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Era el 815. Lo llevaron por primera vez en febrero de 1973 y fue entonces que lo numeraron. Después de su periplo de más de diez años por otros centros de reclusión como “rehén”, volvió al Penal de Libertad en agosto de 1984 y estuvo en “La Isla”, el celdario sin ventanas ni luz natural, destinado a los castigados. El martes 11, desprovisto del número y como presidente de la República, casi tres décadas después de ser liberado en marzo de 1985, José Mujica volvió a ese lugar. En respuesta, fue saludado y vitoreado efusivamente por buena parte de los más de 1.300 presos alojados en la cárcel de máxima seguridad con que cuenta Uruguay.
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Cuando el automóvil que lo llevó al Penal se detuvo y Mujica se bajó, escuchó: “¡Pepe, Pepe!”, “¡Buena Pepe”, “¡Buena Mujica!”. Su reacción fue dar apenas unos pasos y saludar a los presos a distancia, con el pulgar de su mano derecha hacia arriba. Los gritos de aprobación prosiguieron y Mujica repitió el saludo. Varios de los que celebraban su presencia estaban alojados en el primer piso, el mismo que ocupó él luego de circular como preso tupamaro durante años por casi una decena de cuarteles del interior del país, varios de los cuales ya visitó desde que asumió como presidente el 1º de marzo del 2010.
No fue una visita de protocolo. Llegó con su esposa, la senadora Lucía Topolansky, también ex prisionera. Decidió ponerse lentes negros y casi no habló. Se lo ofrecieron pero no podía hacerlo. Ni en público ni ante la prensa. “La procesión va por dentro”, les dijo a los periodistas mientras abría la puerta delantera del acompañante del automóvil que lo traslada.
“La verdad fue algo fuerte. Estuvo cargado de paradojas y contradicciones. ¿Volver al Penal y como presidente? Y los que están ahí adentro, ¿saludándome? Y yo a la vez, soy el carcelero más grande del país”, reflexionó Mujica ayer miércoles, más sereno aunque aún conmovido, al ser consultado por Búsqueda.
Eso sí, el evento del martes 11 fue de esos actos que suman a consolidar en la historia reciente el relato épico de los tupamaros. Esa mañana se inauguró en el edificio conocido como “La Isla” —un centro que durante la dictadura funcionó como de aislamiento y tortura contiguo al celdario del Penal de Libertad— la policlínica de ASSE “Arturo Dubra”. Dirigente tupamaro, Dubra fue uno de los participantes en la toma de Pando en 1969 y en la construcción del túnel por el que en setiembre de 1971 se escaparon más de un centenar de guerrilleros de la cárcel de Punta Carretas. Fue también senador suplente, tanto de Mujica como del actual ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro.
En todo momento, los recuerdos y las emociones de varios de los protagonistas de aquella época que participaron en la inauguración del centro de ASSE, tuvieron como contrapartida gritos desde las celdas. Insultos de todo tipo al ministro del Interior, Eduardo Bonomi, acusaciones de “corrupción” y de que “se roban la carne”, y reclamos a la televisión de que filme las celdas, eran parte de la ceremonia.
El director del Instituto Nacional de Rehabilitación, el inspector Luis Mendoza, el director de Salud Mental, Horacio Porciúncula, la ministra de Salud, Susana Muñiz, los directores de ASSE, Beatriz Silva y Enrique Soto, y Bonomi fueron los oradores.
“En este espacio, lugar de castigos en el pasado, hoy, ese otro Uruguay lo ha transformado en una policlínica al servicio de las 1.300 personas que habitan este lugar. Pasamos de 70 a 300 metros cuadrados, con una mayor comodidad para la atención médica y odontológica“, señaló Soto.
Mendoza destacó “la importancia holística” de que los “propios internos” construyeran la policlínica en un lugar donde hubo “tratos crueles, inhumanos y degradantes”. Señaló que “La Isla”, tras la recuperación democrática y ya con presos comunes, “continuó siendo testigo de episodios contrarios a las buenas prácticas penitenciarias que hoy” se desarrollan.
Emocionado, Bonomi recordó cómo se hostigaba psicológicamente a los presos en el penal durante la dictadura, incitándolos al suicidio.
“Alguna vez nos preguntamos retóricamente en ese tiempo qué había que hacer con el Penal de Libertad cuando las cosas cambiaran y las dos opiniones mayoritarias fueron transformarlo en una escuela agrícola o directamente hacerlo desaparecer del mapa. Volarlo. Esta opción mucho más mayoritaria”, dijo.
Tras los discursos, Mujica, Bonomi, el senador Luis Rosadilla, el jefe de la Seguridad presidencial, Carlos Haller, los asesores del Ministerio de Defensa, Roberto Caballero y Víctor Braccini, y el escritor Marcelo Estefanell, recorrieron “La Isla”. Caminaron sobre sus propios recuerdos y evocaron sus semanas encerrados.
“‘La Isla’ sigue en la cabeza de la gente”, susurraba Rosadilla mientras caminaba por los pasillos del centro de salud y comentaba que “el olor a cárcel no se saca con nada”.
Al final se pararon a mirar la placa de bronce en honor a Dubra, que incluye una evocación hacia él de parte de Fernández Huidobro. “Arturo es viento, es aliento, es alma y vida. Viento de libertad, viento de vida, es vida, vida derrotando a la muerte”, reza la leyenda.
Tras retirarse del local, Mujica recibió decenas de pedidos para sacarse fotos. Se tomó varias con los 15 presos que participaron en las obras de construcción de la policlínica. Vestidos con chalecos refractarios naranjas, fueron saludando uno a uno a Mujica con un beso. “¡No se queden!”, les decía el presidente. Luego las fotos fueron con enfermeros y médicos de la policlínica. Hasta hubo tiempo para que autografiara un libro sobre la toma de Pando a un agente de segunda de la Policía, que oficiaba como custodia en el lugar.
En una carta que publicaron en junio del 2003 tras la muerte de Dubra por cáncer, los entonces senadores Mujica y Fernández Huidobro lo evocaron. “Uruguay, país pequeño, tiene muchos ‘récords’. Este que se fue hoy, es uno de ellos. Único caso conocido, en el que los mandos de todo un batallón de infantería, torturando, reconocieron: ‘nos derrotó’. Efectivamente, el capitán Tabaré Camacho, uno de los responsables de ese batallón, el Batallón Florida, cumplió. Corría el invierno de 1972. Dubra no fue quebrado en la tortura como él mismo les había anunciado que ocurriría y se tomó la grappa que le alcanzó Camacho, según contaron varios testigos de la época”.