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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVacunas, ahora no. No es un acto de fe
Finalmente el gobierno anunció el arribo de un acuerdo con dos laboratorios para la adquisición de vacunas contra el Covid, las cuales llegarían a fines de febrero o principios de marzo, en sucesivas entregas que abarcarían casi todo el presente año.
A mediados de marzo del año pasado se detectó en Uruguay el primer caso de infección por virus Covid-19. Cayó como peludo de regalo para un gobierno recién asumido. El presidente y su equipo empezaron a chapalear en ese arroyo en el cual no pensamos que nos íbamos a encontrar.
A partir de allí se tomaron medidas apuntando al aislamiento, leves pero aislamiento al fin. Los medios de comunicación televisivos alargaron sus informativos: pasaron a tres horas la duración de las secciones dedicadas a noticias, aunque en toda su programación nacional trataron el tema. Lo mismo ocurrió con las radios y prensa escrita. El mundo y el Uruguay transformaron la existencia de un virus desconocido en un modo cotidiano de información y polémica con las más inverosímiles apreciaciones.
En cadena mediática distintos integrantes del gobierno nos informaban, todos los días, acerca de los testeos que se realizaban, los infectados por el virus que se detectaban y quienes fallecían portadores del virus en cuestión. Tal cosa continúa hasta hoy, con la salvedad de que los que informan a diario ya no son las autoridades. Hace casi 11 meses que estamos asediados por una hiperinflación informativa de la que no existen antecedentes. Y lo peor, es mundial.
En todo ese transcurso, hablo de nuestro país, surgieron aquellos que utilizamos el cuestionamiento socrático como método imprescindible de análisis para intentar entender dónde estamos parados, otros que todo lo niegan y otros que todo lo que les dicen es verdad revelada, “es así, lo vi en la tele…”. La población se vio afectada por aquellos “prestigiosos” académicos que preveían saturaciones de CTI en junio 2020, y colapso de distinta especie y tenor, otros que jamás sucedieron.
El gobierno uruguayo no apostó al confinamiento total, utilizó la expresión “libertad responsable” y “nueva normalidad”. Pero claramente algunas medidas provocaron que el confinamiento fuera de hecho, shoppings cerrados, restaurantes sin actividad, suspensión de clases, etc. Algo había que hacer, se hizo. Hasta allí nada que objetar.
Producto de lo anterior, la gente entró en pánico y empezó el derrape, los ministros de Turismo e Interior patrullaron por aire las playas fuera de temporada, alguna intendencia se creyó con derecho a inspeccionar reuniones en las casas, en clara violación a la propiedad privada para finalmente coronar lo relatado con una ley limitando el derecho de reunión.
Pero además de un pánico mayúsculo, qué justificó tales medidas: cuántas víctimas reales habían fallecido por consecuencias directas del virus, cuántos infectados requirieron servicios de salud especializados. Las respuestas a esas preguntas, claramente, no justificaban ninguna de las medidas. Pero había que prepararse para lo que vendría.
Empieza el mundo a hablar de las vacunas y algunos laboratorios a producirlas haciéndolo saber de forma pública. La gente empezó a creer en el milagro.
En nuestro rincón geográfico se empezaron a detectar más casos, los fallecimientos con Covid también aumentaron, lo que nos llevó a empezar a recorrer el camino de la vacuna como un acto más de fe que científico, la necesidad del ser humano de creer en algo que nos mantenga a salvo está ganando la batalla al análisis sobrio, sereno y meditado. El sistema político, despiadado a la hora de indilgar responsabilidades, se debatía entre una oposición errática que planteó el encierro más absoluto, hoy exigiendo vacunas a troche y moche, y una coalición gobernante midiendo cada paso que daba en el impacto popular.
Con casi un año de efectos negativos de índole sanitario, pero más graves aún desde el deterioro de la actividad económica provocados por esta ya famosa pandemia, entiendo, debemos pararnos de forma distinta, dada la experiencia recogida en este tiempo.
Las unidades de cuidados intensivos de nuestro país registraron una ocupación, en su máximo pico, del 14% por infectados detectados con Covid.
Más del 90% de los infectados detectados con Covid se han recuperado sin necesidad de tratamiento.
Aproximadamente el 6 % de los infectados detectados con Covid requirieron tratamientos, la ínfima minoría requirió internación en cuidados intensivos, logrando superar los daños provocados por el virus.
El 1,03% de los infectados detectados con Covid fallecieron.
Más del 90% sobrepasaban largamente la edad de expectativa de vida promedio, más del 90% poseía morbilidades que hacen dificultoso la identificación exacta de la causa de muerte.
Pero esas 401 personas murieron solas, cuasi clandestinamente, impedidos de ver a sus familias, de que se los despidiera, impedidos de recibir cariño, amor.
No podemos, como sociedad vanguardista que fuimos, permitirnos que integrantes de nuestra sociedad finalicen el ciclo vital con tamaña indignidad y crueldad.
Nuestro desafío no pasa por salir a comprar vacunas en fase experimental de la cual no pueden afirmarse sus beneficios, nuestro desafío es atender ese 1%, invirtiendo en equipos de última generación, creando así un centro especializado en el tratamiento de los casos graves de afección provocada por Covid-19. En tal centro, entre otras cosas, devolverles la dignidad a ellos y a sus familias si tienen la desgracia de no recuperarse.
Lo anterior es más que posible, los recursos asignados a las vacunas y los testeos son mucho más que suficientes para el logro de dicho centro, el cual puede llevarse a cabo readaptando el centro público que más convenga.
Mientras ello ocurra, el inexorable paso del tiempo logrará el lapso necesario para concluir acerca de las bondades de las distintas vacunas.
Dice la leyenda que en una oportunidad Napoleón le dijo a su ayudante: “Vísteme despacio que tengo prisa…”.
José Pablo Franzini