N° 2053 - 02 al 08 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna serie de incautaciones de cocaína pusieron sobre el tapete el debate sobre las drogas, un asunto que es permanente pero, como pasa con otros asuntos, reflota cuando hay un emergente.
Hay diversas opiniones sobre qué hacer con el tema narcotráfico y acerca de cómo lo ha enfrentado y está enfrentando Uruguay.
Pero sería conveniente, por la calidad del debate público, que antes de ingresar en el terreno de la opinión, transitemos por el de la información, los hechos, puros y duros.
Un poco desordenado porque quizás este doloroso asunto no tenga un comienzo así como seguramente no tenga fin, al menos a corto plazo; aquí vamos:
Para descubrir la pulsión de los humanos por consumir sustancias en busca de un estado alterno (entre otros objetivos) hay que remontarse cuatro mil años, cuando, según las investigaciones, hay indicios de consumo de adormidera (amapola) en Asia. En Uruguay se habla mucho de los traficantes, de la Aduana, de la Policía, y muy poco de los adictos. Uruguay es país de paso, sí, pero ojo, porque las encuestas que la ONU reconoce como válidas indican que estamos en octavo lugar del mundo en prevalencia de consumo de cocaína. Ni que hablar de los efectos que la pasta base está generando sobre todo en ciertos sectores sociales, no solo en consumidores, sino en el aumento de los índices de violencia generados por bandas lúmpenes que si bien están muy lejos de ser un cartel, copian sus métodos y por eso ya enraizó el sicariato, ya hay decapitados, ya hay personas desaparecidas. Nos preocupa mucho si somos o no un colador en las grandes partidas que van hacia los consumidores europeos. No estaría mal preocuparse un poco por nuestros consumidores y lo que su demanda de droga genera en la sociedad.
hoy el debate se centra en sustancias que el hombre declaró ilegales, ya veremos por qué, pero hubo otras cuya adicción llevó a la humanidad a los límites de la ignominia. Cuando Europa descubrió el azúcar, la avidez por su consumo llevó a que millones de hombres fueran esclavizados y murieran en condiciones de vida infrahumanas para saciar el vicio de ese elixir que, como no se le ocurrió a nadie ilegalizar, hoy no es un problema. Como tampoco se le ocurrió al hombre ilegalizar la sal, aunque posiblemente en países como Uruguay provoque más muertes indirectas que la cocaína.
la guerra a las drogas la declaró el presidente estadounidense Richard Nixon en 1971. Desde entonces se gastaron cifras imposibles, costó millones de vidas, afectó la institucionalidad de algunos países, llenó las prisiones de presos (un millón de los tres millones de presos que hay solo en EE.UU. tienen relación con las drogas), a pesar de lo cual hay más cantidad, tipo y calidad de drogas, más cultivos (estamos en el pico histórico de 2000 toneladas anuales de cocaína), más grupos criminales, más adictos. ¿Guerra? En un año, las drogas mataron a 65.000 personas en EE.UU., es decir, más americanos que en los 16 años de la guerra de Vietnam. EE.UU. es una referencia ineludible porque tiene la mayor cantidad de adictos, pero además tiene y destina más recursos y tecnología que cualquier otro país en el combate al narcotráfico.
¿Cuál es la verdadera razón por la que Nixon declaró esta guerra? John Ehrlichman fue jefe de Política Interna durante el mandato de Nixon y uno de los hombres claves del caso Watergate que terminó con la renuncia del presidente estadounidense. En una entrevista con la revista Harper’s, Ehrlichman se sinceró y dijo que la “guerra contra las drogas se lanzó para contener a dos enemigos: la izquierda antiguerra y la gente negra”. Ehrlichman explicó que Nixon ubicó a sus “enemigos” y divisó una manera de mantenerlos bajo control. “Sabíamos que no podríamos hacer ilegal protestar contra la guerra o ser negro, pero al hacer que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y al criminalizar a ambas cosas severamente, podríamos desbaratar comunidades”, afirmó. Con la excusa de las drogas, dijo Ehrlichman, “podíamos arrestar a sus líderes, catear sus hogares, terminar con sus juntas y vilipendiarlos noche tras noche en los noticiarios nocturnos. ¿Sabíamos que mentíamos sobre las drogas? Claro que sí”. Luego, la CIA se vio envuelta en escándalos de tráfico de drogas entre las comunidades negras para financiar a los contras que combatían a los sandinistas en Nicaragua. Hoy un afroamericano tiene tres veces más posibilidades de ser arrestado que un blanco en EE.UU. por consumo de drogas, pese a que los dos grupos usan sustancias en niveles similares, de acuerdo con cifras del propio gobierno.
EE.UU., la potencia militar más poderosa de la historia, insta a los demás países a guerrear contra el narco, pero dentro de sus fronteras procura encarar el tema como un asunto de salud pública, porque sabe bien que si no, llenará las calles de sus ciudades de sangre. Y a pesar de los recursos, teniendo el 5% de la población mundial posee el 80% de los consumidores de opiáceos. En un año hubo más muertes por sobredosis que accidentes de tránsito. Para enfrentar solo esta crisis, destinó US$ 500.000 millones, casi 10 veces el PBI anual de Uruguay. Solo para enfrentar a los opiáceos, no hablemos del resto de las drogas.
Atemorizado de ser responsabilizado por esta crisis (en parte lo es), el mundo de los laboratorios y profesionales de la medicina ha tomado recaudos con el uso de opiáceos que resultaron devastadores para las personas con dolor crónico. Aproximadamente el 80% de la población mundial no tiene acceso a medicamentos opiáceos y otros analgésicos. Casi 90% de la morfina utilizada como analgésico se aplica en EE.UU. y Europa. Las políticas represivas y la falta de capacitación de los médicos en el uso de estos medicamentos (la Facultad de Medicina de Uruguay no enseña a los médicos el uso específico de opioides) provoca ingente cantidad de dolor a millones de personas.
