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    jueves 13 de junio de 2024

    Una carta a los reyes

    Nº 2238 - 17 al 23 de Agosto de 2023

    El amigo Gonzalo Cammarota, conocido comunicador de nuestro medio, tuvo a bien comentar algunos aspectos de mi columna de la semana pasada en su cuenta de X, ex-Twitter. Como su comentario fue interesante y creo sirve para abrir puertas de debate, me gustaría comentar a mi vez sus aportes sobre el tema. Eso implica, por supuesto, intentar definir cuál es el tema y hacer un resumen breve de lo planteado por Gonzalo en su hilo de Twitter.

    En su texto Gonzalo dice esencialmente que 1) el tema de la matrícula ha sido discutido de manera suficiente por la Universidad de la República (Udelar) y, por una cuestión filosófica, fue dejado de lado; 2) el conocimiento que se genere allí no puede ser un producto; 3) la Udelar debe ser de “puertas abiertas para que la mayor cantidad de personas pueda transitar por sus aulas”; 4) el egreso de gente que es el primer universitario de su familia debe ser entendido como un avance de los más pobres; 5) que “sería mucho más razonable dar más becas a estudiantes de familias de bajos recursos”; 6) que la universidad no es un gasto sino una inversión; 7) que no cree que sean los pobres quienes financian las carreras de la clase media y que, de última, eso no importa porque igual le pagamos el sueldo a Sartori, y 8) una declaración de principios: “Si queremos un país más justo, no es cobrando matrícula en la universidad que lo vamos a conseguir, es dándoles la oportunidad a los jóvenes que se formen y puedan aspirar a trabajos decentes y no que sean explotados en trabajos donde les pagan dos mangos, porque es ahí donde los que menos tienen terminan financiando a los que tienen más”.

    Lo primero que sorprende es el recorte que hace Gonzalo de lo que escribí en mi columna. Esto es, sacar el planteo de la matrícula de su contexto. En la columna planteaba la necesidad de un ecosistema, en donde además de las transferencias estatales, las universidades cuenten con recursos propios. Un ecosistema que use el cobro de la matrícula a aquellos que sí pueden pagarla como forma de financiar al acceso de quienes no pueden pagarla. Eso es justamente lo que hacen los impuestos. Con la ventaja de darle a la Udelar mayor autonomía respecto al sistema político. Eliminar todo ese contexto es como si yo dijera: “Para ser un excelente luchador de sumo hay que entrenar todos los días ocho horas y comerse una docena de huevos fritos”. Y alguien comentara: “Santullo dice que para ser un atleta de elite alcanza con comerse una docena de huevos fritos todos los días”.

    Es irónico que Gonzalo me diga que en vez de matrícula lo mejor son becas. ¡Hombre, si lo que estoy proponiendo es una matrícula que sirva para generar ingresos propios y con eso pagar las becas de quienes no tienen recursos! Las nuevas becas que propone Gonzalo ¿quién las pagaría, con qué recursos? ¿No vale la pena detenerse un segundo a pensar en que ese sistema, que se usa en decenas de países que no son menos justos ni inclusivos que el nuestro, puede ser una fuente de ingresos para esas necesarias becas? Yo creo que sí. Pero no porque “crea”, sino porque los datos no parecen corroborar la percepción de Gonzalo de que estamos en el camino correcto.

    Los datos dicen que, por ejemplo, en España (caso que usé y que uso por conocerlo de cerca) el ingreso de esos sectores populares a la universidad viene aumentando sin cesar desde hace décadas, alcanzando casi el 30% del total de estudiantes. Por supuesto, los pobres siguen estando subrepresentados. Pero al parecer la acción combinada de examen de ingreso con nota de corte, más matrícula, más un sólido sistema de becas propias (bancadas con las matrículas), más becas estatales (como las que ya tenemos), más el cobro por crédito obtenido, ha sido una de las claves de la creciente inclusión de quienes eran tradicionalmente excluidos. En Uruguay, en cambio, esa gente es expulsada masivamente del sistema en Secundaria.

    Entiendo que sea cual sea la filosofía que guía a una institución pública, esta debería ser medible para saber si está bien orientada o no. De lo contrario, deja de ser una filosofía y se convierte en un dogma. Y ese dogma es el que defiende, con la mejor de las intenciones, Gonzalo. Por supuesto, el sistema español no ha limitado el ingreso a nadie (así de amplias son sus becas) ni ha convertido en un producto el conocimiento que se genera en el sistema público (así de autónomas son sus universidades).

    Otro error: asumir como proxy del ingreso de pobres a la Udelar el número de egresados de primera generación. Muchos de esos primerizos pueden ser de clase media y alta, familias que hasta esta generación no entendieron que fuera valioso un título universitario. En la actual sociedad del conocimiento es perfectamente posible que así sea. Más aun, sabiendo que solo dos de cada 10 pobres terminan el liceo, es muy probable que quienes terminan el ciclo universitario no sean los que más dificultades encuentran para ingresar y cursar. Por cierto, ¿no será buena idea calcular el “costo muerto” que implica para la Udelar tener que cubrir los costos de unos ingresos masivos que al cabo de un año se diluyen en gente que no va a seguir la carrera? Es verdad que eso ocurre incluso cuando hay examen de ingreso, pero no a los niveles que ocurre en nuestra Udelar, en donde, según la Encuesta Constante de Hogares, solo egresa un tercio de quienes ingresan.

    Por otro lado, una universidad pública no puede limitarse a ser ese lugar donde “la mayor cantidad de personas pueda transitar por sus aulas”. El sentido de formarse en la universidad es el egreso, con todo el conocimiento adquirido. El tránsito es el medio, no el fin. En 2018 el entonces rector Roberto Markarian declaró: “Somos de los países con menos población en educación terciaria”. Y es que, según un informe del Ministerio de Educación y Cultura de ese año, Uruguay, con el 13,1% de población mayor de 25 años en el nivel postsecundario, está por debajo de todos los países desarrollados considerados en la medición y también de países con niveles de desarrollo similares en la región como Colombia, Costa Rica y Chile. Uruguay es además el que menos ha crecido en el ingreso al nivel terciario.

    Con esos datos en la mano creo que no es posible decir, como dice Gonzalo, que estamos en un proceso de mejora y que eso debería bastar para limitarnos a reclamar más recursos al Estado. Algo que, si bien debe hacerse, es claro que desde 1985 a la fecha no viene siendo suficiente, sin que importe quien esté en el gobierno. Explorar nuevas formas de financiación que no excluyan a nadie y que colaboren con el ingreso de los hoy excluidos no debería ser un problema sino una obligación.

    Lo que me lleva a la declaración de principios con que Gonzalo cierra su hilo. Su declaración está muy bien, pero tal como ocurre con la empatía, esta no siempre es útil para solucionar los problemas reales. Para que tengan alguna utilidad en el mundo real es necesario apoyarlas en los datos y la información que disponemos. Sabiendo, sí, que la buena voluntad per se no basta. Por eso, si no queremos que nuestros deseos terminen siendo una carta a los reyes magos, es necesario ir más allá, mirar la evidencia y ser imaginativos en nuestras propuestas.