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    Un campo, dos tangos

    N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018

    “Nací en este barrio, crecí en sus veredas,/ un día alcé el vuelo soñando triunfar;/ y hoy pobre y vencido, cargado de penas,/ he vuelto cansado de tanto ambular…” (versos de San José de Flores, 1936, de Enrique Gaudino y Armando Aquarone).

    “¡Cómo recuerdo, barrio querido,/ aquellos tiempos de mi niñez…!/ Eres el sitio donde he nacido, eres la cuna de mi honradez…” (versos de Almagro, 1930, de Iván Diez, un seudónimo de Augusto Martini, y Vicente San Lorenzo, otro seudónimo, este de Vicente Ronca).

    Es imposible que Juan Diego de Flores, un acaudalado español afincado en el Río de la Plata, imaginase a fines del siglo XVIII que el extenso campo que adquirió y que luego su hijo convertiría en un pueblo, y el suburbio anexado más tarde, inspirarían dos de los temas más populares de la historia del tango.

    El pueblo fue bautizado San José de Flores por la unión del apellido familiar con san José, patrono de la parroquia levantada allí al inicio; más aún: se denominó Pacto de San José de Flores al acuerdo de unión y paz de 1860 que permitió reincorporar la provincia de Buenos Aires a la Confederación Argentina, tras años de enfrentamientos y secesión.

    Hasta 1888, Flores fue un poblado de quintas de personas acaudaladas —entre ellas la de un inglés, Eduard Mulhall, “el inglés bueno”, llamada Lambaré en homenaje a un legendario cacique tehuelche—, aunque ese año, al ser integrado formalmente al catastro bonaerense, dio espacio para viviendas de algunos pequeños empresarios y trabajadores, a los que se agregaron miles de inmigrantes en una zona adyacente que más tarde, como barrio, recibió el nombre de Almagro. Es por eso que en esta área, situada al suroeste de la capital argentina, sobreviven partes edificadas de las viejas quintas, con muestras arquitectónicas de distinta categoría incorporadas en épocas posteriores.

    Pero Flores y su descendiente Almagro tuvieron una virtud: quizás por mera casualidad, allí se radicaron y generaron —y sobrevive alguno que aún lo hace— su obra artística, que mucho ha influido en la música popular ciudadana, varios creadores de relieve, caso de Baldomero Fernández Moreno, el autor de Setenta balcones y ninguna flor; Roberto Arlt, que allí escribió —en el Café de las Orquídeas— El juguete rabioso, y el vigente Alejandro Dolina, que se inspiró en esos barrios para escribir El libro del fantasma, Crónicas del Ángel Gris y Cartas marcadas.

    Y no solo eso. Fueron frecuentes en Flores las pulperías y los boliches, que al crecer se incorporaron a la historia primigenia del tango. Por ejemplo, El Vasco Milonga, La del Colorado, La Paloma, en la esquina de Culpina y Alberdi, donde Enrique Cadícamo halló vuelo lírico para varias de sus mejores obras, y Lo de María, la Vasca, sitio en el cual, según muchos historiadores, Cayetano Rosendo Mendizábal estrenó en 1897 su obra fundacional de la Guardia Vieja, El entrerriano. Además, en el café Colón, frente a una plaza en la calle Artigas, el poeta Vedani pergeñó la letra de Adiós, muchachos y el Chino Guichandut compuso Misa de once y Melenita de oro. Más cercano en el tiempo, nada menos que Julio Cortázar, otro vecino de Flores, escribió en la confitería La Perla uno de sus mejores cuentos, Lugar llamado Kindberg.

    En San José de Flores y en Almagro reinaron famosos payadores como Gabino Ezeiza y hasta el mítico Juan Moreira, cuyo verdadero nombre era Juan Gregorio Blanco y que fue inmortalizado en una película de Leonardo Favio.

    Claro, el progreso trajo también tristes circunstancias: las casas natales de Hugo del Carril y de Alfonsina Storni, vecinos queridos y famosos, fueron demolidas.

    Acerca de los tangos derivados de tan peculiar barrio hay un detalle que vale la pena rescatar. Mientras que Almagro, estrenado por uno de sus autores, el napolitano Vicente Ronca en 1930, es considerado un entrañable homenaje —“Amante espiritual/ de tu querer sin fin,/ donde he nacido/ he de morir…/ Almagro, dulce hogar,/ te dejo el corazón/ como un recuerdo/ de mi pasión…”—, el historiador Héctor Benedetti califica la letra de San José de Flores como “una de las poesías más resentidas de la historia”:

    —“Más vale que nunca pensara el regreso,/ si al verte de nuevo me puse a llorar…/ Mis labios dijeron, temblando en un rezo:/ Mi barrio no es este, cambió de lugar…/ Prefiero a quedarme morir en la huella,/ si todo he perdido, barriada y hogar…/ Total, otra herida no me hace ni mella,/ será mi destino rodar y rodar…”.