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    Una vida de novela

    N° 1973 - 14 al 20 de Junio de 2018

    —Mi viejo murió cuando yo tenía dos años. En plena calle, de un infarto. Vivíamos en Caballito, en plena crisis que llevó a la caída de Irigoyen. La miseria era espantosa: había días en que comíamos con mis tres hermanas solo pan con grasa. Una tarde, mi vieja, desesperada, fue al frente de la Casa de Gobierno, esperó la salida del presidente y cuando este subió al auto, atravesó la guardia y se paró delante; fue un golpe duro y cayó. Irigoyen bajó enseguida a ayudarla y le preguntó por qué había hecho eso. Cuando supo la historia, le dio el puesto en el Correo que había dejado vacante mi padre.

    —El canto fue algo natural desde chico, aprendí escuchando la radio. Solo hice algunos estudios de piano y solfeo. Empecé con un amigo guitarrista aficionado, tirando la manga. Más adelante entré a la Escuela Naval, pero me echaron cuando iba al examen para guardiamarina: me había escapado la noche anterior para ir a un concurso de cantores no profesionales, que gané. Me banqué la bronca de la vieja y con una guita que había ahorrado grabé por mi cuenta mi primer disco de acetato en Grafoson. Salió prolijito, pero lo perdí.

    —Debuté en el café La Paz, de Barrancas de Belgrano, con cuatro guitarristas que habían sido compañeros de “colimba”. Durante la primera media hora, todo bien. Después entró un borracho a armar lío. Salió a controlarlo el dueño del café y ligó una puñalada que lo mató. Se armó una… ¡adiós actuación!

    Testimonios de Orlando Vidal, más tarde conocido por Jorge Vidal, el Negro, nacido el 12 de agosto de 1924, gran cantor y protagonista de una vida de novela que pocos conocieron.

    Su suerte cambió cuando fue contratado, gracias a la gestión de un conocido, en el café Argentino, de Chacarita. Ya se había ido de su casa —comienzos de 1949— y como la paga era poca, dormía de madrugada sobre una de las mesas de billar del lugar, con el saco como almohada. Cierta mañana sintió que intentaban despertarlo. Miró y vio a un hombre delgado, de grandes lentes: “¿Cómo le va? ¿Durmió bien? Mire, yo soy Osvaldo Pugliese y quiero que cante con mi orquesta”.

    —Me levanté de un salto —contó año después Vidal—, mientras me alisaba el pelo y la ropa y respondí: “Claro que lo conozco, pero… ¿me está jodiendo?”.

    —No. ¿Por…? Se me fue uno de los cantores. Solo está Morán…

    —“Y, sí… Bueno… Pero es que yo soy peronista”, le dije, sabiendo que él era comunista y había sido perseguido por Perón.

    —¡Y a mí qué me importa! Yo lo quiero para cantar, no para hacer política.

    Fue el gran despegue de Jorge Vidal, que aunque dejó grabaciones antológicas en esa etapa —Isla de Flores, Puente Alsina, Titiriteros, Barra querida y Un baile a beneficio, entre tantas— solo estuvo dos años con Pugliese y nunca cantó a dúo con Morán.

    —Lo quise mucho. Con él aprendí a respetar el ritmo. Era un ser maravilloso, pero yo quería independencia, elegir y hacer lo mío. Y ahí fue, en 1951, que armé el grupo de guitarras con Jaime Vila a la cabeza y ya no paré.

    Actuó en todos los escenarios de su país —cafés, clubes, cabarés—, grabó en los sellos principales de la época, lo acompañaron los hermanos Remersaro, Roberto Grela y José Canet y las orquestas de Argentino Galván, el uruguayo Héctor María Artola y Héctor Stamponi, filmó la película El tango en París, actuó en teatro y radio y en 1958, de viaje por Estados Unidos —urgido porque la dictadura que derrocó a Perón lo prohibió—, se presentó en el Carnegie Hall, la Metropolitan Opera House y los hoteles Sheraton y Waldorf Astoria de Nueva York, incluyendo apariciones en el famoso Show de Ed Sullivan. En España grabó El día que me quieras con la orquesta sinfónica de Waldo de los Ríos y de regreso a su país fue figura estelar en las revistas teatrales de Canaro Tangolandia y Juancito de la Ribera.

    —Fui el único que le impuso un tema que no era suyo en una de sus obras: La fulana, del oriental Alberto Mastra.

    Jorge Vidal, que murió el 14 de setiembre de 2010, compuso varias obras recordables como Cuando yo me vaya, Palpitando el escolazo y Gripe liviana, fundó la Asociación Argentina de Cantores, fue declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y es consenso de que fue el cantor de estilo más gardeliano en la historia del tango.

    —Tuve una vida azarosa, sí, pero salí a flote. Y me quedo con lo bueno. ¡El que me dejó la mayor enseñanza fue Sandrini, en un ensayo teatral!: “Cuando uno habla o canta, tiene a veces más valor el silencio de la pausa que el sonido de la palabra”.