N° 1674 - 09 al 15 de Agosto de 2012
N° 1674 - 09 al 15 de Agosto de 2012
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTersites se ganó un lugar merecido en el memorial de los impertinentes; parte de nuestra infinita deuda con Homero consiste en reconocerle que le dio vida a una figura que representa ese fatal desvío a la insolencia y a la vulgaridad. Hoy no llama la atención, hoy que los ordinarios son el poder, que el insulto es la lengua oficial y que la mugre y el mal olor son las notas que caracterizan el prestigio público, no llama la atención el dibujo que traza Homero. Pero la descripción no es precisamente estimulante: “Fue el hombre más feo que llegó a Troya, pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera”. Añádase a esto una peor fealdad: el descaro jactancioso, la vulgaridad en gestos y palabras.
Hartos de tanta inmundicia bendecida por la indolencia reinante, no podemos sino pedir que se borre ese pasaje del segundo canto de la Ilíada; porque está bien amar la literatura, pero que se repita obsesivamente en la vida que padecemos cada día una evocación de lo abyecto es un castigo que todavía no merecemos en tan enorme medida. Y como razonablemente no podemos cambiar la realidad, tal vez si cambiamos la Ilíada las cosas mejoren o parezca que mejoran; al menos tendremos la ilusión de que la literatura nos permite escaparnos de la realidad, y no como ahora, que cada vez que vemos a Tersites no podemos dejar de pensar en demonios desaseados y perversos que infamemente nos circundan.
La lectura es siempre autobiográfica; uno lee desde lo que es, desde su historia personal, desde su tiempo. Por eso la descripción que Homero realiza de Tersites afecta de un modo particularmente negativo a muchos de los que estamos condenados a este olvidado andurrial del sistema solar, mientras que a otros, a Shakespeare, por ejemplo, esa silueta antigua le da ocasión para reflejar disconformidades, disgustos y osadías. En la primera escena del segundo acto, alternando con Ayax y con Aquiles, nada menos, mientras servía en la tienda de este último, dijo: “Héctor logrará verdaderamente una gran victoria si hiende el cráneo de uno de ustedes dos. Tanto le valdría cascar una nuez podrida sin almendra.”
En la tercera escena del mismo acto, Tersites honra la propiedad transitiva en la secuencia del mando y del servicio: “Agamenón es un imbécil al tratar de mandar en Aquiles; Aquiles es un tonto al dejarse mandar por Agamenón; Tersites, un necio al servir a tal necio, y Patroclo, positivamente un cretino.”
El buen nombre de Agamenón constituye para Tersites siempre un bocado especial. Shakespeare ahonda el eco de los hexámetros en los que Homero focaliza sobre su desvergüenza con una definición irreverente y divertida. “Es un joven bastante honrado, que ama a las codornices; pero no tiene más cerebro que una figura de cera”. En cuanto a Menelao, maldecido por la infidelidad, su espíritu rencoroso no ahorra ninguna invectiva: “Este oblicuo emblema de los cornudos, figura del calzador de cuerno para engastarse en la cadena que pende de la pierna de su hermano, ¿en qué otra forma si no en la suya, el espíritu atiborrado de malicia o la malicia rellena de espíritu, podrían cambiarle? En asno no sería difícil. Es a la vez asno y buey. En buey no sería difícil. Es a la vez buey y asno. No me importaría nada ser perro, mulo, gato, comadreja, sapo, lagarto, búho, milano o arenque sin hueva; pero antes que ser Menelao, lucharía con el destino. No me pregunten lo que quisiera ser si no fuera Tersites; pues, con tal que no fuera Menelao, me sería igual estar en una casa de leprosos.” (Acto V, escena I).
Ya sobre el final de la obra (escena VII), cierra Tersites su mugrosa participación entre los héroes inmensos a los que infecta con sus apóstrofes en una sentida confesión: “Soy bastardo por el nacimiento, bastardo por la instrucción, bastardo por el alma, bastardo por la valentía, ilegítimo en todas las cosas”.
Sé de muchos personajes no lejanos a quienes les cuadra de medida un traje semejante.