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    Un viaje a ritmo de cumbia

    Tomo un ómnibus. Pese a su lentitud, desaliño y tardanza (¡y Petinatti!), no dejo de tenerles cariño a los carromatos urbanos.

    Son un microcosmos, un espacio donde los uruguayos se observan. Lo prefiero a un taxi con chofer de alta agresividad.

    Sin embargo, como espejo, como mímesis popular incomparable, también nos enfrentamos en un ómnibus con lo peor de los neouruguayos. No me refiero ya al público objetivo del deleznable comercial de hace algún tiempo que decía “¡Vos, nuevo uruguayo…!” (luego de la interpelación describía una sarta de objetos de consumo, entre los cuales estaba el producto que se anhelaba vender. ¡Esos van en cero kilómetro!).

    Me refiero a otros. Los que a los 16 años prefieren trabajar a estudiar para comprarse celulares y championes, a los que insultan a los profesores, a los que pegan a sus madres y a los que escuchan cumbias con letras que incitan al delito.

    En el bus me topo con una guarda muy jovencita. Pienso que debe ser menor pero supongo que tendrá permiso de trabajo. Normalmente las mujeres guardas son extremadamente amables y discretas, pero esta chica, vestida de un fucsia furioso, está hablando por celular mientras toca los botones de la máquina dispensadora de boletos con desgano. Suena en el ómnibus, de punta a punta, una cumbia a todo volumen.

    Me siento en el medio. Suben varias personas en una parada y, de pronto, escucho a la guarda exclamar, de muy mala manera: “¡A ver cuándo termina de subir!”. En el borbollón no distingo al pasajero defenestrado.

    Por si acaso, para no recibir un rezongo de la neouruguaya, cuando voy a bajar me dirijo a la puerta del fondo y toco el timbre con anticipación. He aquí que, mientras suben los pasajeros adelante, la puerta de atrás no se abre. Insisto: el timbre ya está activado, deberían ver su lucecita. La chica continúa hablando por teléfono y con la cumbia a todo volumen, de espaldas a la puerta del fondo y no da la orden de abrir la puerta. Entonces exclamo, como se estila en este país: “¡Puerta!”. No me hace caso. Ni ella ni el conductor. Entonces reitero: “¡Pueeeeerta!”. El ómnibus está a punto de arrancar. Si no me para tendré que caminar cuatro cuadras. Y me indigno: “Señorita, ¿podría abrir la puerta, por favor?”.

    Me mira con alto desprecio y dice: “La puerta ya está abierta… señora”.

    Pero la puerta no se abre. Sigue cerrada. Y ella sonríe sardónicamente. Por fin sí se abre, como si la guarda poseyera la lámpara de Aladino y entonces la neouruguaya dice: “¿No ve que la puerta está abierta?”.

    No tengo pelos en la lengua. Exclamo: “¿Por qué no vas al liceo en lugar de trabajar? Sería muy bueno”.

    Me bajo, creo escuchar improperios tras de mí. Baja otra pasajera, que cojea. “¡Qué guarda grosera! ¡Hay que denunciarla!”, dice. Ella fue la instada a subir rápido al bus.

    Las denuncias en este país caen en saco roto. Las normas se violentan, los límites se hacen añicos.

    El Neouruguay no pasa hambre. Pero su miseria moral se alimenta con muy bajas calorías.