El futuro presidente opinó que “la inseguridad, la incertidumbre y la desprotección constituyen el problema más siniestro y penoso de las sociedades contemporáneas” y dijo que mantuvo al actual equipo en el Ministerio del Interior porque entiende que “están yendo por el camino correcto”.
—En líneas generales, ¿qué sería razonable esperar de su nuevo gobierno?
—La temática a la que Búsqueda dedica este número es apasionante, pero como no hay pasiones sencillas cualquier referencia a los próximos cinco años requiere ciertas consideraciones previas. La primera: en todo presente hay varios futuros posibles y no hay planos de ninguno de ellos. Sin embargo, existe la posibilidad de avizorar y modelar el mejor futuro posible, sin modelos para armar pero con valores y principios a seguir así como objetivos y compromisos compartidos. La segunda: las naciones son construcciones históricas y en términos históricos cinco años son apenas un instante. Pero cinco años no es poco tiempo en la vida humana y como período de gobierno es un lapso suficiente como para concretar logros y emprender nuevos desafíos. Los gobiernos no pueden reducirse a contar o interpretar las cosas que pasan; tienen que hacer que las cosas pasen. La tercera y última: me resisto a la idea de gobiernos “fundacionales” o “terminales”. Más aún cuando se trata del tercer período consecutivo de gobierno de una fuerza política que tiene señas de identidad bien definidas en el contexto de un sistema político consolidado y de una sociedad que funciona democráticamente.
—¿Hay que esperar más de lo mismo respecto a lo que fueron su anterior gobierno (2005-2010) y el actual del presidente Mujica?
—No. El futuro plantea desafíos y oportunidades que no se pueden encarar con respuestas del pasado, por mejores que las mismas hayan sido. En consecuencia, los próximos cinco años, en lo que al gobierno nacional respecta, no serán ni de ruptura con lo realizado desde el año 2005 ni la proyección inercial de lo mismo. Y en su relación con los gobiernos departamentales, tal como ha sucedido en los dos períodos anteriores, no habrá postergación ni discriminación alguna. El Uruguay es uno solo y uruguayos somos todos. Serán, además, años de continuidad de un proyecto y proceso estratégico progresista, el primero y único del Uruguay contemporáneo; pero también serán de actualización e innovación como corresponde a todo proceso dinámico, multidimensional y multifactorial cuyo sujeto y razón de ser es la prosperidad de todos y el bienestar de cada uno. Usted sabe que el Frente Amplio definió bases programáticas para el período de gobierno 2015-2020 que fueron ampliamente difundidas durante la campaña electoral. La ciudadanía se expresó al respecto y su decisión es nuestro mandato.
—En esas bases programáticas hay planteos con los que la oposición naturalmente discrepa. Usted ha anunciado que convocará a un diálogo nacional, parecido a los acuerdos del Palacio de la Moncloa en España, para incorporar todos los puntos de vista. ¿Cómo hará para compatibilizar lo que dice el programa y los planteos que eventualmente su gobierno reciba en esa instancia?
—Bueno, como yo creo en la democracia, en la república y en el respeto por todos los ciudadanos, el mandato también consiste en reconocer y valorar la pluralidad de la sociedad uruguaya, y dialogar con todas las expresiones de la misma para establecer acuerdos que permitan seguir adelante abarcando a todos y reflejando a las mayorías. Porque ahí radica el alma de la democracia. En mi opinión, además, la democracia tiene alma y también tiene ética.
—¿Cuál es la “ética” de la democracia?
—La ética de la democracia radica en los derechos de la gente. De ahí entonces nuestra propuesta —que ahora es compromiso— en la consolidación y ampliación de los derechos humanos básicos y entre ellos el derecho al desarrollo, a la convivencia ciudadana, a la seguridad pública, a la educación, a la cultura, al trabajo y al empleo dignos, a la vivienda decorosa y al medioambiente saludable, a la salud, a la protección social y a los cuidados, a la infraestructura, el equipamiento y los servicios públicos de calidad. En fin: no se trata de perseguir quimeras sino de mejorar la realidad de las personas y en especial de aquellas que más lo necesitan. Eso es lo que vale.
—Todo esto puede sonar muy compartible para la mayoría de los uruguayos, pero usted, que ya fue presidente, sabe que para cumplir con esos deseos se precisa dinero. ¿De dónde lo va a sacar?
