Nº 2126 - 10 al 16 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáYa he escrito sobre esta admirable mujer.
Pero siempre surgen, repasando datos, aspectos que merecen ser devueltos a la memoria.
Su historia —en la música popular que el tango, el vals y la milonga crearon— no es diferente a tantas otras: sus padres, inmigrantes italianos, se afincaron en Montevideo, donde ella nació en 1897, y poco antes de cumplir sus cuatro años se trasladaron a Buenos Aires; allí, a tan temprana edad, comenzó a tocar el piano de oído, aunque poco después estudió con los mejores maestros.
Rosa Clotilde Melo, Rosita para todos, compuso su primera obra, el vals instrumental Desde el alma, a los 14 años. Lejos estaba entonces de saber que sería no solo su único e inmortal éxito en medio de una producción muy prolífica, sino que le reservaría peripecias poco comunes.
Como ha escrito Oscar del Priore tras una minuciosa investigación: “Casi la totalidad de sus creaciones es ignorada por la mayoría”. Y no son pocas: los tangos Oración, Tatita, Mi humilde corazón, La marcha del heroísmo, el estilo Balada para un soñador, la polca Compartamos la alegría y los valses Yo te adoro, Qué solo estoy, Una lágrima para papá, Por el camino de la vida, Cuando de ti ya lejos, Ofrecí mi vida y Aquellos catorce años, cuya repercusión fue mínima o simplemente no la hubo.
Esto hizo que Rosita Melo pasara muchos años en el olvido, mientras su recuerdo solo brotaba cuando se oían los compases de Desde el alma, en las distintas versiones que de él hicieron gran cantidad de intérpretes a lo largo del tiempo y hasta el presente.
Pero su emblemático vals también le traería sorpresas.
Primero, Desde el alma fue calificado como “vals Boston”, denominación que definía un estilo marcado para bailar, que obtuvo popularidad en el Río de la Plata a inicios de 1900. De acuerdo a la opinión de Sebastián Piana, “consiste en que el ejecutante no sostiene el ritmo con la mano izquierda, sino con la derecha, siguiendo el paso de la melodía, destinando aquella solo a la marcación del primer tiempo del compás, o sea, el bajo”.
Luego, ya casada Rosita con el poeta Víctor Piuma Vélez, un hombre mayor, este incorporó al vals la primera letra conocida, que ubicó en el centro anecdótico del tema a la figura de la madre:
—Yo también desde el alma / te entregué mi cariño, / humilde y pobre, / pero bueno y santo, / como el de una madre, / como se ama a Dios…
Piuma Vélez, además, publicó un poema homónimo que se convirtió en una elegía doliente, aunque con pinceladas de romanticismo:
—Valsecito Desde el alma / que en noches de serenata / le robabas un suspiro / a la novia enamorada. / Cuando un rayito de luna / entraba por la ventana / y lloraban los violines, / bandoneones y guitarras / bajo el cielo azul oscuro / cubierto de estrellas blancas…
Y finalmente, tres décadas más tarde del estreno del vals de la jovencita uruguaya, apareció Homero Manzi, ya letrista consagrado, poeta y guionista de películas. Necesitaba un motivo musical apropiado para el filme de 1948 Pobre mi madre querida y, aunque conocía y admiraba la melodía de Desde el alma, y pese a semejante título cinematográfico, quería versos de otro contenido. Por eso pidió permiso a Rosita y a Piuma Vélez —quienes no solo lo concedieron, sino que incorporaron a Manzi en los derechos de autor posteriores— para adaptar su propia letra que sería, con los años, la única cantada por todos y la que dio al vals un valor adicional:
—Alma, si tanto te han herido, / ¿por qué te niegas al olvido? / ¿Por qué prefieres / llorar lo que has perdido, / buscar lo que has querido, / llamar lo que murió? (…) Alma, no entornes tu ventana / al sol feliz de la mañana. / No desesperes / que el sueño más querido / es el que más nos hiere, / es el que duele más…
Y hay otra curiosidad en la historia de Desde el alma.
A Pugliese no le gustaba el vals; pero una mañana, en su casa, ensayando con su primer bandoneonista de entonces, Arturo Penón, este le trajo un arreglo especial de la obra. Le entusiasmó tanto al autor de La yumba que en un par de horas armaron el tema y su orquesta lo grabó poco después.
Es aquella memorable versión que tocó en el Colón, en 1985.
Rosita Melo, pese a la decepción por el fracaso de todas sus obras posteriores, se convirtió en profesora y concertista. A su muerte, en 1981, una de sus hijas, Hebe Lía, le dedicó un vals.
¿El título? Obvio, lector: A Rosita Melo.