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    Un libro de libros

    Columnista de Búsqueda

    N° 1856 - 25 de Febrero al 02 de Marzo de 2016

    La confesión de parte al final del primer libro de cuentos de Borges (Historia Universal de la Infamia) debió informar a sus contemporáneos que estaban asistiendo a un fenómeno raro en esos días de 1935, cuando silenciosamente salió a luz. Allí el autor admite que las historias que ha contado, y con la que sus pocos lectores iniciales seguramente quedaron imantados, debían su invención a crónicas distintas, y no a la total imaginación del autor. Antiguos cuentos japoneses, algún artículo de la Enciclopedia Británica, Mark Twain, un escandalizado libro que trata sobre las terribles pandillas de Nueva York en el último tercio del siglo XIX y cierta renombrada y prontamente olvidada historia de Persia debida a la pluma de Sir Percy Sykes, son, entre otras, las bases de las que Borges admite haber tomado los personajes, la anécdota central y la totalidad del contexto de los cuentos con los que debutó en un género que demoró en sentir como propio, dado que antes prefirió ser poeta y ser crítico.

    Su apuesta, hay que admitirlo, no dejó de ser riesgosa. Es cierto que para alguien que había alcanzado atención por su agitación y propaganda en el dominio de las vanguardias, que había presentado un par de decentes libros de poesía en el que incluyó algunos de sus mejores poemas de amor (Ausencia, Una Despedida), y que casi a la edad de Dante del primer verso de la Comedia ya tenía buen nombre como crítico y animador cultural, incursionar en el cuento representaba quedar expuesto a un dominio en el que no parecía tener mayor disposición; su temperamento filosófico, su ánimo de provocador y polemista, su inclinación a la ironía y al sutil esgrima de las réplicas ingeniosas, su necesidad de sacar un partido reflexivo de las frases en desmedro de las dimensiones puramente sensibles, le había conferido cierto reposo del que no parecía que fuera a moverse. Un poema, como muchos de los que hizo en esa época y antes, lo resolvía con una idea de base y con un encadenamiento de correspondencias serviciales al impacto de una gran figura, capaz de encerrarlo todo; una nota crítica, o un estudio, como el estupendo trabajo sobre Evaristo Carriego, le permitían transitar cómodamente por sus destrezas, dotando a la exposición analítica de un ritmo, de unos recursos de figuras tomados de la poesía y de ese modo convertir a su prosa en lo que fue siempre: un delicioso juego de razonamientos completos e inesperados, un sesgo único en la mirada que descubría combinaciones donde parecía no haber más que líneas paralelas, un estilo de lenguaje cercano, llano, fundado principalmente en el fraseo y hasta en los giros del código oral, lo definió como un ensayista de nota. Quizá muchos creyeron que ese sería su destino y hasta él mismo, convencido, como toda su generación de innovadores y disconformes, de su misión redentora de las nuevas fronteras de la literatura, prefería escribir sobre literatura, postular, enseñar y controvertir, antes que exponerse en un campo donde sus lecturas lo llevaron a rendirse de viva admiración. Según sabemos por declaraciones muy posteriores, su padre lo prefería crítico y no tanto creador; le veía más argumentos como analista que dejándose ir.

    Por eso este su primer libro de cuentos, que escribe casi sin contarle a nadie, que lo hace en un tiempo y en una edad en la que todo se proclamaba como una transformación del mundo y de la vida, es una apuesta muy fuerte; de algún modo significa un coraje especial, salir a vérselas con una materia y un campo que le pedirá otras cosas, además de la que reconoce tener. Tal vez eso explique la prudencia de jugar el juego de la hipertextualidad, esto es, crear a partir de una creación, escribir a partir de otra escritura, hacer del propio texto un efecto de otro texto. Mientras el mundo del arte inventado por el Romanticismo se hundía proclamando la originalidad como condición absoluta de la creación, Borges llegó a la narrativa demostrando que toda fuente es legítima para el creador, no solamente los sueños, no solamente la imaginación, no solamente la realidad o lo que creemos que es la realidad, sino también la propia literatura.

    La lista de fuentes que pone al final de este libro es tan contundente como un manifiesto; viene a decir, con Virgilio, con Dante, con Cervantes, con Stendahl, que todo libro es la obra acabada de muchos libros posibles que están en un libro anterior. La creación no es un acto natural, es cultural.

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