Nº 2199 - 10 al 16 de Noviembre de 2022
Nº 2199 - 10 al 16 de Noviembre de 2022
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos reality shows se inventaron para lucrar con la humillación del ser humano. “You’re fired” (estás despedido) era la frase temida por los participantes de El Aprendiz, el programa con el que Donald Trump se convirtió en celebridad en todo Estados Unidos, y que tal vez lo haya ayudado a catapultarse a la presidencia años después. Se seleccionaba a uno entre una quincena de empresarios participantes con la promesa de que trabajaría en sus compañías y por un salario muy alto. Pero, cuidado, antes de llegar a la meta tenía que recorrer un largo camino, someterse al desprecio, la burla, las ofensas, soportar un bochorno detrás de otro de su conductor, Donald, porque Trump ya había empezado a ser Trump.
Aquel programa pionero, como todos los que vendrían en adelante, exponía las debilidades humanas: la arrogancia del poder, el desprecio por los otros, el ansia de dinero a cualquier precio, un lindo muestrario de lo que pueden hacer quienes están dispuestos a pisar cabezas para triunfar en la vida. Corría la primera década de los 2000 y el magnate no sabía que algunos años más tarde sería él mismo el despedido. Pero esa es otra historia.
Esos tempranos 2000 trajeron a nuestras orillas el primer Gran Hermano, producción argentina con la conducción de Soledad Silveyra. Hoy ya sabemos cómo funciona la telerrealidad, pero en aquel entonces fue un impacto: lenguaje soez, situaciones de degradación, abuso de poder, cosificación de la mujer y un machismo que la producción fue moderando con el paso de los tiempos y de las nuevas conveniencias.
Los realities de segunda y tercera generación se fueron diversificando: las aventuras exóticas de Survivor, los juicios en vivo y en directo, como El show de Cristina, más y más ciclos de Gran Hermano, y aquel era solo el principio del lucrativo negocio de la degradación televisada. Después llegaron los formatos de cocina, de música y de baile, adelgazamiento, cirugías estéticas, formatos de citas y de sexo en directo. También aparecieron los jurados encargados de calificar a los participantes, especies de tribunales colegiados donde cada miembro cumple a rajatabla con el mandato impuesto de decir atrocidades, provocar angustia, llanto y el desconsuelo con opiniones y sentencias de dudosa justicia.
¿Les parece mucho? Fue apenas un modesto comienzo, los nuevos productos se especializan en traspasar todas esas fronteras. Fani y Christofer, una pareja participante de la española La isla de las tentaciones, descubrieron que la traición sentimental vende muy bien, y hoy se dedican a ponerse los cuernos mutuamente, a facturar vendiendo a los medios sus primicias. No se trata solo de usar el reality para la trasmisión en vivo de las infidelidades. Una vez terminado el ciclo se les abre un futuro promisorio para monetizar sus bien planificados engaños. Así la pareja va y vuelve, se pelea y se perdona, se engaña con este y con aquel, y se reconcilia a un ritmo vertiginoso frente a las cámaras, que siempre están ahí para capturar los mejores momentos. Por cierto, nada de complicarse la vida con eso que llaman honestidad ni con aquello de los dilemas éticos, la única regla es que cada cual hace de su culo un florero.
No han faltado casos de salvajismo extremo, de la que hoy se llama Humiliation TV. Fue el caso de Culture Shock, un piloto de la CBS, que no llegó a emitirse porque la sangre llegó al río, o, mejor dicho, las demandas a los tribunales. Se grabó en una reserva india cerca de la frontera con México, y la gracia consistía en que las participantes se sometieran a los arneses del dolor, cuatro cuerdas con las que las ataban de pies y manos, con las que las suspendían en el aire y boca abajo, en una reconstrucción de un presunto rito de iniciación indígena. Quien más aguantaba, más dinero ganaba, y competían por un nada desdeñable pozo de 100.000 dólares.
Una de las participantes, Jill Mouser, de 29 años, tuvo que ser descolgada después de 40 minutos de padecimientos, recibir inyecciones de morfina y tratamiento hospitalario por lesiones en la espalda, que parece que terminaron siendo permanentes. Esto se hizo sin otra razón que la de avergonzar a la gente, humillarla o asustarla, dijo el abogado de Mouser. Y continuó: A los productores no les importan los sentimientos humanos. No les importa ser decentes. Solo les importa el dinero. ¿En serio? Qué ideas, las tuyas.
¿Por qué razón ellos -cantantes, cocineros, bailarines, inversionistas, celebridades, seres variopintos- se dejan maltratar de esa forma, tan dóciles, tan pasivos? Está claro que de un lado de la balanza se ponen el bochorno, la incomodidad y el sufrimiento, y del otro el beneficio. Porque, también hay que decirlo, superada la ingenuidad de los que inauguraron el género hace más de 20 años, los participantes ya no entran al juego engañados, sino que entran a hacerse de popularidad y de ganancias, oportunidad que no tendrían de otra manera. Sí, también es cierto que a cambio deben soportar vejaciones canallas, tener conductas indignas, perpetrar crímenes contra la ética, practicar y soportar la crueldad. En fin, nada que unas tapas de revista y algunos miles en la cuenta no ayuden a soportar.
A los empresarios de la televisión les encantan los realities por la razón más obvia: son baratos. Guiones estereotipados y participantes low cost. Así, este macabro juego de poder termina dirigido únicamente a facturar minutos al aire. Y al espectador, ¿qué se le ofrece? La vida de los otros. Habrá quienes la vean desde arriba, desde una superioridad moral o intelectual, otros desde el mismo nivel, identificándose con lo que ven en la pantalla, y habrá quienes la vean desde abajo, con envidia o ilusión o deseo.
Todas las connotaciones negativas del formato son vox populi, han sido habladas y debatidas hasta el cansancio, y sin embargo el público insiste en ver, aplaudir y legitimar su emisión. Ante tal éxito uno se pregunta con terror de qué manera actúa la telerrealidad como escuela, cómo influye en la educación política, sentimental y social de las masas, especialmente de los más jóvenes. ¿Reflexiones? Ninguna, nada que no se haya dicho. En algún momento habrá que sacudirse la modorra que nos paraliza frente a esa basura, pensar la ética y la estética de la televisión, dejar de ver al receptor como un cliente destinado a engrosar la audiencia y considerarlo un ser racional que necesita ser informado, formado, entretenido. Y será el momento de terminar con esta cloaca sin fondo de la telerrealidad.