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    Un tribunal indulgente

    Columnista de Búsqueda

    N° 1832 - 10 al 16 de Setiembre de 2015

    Leo en la página 803 de Memorias de ultratumba (Acantilado Ediciones, que distribuye Gussi) el balance de Chateaubriand acerca de los responsables directos del asesinato del Duque D’Enghien y sus reflexiones ante la muerte del emperador: “Los diversos actores de la tragedia se han hecho acusaciones mutuas; solo Bonaparte no echa la culpa a nadie; no agacha la cabeza y mantiene el tipo; exclama como el estoico: ‘¡Dolor, nunca confesaré que seas un mal!’. Pero lo que en su orgullo no confesará nunca a los vivos se ve obligado a confesarlo a los muertos. Este Prometeo, cuyo pecho devora el buitre, raptor del fuego del cielo, se creía superior a todo, y se ve obligado a responder al duque D’Enghien, a quien él convirtió en polvo antes de hora: el esqueleto, trofeo sobre el cual se abatió, lo interroga y lo domina por una necesidad del cielo”.

    El autor admite que nunca nadie pudo arrancarle a Bonaparte una confesión neta de su crimen; pero también observa que todos sus testimonios y palabras conducen a justificar la infamia. Chateaubriand recoge la versión del interlocutor de Napoleón en el exilio de Santa Elena, “un honesto Chambelán” que tuvo el privilegio de escuchar indistintamente al político y al hombre, al general victorioso y también al soldado humillado, silencioso y derrotado: “(a propósito de la muerte del duque) pude ver al hombre particular debatiéndose con el hombre público, y los sentimientos de su corazón en pugna con los de su orgullo y de la dignidad de su posición. En el ambiente relajado de la intimidad no se mostraba indiferente a la suerte que había corrido el desventurado príncipe; pero tan pronto como tenía que hablar en público, la cosa cambiaba mucho. Un día, tras haber hablado conmigo de la suerte y de la juventud del pobre desdichado, terminó diciendo: ‘Después he sabido, amigo, que era favorable; me han asegurado que no hablaba de mí sin cierta admiración; ¡y aquí tienes, sin embargo, la justicia distributiva del mundo’. Y estas últimas palabras fueron dichas con expresión, mostrándose todos los rasgos del rostro en armonía con ellas, que si a aquel a quien Napoleón ahora compadecía hubiera estado entonces en ese momento en sus manos, estoy segurísimo de que, cualesquiera que hubiesen sido sus intenciones, habría sido perdonado con entusiasmo… El emperador solía considerar este asunto desde dos puntos de vista distintos: el del derecho común o de la justicia establecida, y el del derecho natural o los extravíos de la violencia”.

    Para Chateaubriand este tipo de recursos argumentativos no es más que una suma de viles falacias para escamotear la verdadera culpa, un giro que encuentra la soberbia para sofocar la conciencia moral y dejar que todo fluya en favor de la banalización retórica sin tocar nunca el centro del asunto, a saber: ¿tenía motivos morales, de justicia, para mandar al príncipe a la muerte o lo hizo para facilitar la simbolización del nuevo tiempo que se había propuesto crear al buscar la coronación imperial? ¿Lo hizo ejecutar el político que conjura una intentona de golpe de Estado o el ambicioso canalla que no quiere otra luz que no sea la suya sin importar costos? Lo que el autor sostiene es que Bonaparte opta por el fácil expediente de excusarse a sí mismo con argucias, impidiendo otro juicio que el de la indulgencia y de una sarcástica, burlona resignación. “Al hacer la distinción entre el derecho común y la justicia establecida, y entre el derecho natural y los extravíos de la violencia, Napoleón parecería arreglárselas con un sofisma que, en el fondo, no arreglaba nada; no podía someter a su conciencia igual que había sometido al mundo. Una debilidad natural en las gentes superiores y en las humildes, cuando han cometido un error, es querer hacerlo pasar por obra del genio, por una vasta combinación de circunstancias que el vulgo es incapaz de comprender. El orgullo dice estas cosas, y la necedad las cree. Bonaparte consideraba sin duda como signo de un espíritu superior esta frase que soltaba en su compunción de gran hombre: ‘¡Aquí tienes, amigo, la justicia distributiva de este mundo’! Un enternecimiento realmente filosófico”.

    Lo cierto es que merced a estos malabares que bien observa Chauteaubriand, en la penosa noche de su exilio, Napoleón murió sin haber confesado el asesinato, sin haberlo negado, sin haberlo explicado; tratando de justificarse mediante balbuceos dictados como frente a un espejo para que las generaciones del porvenir creyeran que la gloria es capaz de perdonar ciertas distracciones de los grandes hombres. Y no es así; el autor lo demuestra de modo fehaciente: Bonaparte decidió cínica y fríamente asesinar al heredero de la Corona de Francia porque tuvo la plebeya pretensión de convertirse en la fuente inmortal de una nueva estirpe.