—Obviamente, esto tiene costos. Costos económicos, por cierto. Sobre este aspecto se ha escrito y dicho mucho en los últimos meses, dando lugar incluso a polémicas en las que se mezclaron la política económica con la navegación aérea. Creo innecesario llover sobre mojado, pero estimo pertinente reiterar la continuidad de la prudencia fiscal que ha caracterizado a los gobiernos frenteamplistas y consolidado un clima estable y favorable a la inversión, la producción, la innovación, el comercio y el empleo. También es bueno reconocer que el clima mencionado no es mérito exclusivo del gobierno sino de la confianza y el esfuerzo sostenido de distintos agentes económicos. Todo lo que hemos avanzado multiplicando el volumen físico de la producción de manera exponencial y el valor de la producción, es el resultado del esfuerzo de empresarios, productores y trabajadores, de quienes invirtieron y arriesgaron, de los que incorporaron nuevas tecnologías y prácticas más avanzadas, de quienes trabajaron con responsabilidad y entusiasmo. A todos ellos los vamos a seguir incentivando a apostar por Uruguay.
—Esto tiene todo que ver con la política económica que vaya a aplicar su gobierno. Ya conocemos las ideas de Danilo Astori, designado como futuro ministro de Economía. Pero dentro del Frente Amplio hay también otras ideas respecto a la economía. ¿Qué debe esperarse en este sentido?
—Para que todo lo que le acabo de decir sea posible, hacen falta políticas adecuadas. Sin esas políticas, los resultados obtenidos nunca hubieran sido posibles. Esto es: sin una política económica de certezas, con un rumbo claro, estable y confiable; sin una política capaz, por citar un caso, de resolver el problema endémico del endeudamiento de los productores rurales, nada o muy poco hubiera sido posible. Porque en esta materia no hay atajos ni milagros. De modo que lo que le puedo asegurar es que este contexto de confianza, para el cual el vicepresidente Astori es una garantía, se mantendrá. Y estoy seguro de que eso nos permitirá abordar la imprescindible e impostergable inversión en capacidades infraestructurales fundamentales para el crecimiento de la economía y de la competitividad de las empresas, así como la vertebración del territorio y cohesión económica y social.
—¿Cuál va a ser el énfasis de su gobierno en cuanto a políticas sectoriales en el terreno de la economía y los negocios?
—Seguir avanzando en la transformación y diversificación de nuestra matriz productiva, respecto a la cual perfeccionaremos los planes sectoriales estratégicos, con énfasis en la innovación en las cadenas de valor. Le puedo anunciar que el Estado triplicará su inversión en ciencia, tecnología e innovación del 0,3% actual al 1% del PBI. Si el desarrollo científico y tecnológico es fundamental para lograr un país moderno, el Estado tiene responsabilidades inexcusables en la promoción de dicho desarrollo. Y no estamos inventando nada. Eso es lo que sucede en países que son referencia mundial en la materia, gracias a la integralidad de las políticas que instrumentan (y no solamente por algunos aspectos parciales de las mismas). Pero el Estado, incluyendo a las empresas públicas y a la Universidad de la República, no es el único que tiene responsabilidades en materia de investigación científica y tecnológica. También el sector productivo privado tiene responsabilidades ineludibles demandando y creando capacidades, investigando e innovando. Y, al asumirlas, también moldeará su propio futuro.
—La enseñanza pública atraviesa un momento muy complicado. ¿Qué piensa hacer al respecto?
—Alguien puede decir que formar a la gente para mejorar sus capacidades implica un costo. Yo prefiero decir que se trata de una inversión. Porque invertir en la formación y capacitación de las personas es enfrentar la desigualdad, es avanzar en productividad y es la base del desarrollo sostenible. Todo eso supone modernizar y adecuar la oferta educativa para que la trayectoria por el sistema de educación formal genere personas mejor preparadas, capaces de adaptarse a los cambios tecnológicos y a las formas de organizar los procesos de trabajo, con una actitud más proactiva para la innovación y el desarrollo. En educación ofreceremos inclusión y movilidad social, diversidad e igualdad de oportunidades, desarrollo de competencias, discernimiento y oportunidades. ¿Cómo lo haremos? Mediante comunidades educativas cuyo centro será el estudiante, con excelencia curricular y docente, con ciclos integrados y continuos, con centros con autonomía y con contenidos supeditados a objetivos pedagógicos.
—¿Puede precisar un poco más en qué consiste su idea en esta materia? Porque parece no haber dos opiniones en cuanto a que el futuro del Uruguay depende de lo que se haga durante su gobierno en el plano educativo.
