N° 1893 - 17 al 23 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo es preciso extremar las interpretaciones para reconocer que estamos frente a un antagonismo de carácter irreconciliable: no es igual favorecer la libertad, reclamarla y propiciarla, que conspirar contra ella e impedir que se ejerza. En la academia o en el laboratorio las distintas teorías posiblemente tengan puntos de contacto sobre los que se puedan edificar híbridos aceptables para el pensamiento, o tal vez, estudiadas de muy cerca y desde ciertos específicos ángulos se puedan advertir sesgos pasibles de confluencias que induzcan a valoraciones diversas y quizá muy originales acerca de determinadas premisas. Todo esto es merecedor de respeto, pero en nada se vincula con la existencia de las personas, en nada se relaciona con el teatro de operaciones que es el mundo en el que se trabaja, se ama, se sueña, se comercia, se opina, se nace y se muere. Vivir la libertad no es igual a quererla o hablar de ella o estudiar libros en los que se la menciona. De ahí que aquellas políticas y políticos, que aquellas teorías, sistemas o personas que ponen ingenio, determinación y aplican astucia o fuerza para impedir que la libertad sea algo más que una voz que se pierde en el aire, mal pueden ser consideradas amistosas y tratadas como tales.
Reconozco en las normas de cortesía un rasgo de civilización que mucho hace por la pacífica convivencia de las personas. Pero me parece inicuo confundir esa necesidad de respeto con la inhibición de llamar a las cosas por su nombre. El temor a equivocarnos en la severidad de un juicio o el reparo ante el riesgo de herir alguna sensibilidad o, peor que todo eso, la culpa de incurrir en lo políticamente inadecuado nos ha ido arrinconando en un laberinto de expresiones cada vez más alejadas de lo que observamos en la realidad. El lenguaje ha sustituido nuestra apropiación del mundo; vivimos como hechizados por un repertorio de palabras que en lugar de comunicar, desdibujan nuestra apreciación de los fenómenos y acabamos por llamar de una manera las cosas que deberían llamarse de otra. El infame fatigar de lo políticamente correcto apagó las luces para que no se vean las diferencias, para que todo resulte más leve, para que los ciudadanos no midan la gravedad de los atropellos a los que están expuestos en un espacio público cada vez más funcional a la discrecionalidad de los gobiernos.
La hábil manipulación retórica de grupos organizados ha conseguido instalar en nuestros colectivos violencias y fraudes semánticos de muy diversa índole; utiliza de modo indistinto palabras con significados diferentes y consigue que ciertas realidades que son graves, parezcan dulces o inocuas. Esto no es inocente; no ocurre por casualidad, sino que es resultante de la política de la distracción y del disimulo. Un acto de apariencia intrascendente, algo que semeja un simple lapsus, como llamar una cosa por otra, resulta que a menudo es causa, es estímulo o es ambiente propicio para el travestismo de las intenciones: lo que es malo, lo que es peligroso e indeseable aparece beneficiado por la luz de la tolerancia, de la bondad, de la piadosa indiferencia, del buen sonido. Y eso es lo grave.
El liberalismo en su condición de reverso de los totalitarismos —del signo que sean— está en las antípodas de las ideologías intervencionistas, y rechaza sin reservas el autoritarismo estatal y resiste y se opone como corresponde a todos aquellos profetas de la usurpación que pretenden ser árbitros y reguladores de la vida libre, de los que buscan —y en la mayoría de los casos en estos tiempos oscuros, logran— ahogar las libertades individuales y las seguridades indispensables para ejercerlas. Y mal puede condescender a la corrección política del lenguaje e investir al lobo de las cualidades de la oveja, llamándolo con palabras que velan su verdadera naturaleza. No hay que ruborizarse, entonces, por proclamar la apasionada enemistad que suscitan esas inveteradas expresiones de desdén hacia la persona y los bienes que le son propios. A los enemigos de la libertad no se los puede llamar sino enemigos y como tal se ha de asumirlos; sin ira, con respeto, pero también con firmeza y sin culpa.
Así que a no desesperar en vanos titubeos con el lenguaje; las fintas no son para nosotros, no nos calzan; pues es un axioma que no admite dudas que ni en este gravitante caso ni en ninguno de los asuntos que incumben al hombre libre, la verdad jamás puede ser fuente de mayor daño que la mentira.