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    Columnista de Búsqueda

    Nº 2139 - 9 al 15 de Setiembre de 2021

    La historia atestigua que Tycho Brahe, uno de los portentos de la astronomía del Renacimiento, dividía sus horas entre los cielos y las tabernas, entre las estrellas y las costillas de cordero, entre la humedad de las frías noches en las que se quedaba observando el indiscernible infinito y el buen vino de Portugal, entre el cálculo de las distancias y las circunferencias, curvas y dobleces de algunas damas. Investigaciones relativamente recientes afirman que Brahe murió en un banquete. Kepler relató que el astrónomo tardó 11 días en morir, aquejado por un impiadoso dolor en los riñones. El 4 de noviembre de 1601, el astrónomo recibió un entierro estatal completo en Praga; su cuerpo estaba equipado con armadura completa y su ataúd fue escoltado por 12 guardias imperiales.

    Los rumores de asesinato resonaron en Europa con especulaciones salvajes y conspiraciones dominando la conversación en los círculos aristocráticos, aunque había poca evidencia para apoyar estas teorías. Pero hacia 1991, cuando el Museo Nacional de Praga con el bigote de Brahe en su colección envió algunas muestras de cabello a Dinamarca para su análisis, en un intento de establecer la causa de la muerte de una vez por todas, se encontraron con una sorpresa que daba por tierra con las versiones oficiales. En efecto, esas pruebas de laboratorio encontraron que los pelos contenían una gran cantidad de mercurio, más de 100 veces mayor que el nivel normal esperado.

    Esta causa de muerte era todavía creíble, teniendo en cuenta el disipado estilo de vida del astrónomo, pero los investigadores modernos hicieron descubrimientos desconcertantes que llevaron a la muy loca conjetura de que la sonada y llorada muerte del célebre Tycho Brahe le dio a Shakespeare la idea perfecta para componer los detalles policiales de Hamlet. Esto se funda en la minuciosa reconstrucción de la muerte del rey de Dinamarca, al que su abominable hermano le pone veneno en el oído mientras duerme la siesta en el jardín, dejándolo muerto como si solo hubiera tenido un ataque en la profundidad del sueño. Si nos asomamos a la biografía del científico, podemos condescender no tanto en la solución shakespeareana, pero sí en un posible asesinato sin resolver. El astrónomo había ido acumulando enemigos desde su más tierna juventud en varios lugares; el carácter iracundo, altivo, belicoso y en cierto modo insolente no lo hicieron especialmente apreciado en ninguno de los círculos en los que le tocó actuar. En verdad le importó poco tirando a nada el desdén del mundo, siendo que siempre se supo rodeado de los mejores amigos que el mundo puede brindar, como lo son los libros. Especialmente uno de ellos, que compró cuando era muy joven; un libro de astronomía conocido como efemérides que daba la ubicación de los cuerpos celestes en diferentes momentos. Después de estudiar este y muchos de los otros textos disponibles se dio cuenta de la debilidad de la astronomía; muy pocos textos y astrónomos estuvieron de acuerdo sobre ciertos fenómenos, lo que dificultó la realización de más observaciones. En 1563 escribió que esta recopilación fragmentada de información frenaba el progreso y que era esencial trazar un mapa a largo plazo concertado.

    Con la ayuda de su hermana, Sophia, y antes del telescopio, comenzó a tomar medidas detalladas de los cielos, registrando meticulosamente las posiciones de los cuerpos celestes. El joven astrónomo también hizo muchas mejoras en los instrumentos astronómicos disponibles en su búsqueda de precisión y perfección. En 1572, Brahe, en un viaje a casa después de una cena en Copenhague, notó que la gente miraba al cielo con asombro. En espejo miró hacia arriba y vio que había aparecido una nueva estrella en la constelación de Cassiopeia.  El gran Tycho se dio cuenta de inmediato de la importancia de este descubrimiento: el modelo del universo propuesto por Ptolomeo debía estar equivocado, porque este nuevo objeto demostró que los cielos no eran inmutables o fijos en un firmamento y que había un proceso mucho más dinámico en acción.

    Las incidencias y trabajos de Brahe pueden leerse en un ameno estudio de Henriette Chardak (Presses Renaiss, 2004) donde se testimonia con abundancia de datos la vida absurda, cruel y fascinante de uno de los padres de la aventura por la conquista espacial. Lo que allí se cuenta es que efectivamente se ganó la gloria de la que goza y, con creces, el veneno que lo envió a otra dimensión del universo.

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