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    Universalización

    Columnista de Búsqueda

    N° 1928 - 27 de Julio al 02 de Agosto de 2017

    Aristóteles propuso el problema y la Edad Media se dedicó a problematizarlo. El libro de las categorías propone la distinción del objeto de conocimiento mediante la reflexión de las palabras. Desde Porfirio y Boecio eso será el centro de una preocupación que dará siglos de especulaciones en el ámbito de los monasterios y en las primeras universidades. Lo de Aristóteles, sin embargo, pareció mucho más límpido en su formulación.

    Quiero mostrar una secuencia. En el primer capítulo de esa obra establece: “Las cosas se llaman equívocas cuando tan solo tienen de común el nombre, mientras que la definición de su esencia es distinta.. Por ejemplo, un hombre y un retrato pueden llamarse propiamente ‘animales’, aunque equívocamente; porque poseen un mismo nombre, pero la definición de esencia que corresponde al nombre es distinta. Porque si se nos pide que definamos qué significa ser un animal en el caso del hombre y en el caso del retrato, daremos en cada caso una definición apropiada solamente a aquel caso. Las cosas se llaman unívocas cuando no solamente llevan el mismo nombre, sino que su nombre significa lo mismo en cada caso y tiene la misma definición. Así, un hombre y un buey reciben el nombre de ‘animal’. El nombre es el mismo en ambos casos, y también lo es la definición esencial. Pues si se nos pregunta qué se significa por ese nombre en los dos casos en que hablamos de ‘animal’, daremos la misma definición. Se llaman ‘derivados’ o parónimos aquellos objetos cuyos nombres derivan de otros por medio de una nueva forma verbal, como, por ejemplo, de gramática deriva gramático, y de heroísmo, héroe, etcétera”.

    Este libro le mereció a Porfirio distintos comentarios, a los que le añadió un simple prólogo. Son apenas unas pocas páginas que preceden a las observaciones que plantea, pero son, por su naturaleza y derivaciones, la causa de uno de los principales debates de la Edad Media. Retomo la secuencia: el fenicio Porfirio lee y comenta a Aristóteles, se interesa especialmente por las categorías, en las categorías se interesa casi de modo excluyente en la dialéctica de sustancia-predicado; como para demostrar que le apasiona el punto escribe un prólogo a la obra de Aristóteles y abunda sobre esas nociones, destacando en ellas la cuestión de si la universalidad de las cosas es una propiedad o es algo que ocurre en nuestra mente. Boecio va a traducir las palabras de Porfirio y, vaya fatalidad, se habrá de demorar en el prólogo. Desde entonces la idea de red arrojada para la captura y de ancla que impide todo movimiento son las imágenes que convienen a la derivación que tuvo lugar entre los pensadores que discurrieron entre los siglos XII y XIV.

    Porfirio dice en ese prólogo que tenemos que hablar de los géneros y de las especies, nos tenemos que preguntar si como tal subsisten o si están como una operación empecinada de nuestra mente. Santo Tomás mostrará, creo que de manera irrebatible, que no hay que ir a las cosas para buscar lo que son en sí, porque las cosas son individuos, sino que es un acto del entendimiento; pura actividad de nuestra mente: “Dado que aquello a lo cual conviene la noción de género, de especie y de diferencia viene predicado de este singular signado, es imposible que la noción universal, a saber, del género y de la especie, convenga a la esencia en cuanto viene significada como parte, como en el nombre de humanidad o de animalidad. Y por esto dice Avicena que la racionalidad no es la diferencia, sino el principio de la diferencia, y por la misma razón la humanidad no es la especie, ni la animalidad es el género. De modo semejante, tampoco se puede decir que la noción de género o de especie convenga a la esencia en cuanto realidad existente fuera de los singulares, como sostenían los platónicos, porque de este modo el género y la especie no se predicarían de este individuo; en efecto, no puede decirse que Sócrates sea aquello que está separado de él; ni, por otra parte, aquella realidad separada contribuye al conocimiento de este singular. Por todo ello resulta que la noción de género o de especie conviene a la esencia en cuanto viene significada al modo de un todo, como el nombre de hombre o de animal en cuanto contiene implícita e indistintamente todo lo que hay en el individuo” (De la unidad del entendimiento).

    Traducido: el entendimiento no conoce directamente las cosas individuales, sino el universal. Pero el tal universal no se da si no es en una cosa particular. Sin individuo no hay especie.

    // Leer el objeto desde localStorage