¿Por qué EE.UU. no encara una guerra en su territorio con los cárteles que llenan de droga sus ciudades? George Shultz, exsecretario de Estado, lo aclara: la lucha contra las drogas fracasó, arruinó millones de vidas y ubicó a EE.UU. como el país líder en población carcelaria. Pero no ha sido el único en reconocer lo evidente: en 2011 la Comisión Global de Políticas de Drogas anunció que “la guerra contra las drogas ha fracasado”.
Usen la calculadora y vean una de las razones por la que esta es una guerra perdida. Un kilo de cocaína en Colombia cuesta US$ 2.000; en Uruguay US$ 10.000; en España US$ 30.000; en Europa del Este US$ 50.000; en Australia US$ 80.000. Un narco envía 10 partidas de un kilo cada una hacia España que le costaron US$ 20.000. Supongamos que las fuerzas de seguridad, en una Operación Milagro, logran un nivel de efectividad imposible y requisan el 90% de ese envío, nueve kilos. Solo un paquete de un kilo llegó a destino: US$ 30.000. El narco ganó US$ 10.000. Obvio que esto es un esquema porque en el camino hay gastos de transporte, acopio, coimas. Pero aun así, es una ecuación aplastante.
Uruguay no se puede comparar con EE.UU. en recursos y tecnología, ni en la preocupación por el impacto que tiene sobre su población. Sin embargo, a la potencia del norte entraron en 2017 más de 1.100 toneladas de cocaína, más barata y pura que hace 10 años, estimó el gobierno en un informe oficial. Aduanas, la DEA, la CIA, la comunidad de Inteligencia más poderosa del mundo, la guardia costera más tecnificada del planeta, las policías federales mejor preparadas no llegan a requisar ni el 10% de la droga que entra por sus fronteras.
¿Es lógico que tanta droga transite por la región? En América está el primer productor de marihuana del mundo, EE.UU., que no exporta porque se la fuma toda. Publicó Clarín: “Pese a todos los esfuerzos que ha desarrollado la DEA y otras agencias del gobierno federal para erradicarla, en EE.UU. la producción de marihuana crece y ya rinde más que el cultivo de maíz y de trigo combinados. La marihuana deja en EE.UU. un total de US$ 35.800 millones, mientras que las de maíz y trigo juntas US$ 30.800 millones”.
El tercero en producción es Paraguay, pero posiblemente sea el principal exportador, ya que el segundo productor, Marruecos, transforma la mitad en hachís.
En América se produce el 100% de la cocaína del mundo: Colombia, Perú y Bolivia.
En América está el tercer productor de opioides del mundo, México, detrás de Afganistán y Birmania.
Todos estos rankings cambian permanentemente y el país que se perfila como potencial campeón del mundo es México: no solo se encamina a liderar en marihuana y opio sino que compite con los estados del medio oeste de EE.UU. en la producción de metanfetaminas. El opio ya no llega del lejano Afganistán; el mexicano es más barato y de mejor calidad, con lo cual no hay que inyectarlo para lograr altos efectos, y eso ha repercutido en que las clases medias y blancas de EE.UU. se hayan sumado a fumarlo o inhalarlo. Para potenciarlo, los mexicanos lo mezclan con fentanilo traído de China (un kilo, un millón de dólares) que es 50 veces más potente que la heroína y que mata a los adictos como moscas.
impulsados por ignorancia o mala intención, hay quienes dicen que las requisas de los últimos días (¿se explican en parte por lo señalado anteriormente?) ponen a Uruguay en un lugar de privilegio en el tránsito hacia Europa. Pero diversos medios han estado publicando los siguientes titulares: “Narcos eligen a Paraguay como ruta alternativa”; “República Dominicana, nueva ruta de la cocaína”; “¿Por qué los narcos eligen Argentina?”; “Narcos están eligiendo África Occidental”; “Una de las zonas más afectadas por el tráfico de drogas es Centroamérica”; “Brasil es uno de los países de tránsito más importantes de Sudamérica”; “Otro país de tránsito que vale la pena mencionar es Venezuela”; “La cocaína busca nuevas rutas de viaje por Europa del Este”; “Países como Fiji, Vanuatu, Papúa Nueva Guinea, Tonga o Nueva Caledonia sufren el uso de sus playas como tránsito”; “La cocaína llega a través de Amberes y Róterdam”; “Otros centros neurálgicos en la fiebre de la coca son Nigeria, Sudáfrica y Emiratos Árabes”; “Ecuador, la nueva ruta del narcotráfico”. O sea, no se la crean, no somos especiales. Lo que pasa es que a los cárteles la cocaína se les desborda por todos lados, ya no saben por donde sacarla y Uruguay está bastante “limpio” en su fama, no produce, no fabrica precursores, no tiene cárteles. Cuanto mejor fama, más te eligen los cárteles de la droga. Sin embargo, todo indica que, propio de la cocaína, todos estamos en el mismo lodo.
¿Será necesario sumar una opinión? ¿Será necesario responder a quienes señalan en estos días que Uruguay es un colador y que figuramos no sé en qué listas que no existen? ¿Será necesario aclarar que en vez de invertir en un avión para derribos, que quizás nunca se pueda usar, se debería utilizar ese dinero en educación, en prevención, en tratar a los adictos que son las víctimas olvidadas de esta guerra fallida? ¿Será que así como hoy nos avergonzamos de la esclavitud y de la Inquisición como dos fallos históricos alguna vez nos avergonzaremos de esta prohibición infame, de esta guerra absurda que ya es un error de lesa humanidad?