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    Un cambio que cuesta demasiado

    N° 1997 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2018

    Un inesperado viaje al exterior nos impidió, la pasada semana, mantener este habitual contacto en Búsqueda. Ello coincidió con una nueva derrota de nuestra Selección, esta vez ante el último campeón del mundo, Francia. Sumada a la de días antes con Brasil, y a las dos consecutivas en Estados Unidos el pasado mes (ante Corea del Sur y Japón), ya son cuatro contrastes al hilo del equipo de Tabárez. Lo que ha generado una lógica preocupación en muchos aficionados y en buena parte del periodismo especializado.

    Sabido es que en esta etapa de preparación para los severos compromisos del año próximo (entre ellos, una nueva edición de la Copa América), el objetivo primordial era consolidar el impostergable recambio generacional, ya iniciado en el último torneo del mundo, de modo de superar notorias carencias en el funcionamiento de la Selección, y lograr que esas nuevas incorporaciones fueran adquiriendo un mayor entendimiento con aquellas figuras que son la base de la formación titular. Fue así que, en el tramo inmediatamente anterior (aunque cayendo frente a dos equipos asiáticos de segundo orden) fueron varios los futbolistas —todos ellos provenientes del proceso de selecciones juveniles— que tuvieron la oportunidad de tener algunos minutos en cancha.

    Tras esos primeros magros resultados, no cabía ser muy optimistas para esta nueva tanda de partidos preparatorios; esta vez frente a rivales, como Brasil y Francia, de un poderío superlativamente mayor. Más aún, cuando en los días previos se produjo la inesperada defección, por diversas causas, de varios de los futbolistas primariamente convocados. Entre ellos, nada menos que los componentes inamovibles del triángulo final titular (Muslera, Giménez y Godín) y también dos de sus suplentes naturales (Coates y Gastón Silva). Ello obligó a Tabárez a incorporar al plantel a varios jugadores que habían quedado fuera de la lista inicial, y, en algún caso, ni siquiera reservados oportunamente. E incluso, a tener que conformar la línea del fondo titular con dos de ellos (Bruno Méndez y Mathías Suárez), debutantes absolutos en la Selección mayor.

    Ante adversarios de gran valía, y con esa imprevista suma de contratiempos, pareció pues atendible el planteo táctico conservador que utilizara el técnico en estos dos últimos partidos. Fue notorio el deseo de mantener una defensa bien plantada y un nutrido mediocampo (al que se sumó muchas veces Cavani), de modo de dificultar el tránsito de los atacantes rivales hacia nuestro arco. Y ese objetivo se vio casi enteramente logrado, pues aunque Campaña tuvo que extremarse en varias oportunidades —respondiendo siempre con gran solvencia—, los goles de los rivales en ambos cotejos solo llegaron por la vía de sendos tiros penales. El problema, pues, no estuvo en el plano defensivo, donde también Méndez y Suárez superaron la difícil instancia que debieron asumir (lo que, incluso, le permite al técnico contar ahora con una tercera línea de zagueros de relevo, a la que pueda eventualmente echar mano).

    Las dudas, y los consiguientes cuestionamientos, aparecen en otros sectores de la cancha, en donde las pruebas realizadas en estos últimos dos partidos (y también en los anteriores) siguen sin dar el resultado esperado. Ya insistimos en varias columnas anteriores en lo que consideramos el “talón de Aquiles” del Uruguay de Tabárez, de mucho tiempo a esta parte. Ese que —a nuestro juicio— nos hiciera dilapidar la oportunidad histórica de haber definido un Campeonato del Mundo, cuando —por nuestro potencial poderío y la prematura eliminación de varios de los equipos favoritos— ello estaba perfectamente a nuestro alcance.

    Es que el Maestro aún no ha sido capaz de solucionar la alarmante falta de elaboración de juego de la mitad del terreno hacia el arco rival, que deja en una insólita y lamentable orfandad a dos de los mejores delanteros del mundo. Dos partidos sin hacer un gol, con la dupla íntegra a tiempo completo, deben ser motivo de honda preocupación. Aún más, si —como ocurrió en este último— los dos máximos artilleros de este histórico último ciclo de la Selección ¡no llegaron siquiera a ejecutar un solo remate al arco rival, (lo que, de paso, ha dejado sin sustento la excusa de la ausencia de Cavani, cuando precisamente Francia nos dejara afuera del último Mundial).

    Siempre propugnamos que debíamos “amigarnos” con el balón, o sea, tenerlo un poco más que lo que tradicionalmente sucedía. Pero una mayor posesión (ante Francia, un sorprendente porcentaje del 54% del tiempo total) de poco o nada sirve, cuando la pelota circula intrascendentemente en la mitad de la cancha, con pases laterales o hacia atrás, y sin mirar nunca el arco rival. La cuestión aún sin resolver, pese a las pruebas hasta ahora realizadas, es que aparezca alguien que sea capaz (como lo hiciera en su tiempo Diego Forlán) de filtrar un pase entre líneas, que allane a nuestros delanteros el camino hacia el arco rival, o de gravitar por sí mismo en ese rubro. Desde Nacho González en el debut del Mundial de Sudáfrica, pasando luego por Gastón Ramírez, Roland, Nico Lodeiro o Carlos Sánchez, hasta la promisoria y más reciente aparición de Vecino, De Arrascaeta, Bentancur y Valverde (este último ubicado insólitamente retrasado ante Francia) ninguno pudo cumplir cabalmente con esa tarea fundamental. Y tampoco es solución que (sea por propia decisión o porque Tabárez así lo dispone) un envidiable goleador nato como Cavani, termine desgastándose corriendo gente en la mitad de la cancha, dejando solo arriba a su “compadre” Luis Suárez, peleando en desventaja numérica ante la defensa rival. ¡Todo un auténtico desperdicio!

    Ya es tiempo de dar solución a este problema casi endémico. Acaso sea el momento de infundirle confianza a alguno de los varios futbolistas ya probados en esa función, asegurándole su continuidad en los próximos partidos. Y si sigue sin aparecer ese enlace “por adentro”, cambiar y ensayar una táctica diferente, ensanchando el frente de ataque y buscando una mayor proyección por ambos extremos. Laxalt, por su gran velocidad, bien puede realizarlo por la banda izquierda y —por lo mostrado en los pocos minutos que jugara— Jonhatan Rodríguez puede hacer otro tanto por derecha, lo mismo que Urretaviscaya, cuando supere su actual lesión (dicho todo esto aun cuando a su regreso Tabárez declaró estar “un poco más allá de recibir consejos de cómo tenemos que jugar)”.

    Ocurre que lejos de advertirse alguna evolución, el saldo de esta reciente etapa fue más bien deficitario; aun reconociendo como “perdibles” estos dos últimos partidos, por la indiscutible jerarquía de nuestros rivales. “Hay que darles tiempo a los posibles cambios”, también declaró el Maestro, y a esta altura ello nos parece lógico. Pero es juicioso advertirle que cuando ese tiempo comience a agotarse, puede prosperar la idea —que ya hoy algunos tienen— de que el cambio que deba hacerse lo sea en la conducción misma de la Selección.

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