterior del vehículo (fijada al interior del mismo por la ventanilla). Allí estaba la llave del auto. Se abría la cajita, se sacaba la llave del auto, se abría la puerta del mismo, se bajaba un poco la ventanilla y se retiraba la cajita.

    Cumplíamos colectivamente las responsabilidades (lavarlo, cargar nafta, llevarlo al control técnico). Llegamos a ser 19 hogares compartiendo un auto y casi nunca había problemas para acceder al mismo. Frente al éxito, el municipio adoptó la idea y hoy hay más de 40 autos de diferentes tipos y tamaños en la ciudad, los cuales se reservan a través de Internet: todos los miembros del pool acceden a un “libro de reserva” similar al cuaderno de reserva de las lavanderías colectivas de los edificios.

    Cuando viajamos de vacaciones, los miembros de un pool accedemos a los autos de otros pools en el resto del país.

    La idea central es pues compartir o intercambiar productos o servicios en forma directa, sin pasar por las instancias intermediarias. Esta nueva economía se basa en dos elementos esenciales: la Internet y la confianza recíproca.

    Frente a este proceso, las organizaciones sindicales, con su estructura rígida y conservadora, se han levantado en pie de guerra. Pero también las autoridades —especialmente si están en una relación de dependencia ideológica con los sindicatos— han reaccionado negativamente.

    Se olvida que las leyes vigentes no son eternas ni perfectas sino que responden a una determinada realidad económica y técnica. Cuando esta realidad es superada, las leyes deben ser adaptadas.

    Un ejemplo: las leyes que regulaban el mercado de capitales han quedado totalmente obsoletas desde que el dinero abandonó su estado físico (el billete), se hizo electrónico y comenzó a moverse por todo el mundo a cualquier hora del día o de la noche a golpe de clics en el teclado de la computadora.

    Intentar reprimir estos fenómenos o pretender combatirlos con leyes que responden a una realidad superada es la peor opción para una sociedad, pues significa oponerse a su desarrollo.

    El avance tecnológico y el proceso de robotización son imparables. Parapetarse detrás de leyes surgidas hace décadas o defender estructuras vetustas está condenado al fracaso y es la manera más efectiva de frenar el crecimiento de una sociedad.