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    Un vuelo demasiado corto

    N° 2023 - 06 al 12 de Junio de 2019

    Hay un proverbio chino que dice que “una imagen vale por mil palabras”. Y, en tal sentido, ninguna más expresiva que esa toma final de la televisión, varios minutos después de que concluyera el partido que nos dejó afuera del Mundial juvenil. El chico danubiano Tomás Chacón se ha quedado solo en el banco de suplentes de Uruguay, con la cabeza gacha y estrujando entre sus manos una casaca celeste, en tanto caen visiblemente sobre ella algunas gotas de llanto. Lágrimas por el dolor que causa ver que el sueño celeste se ha visto truncado apenas comenzada la ronda de cruces eliminatorios del torneo, cuando eran muchas —y fundadas— las razones para esperar un futuro más gratificante. Pero el fútbol es así. Y contra la expectativa generalizada de nuestra afición, nos quedamos afuera del Mundial.

    Repasemos lo ocurrido. Ya en el tramo final de la ronda clasificatoria, cuando el pasaje a la siguiente instancia era casi un hecho consumado, se especulaba sobre la posibilidad de elegir aquella proyección de futuro que nos fuera más favorable. Sea por la supuesta valía de los eventuales oponentes, o bien por la sede que nos podía tocar en suerte. Se especulaba incluso si convenía ganar o no el último partido de la serie ante Nueva Zelanda. Finalmente se jugó y se ganó. Y ello implicó que hubiera que retornar a Lublin (donde ya se había jugado el encuentro contra Honduras) y que finalmente el adversario fuera Ecuador, clasificado por ser uno de los mejores terceros de la ronda inicial.

    En lo previo, entre aquellos rivales que pudieron tocarnos, parecía que un choque ante un equipo sudamericano, al que ya conocíamos, no resultaba ser una mala alternativa. Además, si bien Ecuador venía de quedarse con el título en el reciente Sudamericano de la categoría, Uruguay le había ganado los dos partidos en que se enfrentaron. Y había una circunstancia adicional, que podía inclinar la balanza en nuestro favor. En tanto la plantilla ecuatoriana casi no había cambiado, como lógica consecuencia de aquella coronación, la nuestra sí lo había hecho, incorporando a un par de juveniles que se habían destacado ampliamente en el medio local, e incluso algún otro que no pudo ser convocado en aquella oportunidad. Lo que hacía suponer, lógicamente, que el potencial de nuestro equipo se había incrementado sensiblemente. Por lo demás —ya en el desarrollo del Mundial— el desempeño de uno y otro había sido muy diferente. Mientras Uruguay había logrado clasificar como primero e invicto en su serie, Ecuador había salido tercero en la suya, y su ingreso al selecto lote de los mejores fue casi ”de colado”.

    No obstante esa halagüeña perspectiva, el pasado lunes al mediodía, en una instancia definitoria en la que solo uno de los dos podía seguir adelante, el duro peso de la realidad nos bajó a tierra inesperadamente. El comienzo del partido había sido, sin embargo, muy auspicioso. Casi de movida Brian Rodríguez tuvo la primera chance de gol. Encontró muy adelantada a la defensa rival, elevó la pelota por sobre el cuerpo del golero, que salió despavorido muy lejos de su área, y enfiló hacia el arco desguarnecido apareado por un zaguero rival, que casi sobre la raya del gol, en supremo esfuerzo, logró evitar la apertura del tanteador. Igual el gol llegó apenas después, en una jugada confusa en el área rival, en la que el zaguero Araújo tomó un rebote en un poste, mandando la pelota al fondo de la red. Pareció que la balanza se inclinaba a favor de nuestro equipo, que tenía la iniciativa y creaba peligro por la banda derecha del ataque, en la que el promisorio juvenil aurinegro resultaba desequilibrante.

    Sin embargo, esa ofensiva celeste fue declinando con el paso de los minutos. Ecuador fue saliendo de su encierro y lentamente comenzó a adueñarse de las acciones. A nuestro equipo le costó afirmarse en la mitad del terreno y lentamente su rival se fue arrimando al área celeste. Sobre la media hora un ingenuo penal de Busquets (en una jugada sin mayor riesgo para nuestro arco) le permitió a Alvarado igualar el tanteador desde los once pasos.

    En la reanudación, el elenco celeste intentó recuperar la iniciativa, pero le faltó mayor precisión en el manejo de la pelota. Ginella no repitió alguna excelente labor anterior, y Santiago Rodríguez estuvo otra vez muy lejos del nivel esperado. Fue así que nuestros atacantes quedaron huérfanos del apoyo necesario para inquietar al rival, y de a poco Ecuador pasó a comandar las acciones, buscando desnivelar por el vulnerable sector derecho de nuestra defensa, aunque sin generar demasiado peligro. Así las cosas, una pelota mal despejada de nuestra área fue tomada de volea por un volante ecuatoriano, venciendo netamente al golero Israel.

    Abajo en el tanteador esperamos una briosa arremetida de nuestro equipo, en busca del empate, pero no existió una respuesta adecuada, tanto en lo físico como en lo futbolístico, y los minutos fueron transcurriendo sin que se lograra generar alguna chance clara de gol. El técnico Ferreira demoró los cambios que el equipo reclamaba (además, Schiappacasse pareció estar lejos de su mejor condición física) y el esperado repunte en el juego no se produjo, sin que se vislumbrara siquiera la posibilidad de nivelar el tanteador. Por el contrario, cerca del final del cotejo, un veloz contragolpe ecuatoriano tomó desprotegida a la última zona celeste, y un nuevo penal —hecho esta vez como último recurso— le dio a Ecuador la oportunidad de liquidar el pleito a su favor.

    Duele quedar afuera tan pronto, sin posibilidad de ver madurar la expectativa generada por la buena actuación cumplida en la serie clasificatoria. Más aún, cuando nos vimos superados por un rival al que creíamos conocer muy bien, pero que sin embargo nos sorprendió, superándonos en casi todos los rubros. Y más cuesta aceptar este duro contraste, cuando el comienzo de este partido definitorio se había presentado de un modo tan favorable a nuestros intereses. Lamentablemente, dejamos crecer a Ecuador y carecimos de una respuesta adecuada cuando este pasó a dominar el juego.

    Como es lógico, este abrupto e impensado final nos hará cambiar el punto de mira de esta columna. Con el torneo local ya finalizado, y sin competencia internacional a la vista para nuestros equipos, la atención habrá de centrarse ahora en la próxima Copa América de Brasil, en la que nuestra Selección procurará reeditar la excelente campaña de la edición del 2011. Con la ilusión renovada y la firme esperanza de que, finalmente, se pueda lograr la deseada mixtura entre la base tradicional de estos últimos años y la savia nueva, incorporada después del Mundial de Rusia. Lo que resultará indispensable para que la gloriosa celeste pueda volver a la cúspide del fútbol continental.

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