N° 2068 - 23 al 29 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa historia del tango está llena de peripecias inolvidables y aún más de hechos simples, sin épica, cuyo aporte ha sumado, sin embargo y cuanto menos, una creación cuyo valor la sostiene todavía entre las mejores.
Uno de esos hechos fue la relación entre Gerardo Matos Rodríguez y Enrique Cadícamo.
Duró poco —Matos murió joven, a los 51 años, y Cadícamo dejó esta vida a punto de ser un lúcido centenario— pero su legado, más allá de las circunstancias vividas, dejó una joya que, entre otros brillos, engalanó el repertorio de Gardel: Che papusa, oí.
Fueron personalidades diferentes.
Matos era alto, elegante, vestía con sobriedad y solía relacionarse desde cierta distancia que parecía un péndulo entre la pretensión intelectual y la timidez, destacando su escasa propensión a las juergas que solían reinar en reuniones entre tangueros; tenía estudios académicos, ejerció la diplomacia y su pasión fueron los caballos de carrera, que le consumieron fortunas.
Sobre Cadícamo, este apunte de León Benarós no necesita añadidos: —Muchacho eterno, viajero impenitente, bohemio, enamoradizo, parecía ir a contramano de los años. Conservó incólume su cabellera rubia y desordenada, usó corbatas claras, casi siempre amarillas, y sacos deportivos a cuadros porque, decía, “agregan juventud”. Quiso olvidarse del tiempo, tal vez porque se formó casi como un autodidacta, leyendo mucho, y supo, como Baudelaire, que el tiempo “es un oscuro enemigo que nos roe la sangre y se alimenta de nuestras ilusiones, de nuestra vida…”.
Los presentaron en el café porteño Los 36 Billares, corriendo 1927.
Cadícamo dejó escrito en sus Memorias: —Tenía prestancia y señorío y por eso me sorprendió que no gozara de mucha simpatía entre quienes lo trataban, al menos en Buenos Aires. Al principio tuvimos solo charlas sobre el tango y cosas triviales de la vida. Un día me pidió que le escribiera la letra a una música que “tenía en la cabeza”. ¡Claro que me interesó! Era el autor de La cumparsita, ya por entonces un éxito impresionante, más allá de los líos legales por la letra agregada sin autorización por Contursi y Maroni y todo eso. En menos de una semana le llevé, incluyendo el título, Che papusa, oí. Le cayó muy bien y me pidió unos días para “embocar” de la mejor manera su música con mis versos.
Por unos meses, todo transcurrió con alegría. El tango fue un éxito. Lo estrenó y grabó Alberto Vila, como su primer intento de conquista del mercado argentino. Cadícamo le pidió a Gardel llevarlo al disco y el Mago, entusiasmado, así lo hizo. Luego, desde Azucena Maizani en adelante, podría decirse que, hasta el presente, hubo múltiples versiones de otros intérpretes y orquestas.
Matos confesó: —De todos mis tangos, el que más me gusta es Che papusa, oí, o sea el mejor. No estoy negando a La cumparsita, pero eso es otra cosa.
Musicalmente, aunque haya quienes malinterpreten esta afirmación, no solo Che papusa, oí es más elaborado que su obra inmortal, tan manoseada en su nacimiento: si analizamos las partituras originales también lo son Mocosita, La muchacha del circo o San Telmo.
Cadícamo sabía que había logrado, usando el lunfardo de la época, una letra de gran repercusión que perduraría: —Muñeca, muñequita que hablás con zeta / y que con gracia posta batís mishé; / que con tus aspavientos de pandereta / sos la milonguerita de más chiqué; / trajeada de bacana, bailás con corte / y por raro snobismo tomás prissé, / y que en un auto camba, de sur a norte, / paseás como una dama de gran cachet.
De pronto, la ruptura. Cadícamo se enteró, tarde, que Matos, antes de registrar el tema, había consultado a un dramaturgo y un periodista amigos acerca de la calidad de la letra. Se produjo un distanciamiento radical entre ambos: hasta llegaron a cruzar la calle cuando uno veía venir al otro en su dirección, para no saludarse. Y acabaron los encuentros en Los 36 Billares.
¿Una historia de final desagradable, con un notable tango en el medio?
No. Un par de años después, por gestión de compañeros como Delfino, Samuel Eichelbaum, De Caro y Canaro, se organizó un viaje de diversión a España.
Obvio, fueron invitados Matos y Cadícamo.
Y en esa travesía, durante los días de turismo y al retorno, hubo aclaraciones, la distancia se acortó y los artistas volvieron al histórico café donde se conocieron, aunque nunca más —es curioso— proyectaron algo juntos.