N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstamos casi a la mitad de la cosecha de los cultivos de verano (soja, maíz y sorgo). El humor en general de los agricultores no es el mejor, a pesar de que hacen lo posible por levantar los cultivos, pasar raya y ver cómo quedan las empresas.
La historia de la campaña agrícola 2019-2020 no es precisamente la mejor. Los cultivos de invierno tuvieron algunos problemas de calidad que afectaron especialmente a los agricultores del norte del país. Luego vienen los cultivos de verano, que enfrentaron condiciones muy difíciles sin que hubiera algún pronóstico que al menos preparara al agricultor psicológicamente para lo que iba a enfrentar.
Todos sabemos que la agricultura es un negocio de alto riesgo porque depende mucho de que el clima acompañe. Este año las lluvias nos dieron parcialmente la espalda. No fue que no lloviera, sino que llovió de una forma inconveniente para el normal desarrollo de los cultivos.
Cuando llueve lo que tiene que llover en un mes en solo dos días y luego no llueve nada hasta 30 días después, no hay suelo que sea capaz de almacenar lo suficiente y lograr un cultivo razonable. La sequía se ensañó de forma cruel con el sur y el este del país y hoy tenemos varios millones de hectáreas bajo emergencia agropecuaria. Las lluvias llegaron al final de abril y son bienvenidas, pero el daño ya está hecho. Restan por hacer las cuentas, pero fácilmente la sequía se quedó con entre 20% y 30% de la cosecha que hubiera tenido la soja de no haber faltado el agua.
Uno en la agricultura tiene un margen de control de los eventos que afectan al cultivo muy limitado. Y el agricultor está acostumbrado a jugarse la ropa porque muchas veces es suficiente una o dos lluvias oportunas para lograr un buen cultivo, pero las cosas se toman de otro modo si se conocen los pronósticos. La sequía, al igual que el Covid-19, fueron eventos que si bien eran posibles de ocurrir tenían una baja probabilidad en el radar de opciones del 2019.
Para este invierno enfrentamos un panorama desafiante para sembrar. Si bien los precios no son malos para la cebada, el trigo sigue siendo una incógnita sobre el futuro comercial que tendrá por la conducta de los agentes en el mercado interno y en la exportación. La colza intentará nuevamente llegar a ocupar el vacío que deja la cebada que no se puede plantar, pero también corre de atrás con las intenciones ya que no siempre se puede sembrar todo lo que se planifica.
Del lado industrial, los problemas en las cadenas de logística que genera el Covid-19 empiezan a impactar en la cebada, que tiene que frenar un poco su ritmo de industrialización a la espera de tiempos mejores porque no hay donde colocar la producción.
No es que la agricultura se vaya a parar por el Covid-19, sino que causa incertidumbres que hay que ver cómo se resuelven. Y eso lleva tiempo. Si se extiende demasiado, el agricultor se queda fuera de su ventana de siembra óptima y se compromete su capacidad de lograr una buena producción. En ese contexto, si tengo que aventurar, apuesto a que los cultivos de invierno con suerte se mantendrán en la misma superficie que el año pasado, aunque no sería raro una leve baja de 5% a 10% del área. Es que se acumulan los problemas: mal verano, precios malos de la soja y un panorama poco claro respecto al futuro por el Covid-19.
Vivimos en un mundo que se ha sumido en más incertidumbres que certezas. Empiezan a pasar cosas imposibles, como que el petróleo crudo tenga valores negativos, cosa que si bien era técnicamente posible tenía una muy baja probabilidad de ocurrencia. Y un día ocurrió, por lo que vamos a tener que tomar esos riesgos en los modelos de análisis. No es que eso vaya a pasar con los productos agrícolas, pero es una señal importante de que hay cambios enormes bajo la nueva normalidad.
Si de algo nos sirve el caso del crudo y el terrible proceso de destrucción de la demanda que ocasiona la coyuntura, es que seguramente veamos ese mismo problema en otros productos. Ojalá la dinámica de las materias primas alimenticias logre escapar al deterioro de los indicadores económicos y tengamos una palanca de desarrollo genuina y duradera.
(*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Universidad ORT