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    Un Toblerone para Cardoso

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2137 - 26 de Agosto al 1 de Setiembre de 2021

    El colorado Germán Cardoso llegó hasta un local con una escalera muy empinada, en cuya puerta se leía PA. Era la sede de Políticos Anónimos. Al final de la escalera ya estaban sentados unas cuantas damas y caballeros en sillas ubicadas en círculo. El moderador le ofreció un asiento al uruguayo y empezó la sesión.

    Quizás por aquello de que las damas primero (aunque en política no se cumpla), se levantó una mujer de muy buen aspecto, de unos sesenta y pico.

    “Soy Mona Sahlin, política sueca”.

    “Hola, Mona”, respondió el resto.

    Mona continuó: “Vengo de un país que, si bien tiene uno de los mayores niveles de vida de Europa, sus legisladores viven en la austeridad, no tienen pensión vitalicia y trabajan en despachos pequeños. En mi país, cuando un político asume un cargo, firma una declaración de principios y recomendaciones, una de ellas es que no viajemos en auto, sino en el transporte público, como nuestros gobernados. El único político que tiene derecho a coche de forma permanente es el primer ministro”.

    Nadie lo vio, pero uno de los asistentes jura que cuando Mona dijo esto, al uruguayo Cardoso la cabeza le dio un giro de 360 grados, como a Linda Blair en El exorcista.

    Llegado a este punto, Mona bajó la cabeza y dijo: “Tenía 37 años, los suficientes para saber qué hacer y qué no, era la segura futura primer ministro, pero erré: usé una tarjeta de crédito oficial para una compra personal”.

    Pensando en su colega Raúl Sendic, el uruguayo Cardoso debió pensar en colchones, ropa, perfumes.

    “Compré dos chocolates Toblerone a un costo de 35 euros, y fue mi final”, dijo Mona, y se sentó.

    “Gracias, Mona”, respondió el resto.

    A continuación, se paró un hombre alto y canoso. “Soy Michael Bates, político británico”.

    “Hola, Michael”.

    “Siendo secretario de Desarrollo Internacional llegué tarde a una sesión del Parlamento, justo cuando me tocaba responder a una pregunta. Dos minutos. Llegué dos minutos tarde y estoy completamente avergonzado”, dijo, repitiendo lo que ya había dicho públicamente. “El gobierno me perdonó, pero es la última”.

    “Gracias, Michael”.

    Se levantó entonces un cuarentón pelirrojo. “Soy Igor Matovic, ex primer ministro eslovaco”.

    “Hola, Igor”.

    Se bajó el tapabocas y dijo: “Juro que quise hacerle un bien a mi pueblo, y por eso me apuré en comprar dosis de la vacuna rusa Sputnik V. Pero cometí un error: no estaba aprobada aún por la Unión Europea. Tuve que renunciar”.

    “Gracias, Igor”.

    Se levantaron entonces al unísono un hombre y una mujer. “Yo soy Annette Schavan, exministra de Educación y Ciencia de Alemania”. “Yo soy Karl Theodor, exministro de Defensa, también de Alemania”.

    “Hola, Annette, hola, Karl”.

    Y con coordinación alemana ambos dijeron a la vez: “Plagiamos trabajos académicos y tuvimos que renunciar a nuestros cargos”. Annette siguió un poco más: “Como el resto aquí, ante la vergüenza nos fuimos sin que nos lo pidieran, sin buscar culpables donde nunca los hubo”.

    “Gracias, Karl, gracias, Annette”.

    Se levantó otra dama. “Soy Cristina Cifuentes, expresidenta de la Comunidad de Madrid”.

    “Hola, Cristina”.

    “Un vigilante de una tienda me descubrió llevándome dos cremas. Nunca desvié un peso del Estado, pero fue inadmisible”.

    “Gracias, Cristina”.

    Se levantó un rubio de buena apariencia. “Soy Christopher Lee, excongresista de Estados Unidos”.

    “Hola, Christopher”.

    “Seré breve. Era honesto en la vida pública, pero me descubrieron engañando a mi esposa. Fui un mentiroso y renuncié al cargo”

    “Gracias, Christopher”.

    Se levantó un elegante señor de lentes. “Soy Juha Sipilä, ex primer ministro de Finlandia”.

    “Hola, Juha”.

    “Impulsé una reforma en el sistema de salud de mi país y no funcionó. La salud es algo muy importante como para fracasar allí”.

    Entre los asistentes, alguien, no se sabe quién, murmuró en voz baja: “¿Por un error así, bo?”.

    “Gracias, Juha”.

    Se paró entonces un flemático canoso. “Soy Chris Huhne, exministro británico de Energía”.

    “Hola, Chris”.

    “Un radar me detectó cometiendo una infracción de tránsito, pero dije que manejaba mi esposa. Mentí y me costó el cargo”.

    “Gracias, Chris”.

    La cabeza de Cardoso debió rememorar: auto, ruta, accidente, favor, policía de Maldonado. O no, quizás no remoró nada, porque cuando el moderador se aprestaba a esperar que el uruguayo se levantara, la silla estaba vacía. Nadie lo vio irse.

    “Dicen que algunos políticos uruguayos son hábiles en huir en momentos difíciles”, dijo Chris que recién se había sentado.

    “Sí”, agregó Mona, “pero no siempre ¡eh!, hay veces que, a la fuerza, pero caen”.

    Dicho esto, se oyó un estruendo, el ruido típico de alguien rondando por las empinadas escaleras que llevaban a la salida.

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