N° 1986 - 13 al 19 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDe creerle a Diógenes Laercio, a quien por falta de otras fuentes acerca de la vida de los filósofos le prestamos apresuradamente nuestra fe, cierta noche se le apareció a Pitágoras el dios Hermes y le informó que Zeus lo había enviado con el propósito de hacerle el obsequio que mayor felicidad le diera al sabio; le dijo que podía elegir a sus aires entre los bienes del cielo y de la tierra y Zeus se lo habría de conceder. Dice Laercio que la respuesta del filósofo fue reclamarle a los dioses “memoria, memoria vivo y memoria muerto; memoria siempre”. No estuvo desacertado, por cuanto con ese bien, que no es precisamente el modesto instrumento con el que guardamos los números de teléfono o las tablas de multiplicar o los nombres de las calles, es el que nos permite estar en cualquier parte de nuestros afectos, de nuestras ensoñaciones y de nuestro pasado real o posible en cualquier momento, sin mediación y sin ruego. Por algo los dioses le asignaron la maternidad de las musas. Lo que amamos y lo que conocemos o lo que buscamos es lo que está en la memoria. Por eso es fuente de nuestros afectos y nuestras obras más queridas.
Borges denominó de varios modos a la memoria. Tal vez uno de sus poemas más enquistado en la noción castellana de la nostalgia sea Adrogué, donde recuerda la antigua y arbolada finca en la que pasaba los impiadosos veranos de Buenos Aires. En esa pieza se sirve de varios tropos para mencionar la memoria; la llama “borroso espejo”, por cuanto refleja de manera imprecisa; le asigna la función universal de ser “la cuarta dimensión” de la realidad, aquella parte que escapa a las magnitudes y leyes de la física del mundo material; dice también que es una “negra noche”, porque se permite discurrir en sus senderos, pero para ver hay que acercarse demasiado a los objetos evocados, fijar críticamente la vista y la atención en los objetos, pues se corre el riesgo de pasar de largo ante tanto tesoro silencioso; la asimila a una oquedad, a un vacío que poco a poco se anima con las figuras que el ayer se devoró y que esperan, como los muertos que conoce Ulises en el canto undécimo de la Odisea, de nuestros pasos para animarse y hablar y cobrar la vida que el tiempo les quitó; en fin, la encuadra con un oxímoron, al decir que es una “sombra visionaria”.
En la novela Orlando se la hace responsable de la creación: “La naturaleza, que nos ha jugado tantas malas pasadas, confeccionándonos tan híbridamente de arcilla y de diamantes, de arco iris y de granito, encajando todo en un molde, a veces de manera incoherente, pues el poeta tiene cara de carnicero, y el carnicero, de poeta; la naturaleza, que se complace en lo misterioso y lo turbio, de suerte que ni siquiera hoy (primero de noviembre de 1927) sabemos por qué subimos al primer piso o por qué bajamos, y nuestros movimientos más cotidianos son como el paisaje de un barco en un desconocido mar, y los vigías en el palo mayor interrogan, apuntando sus telescopios al horizonte: ¿Se ve o no se ve tierra?, y nosotros les respondemos con una afirmación si somos profetas y con una negación si somos verídicos; la naturaleza, cuyo mayor pecado no es la extensión tal vez incómoda de esta frase, ha complicado su tarea y ha perfeccionado nuestra confusión, suministrándonos un surtido completo de retazos —un fragmento del pantalón de un gendarme al lado de un jirón del velo nupcial de la reina Alejandra— y ha dispuesto además que un solo hilván los conserve juntos. La costurera es la memoria, y por cierto bien caprichosa. La memoria mete y saca su aguja, de arriba abajo, de acá para allá. Ignoramos lo que viene en seguida, lo que vendrá después. El acto más común —sentarse a la mesa, acercar el tintero— puede agitar mil fragmentos dispares, un rato iluminados, un rato en sombra, colgando y hamacándose y flameando, como la ropa interior de una familia de catorce personas en una soga un día de viento. En lugar de ser duras y honestas obras de una pieza de las que no se puede abochornar ningún hombre, nuestros actos más habituales están como aureolados de un temblor de alas, de una ascensión y de una caída de luces”.
Crear es relacionar. El proceso de relacionar lo llamamos genéricamente recuerdo. Que es un dibujo más, una frase, un encadenamiento de notas, una idea que se suelta y sale a imantar al resto para cobrar momentánea forma. Una estrella fugaz atrapada en su vuelo.