—Y es verdad: no hay dos opiniones sobre eso. Por eso, tenemos objetivos precisos para educación inicial, primaria y media. A saber: la creación de un Sistema Integrado para la Educación Básica de 3 a 14 años, con un marco curricular que apueste al conocimiento en movimiento, a aprender a aprender y a formar sujetos críticos, autónomos y solidarios. En el caso del nivel medio, devenido en nudo gordiano del sistema educativo, nuestro objetivo para el próximo quinquenio es que el 100% de los estudiantes cumplan el ciclo básico y el 75% completen el nivel secundario. Es un objetivo exigente, pero posible e imprescindible para un nivel educativo terciario con mayores ofertas educativas en todo el país. Dicho esto, quiero advertir algo que me parece importante: educación no es sinónimo de cultura, pero la educación es condición ineludible para la cultura. Una sociedad más culta es también más libre, más creativa, más solidaria, más democrática y más segura. La cultura no es un adorno del desarrollo: es el núcleo del desarrollo. Tampoco es un privilegio de pocos; es un derecho de todos.
—Usted acaba de confirmar al ministro Eduardo Bonomi y al subsecretario Jorge Vázquez en Interior. Y lo hizo a sabiendas de que la inseguridad es un tema de mayor preocupación en la sociedad uruguaya. ¿Va a hacer algo diferente en este plano para mejorar la situación?
—La inseguridad, la incertidumbre y la desprotección constituyen el problema más siniestro y penoso de las sociedades contemporáneas. Inseguridad, incertidumbre y desprotección que se focalizan en la violencia y el delito, pero que también abarcan la soledad, la angustia, la desconfianza a todo y a todos, la pulsión consumista, la obsesión por el éxito, el temor al fracaso y hasta el miedo a sí mismo. Ante esta realidad, la expresión “seguridad pública y convivencia ciudadana” no es antojadiza ni casual: en el país que deseamos y estamos construyendo la gente está primero pero no puede ni debe estar sola. Una sociedad en la que todos desconfían de todos es una casa inhabitable. La ciudadanía es un sistema de derechos y responsabilidades y la convivencia ciudadana tiene sus condiciones y normas, entre ellas la seguridad pública como generador de la confianza indispensable para la convivencia. Usted mencionaba que ratifiqué a los actuales conductores de las políticas públicas en seguridad. Efectivamente. Y lo hice porque creo que están yendo por el camino correcto. Por eso, vamos a continuar las líneas de formación y equipamiento del personal policial, incorporando nuevas tecnologías, fortaleciendo y extendiendo servicios, fomentando las mesas locales y programas de gestión integral de seguridad, combatiendo al crimen organizado y la corrupción policial (que, lamentablemente, aún existe). Pero todo ello, reitero, como componente de convivencia ciudadana y de estado democrático de la sociedad.
—La sociedad uruguaya, opinan muchos, enfrenta una “crisis de valores”. El trabajo, por ejemplo, ya no es visto por parte de la población como un valor en sí mismo. Y, al revés, hay no pocos uruguayos que se han acostumbrado a recibir dinero del Estado en forma permanente, descaeciendo de ese modo la valoración del trabajo. ¿Está de acuerdo con esto?
—En parte sí y en parte no. El desarrollo, en tanto medida de respeto a todos los derechos, abarca también el trabajo y el empleo. El trabajo como valor de vida y forma de ganarse la vida. Y el empleo en condiciones decentes y sobre bases de relaciones laborales equilibradas, con ámbitos de negociación colectiva que no se limiten solamente a la cuestión salarial. El salario es fundamental, pero no es lo único importante. Pero el desarrollo abarca además la protección a la población y, en especial, a los sectores de la sociedad que más la necesitan. En esta trayectoria no partimos de cero. Los sucesivos planes de emergencia y equidad, las reformas en los sistemas de salud y de previsión social, permiten encarar un Sistema Nacional de Cuidados como política pública para apoyar a todas las familias en la armonización de los tiempos dedicados a trabajar, estudiar o recrearse con las necesarias tareas de cuidado que les brindan a sus niños y niñas más pequeños y a sus familiares adultos mayores o discapacitados que no pueden valerse por sí mismos. Esto va a beneficiar directamente a todas las familias que tienen niños y niñas pequeños —desde su gestación hasta los 3 años inclusive—, a personas o familias con integrantes que no puedan valerse por sí mismos (dependientes), sean adultos mayores y/o personas con discapacidad, y a quienes trabajan de forma remunerada o no en la tarea de cuidados, apuntando a promover la corresponsabilidad entre el Estado, el mercado y la comunidad, así como entre hombres y mujeres.
—Usted habló reiteradamente del Sistema Nacional de Cuidados durante la campaña electoral y ahora vuelve a referirse a lo mismo. ¿En qué va a consistir exactamente ese programa y cómo se va a pagar?
—Primero: el Sistema Nacional de Cuidados será instrumentado inmediatamente después de que quede instalado el nuevo gobierno. Pero su aplicación será progresiva. Comprende, principalmente, un conjunto articulado de nuevas prestaciones y/o consolidación y expansión de servicios existentes, aunque también abarca necesariamente la regulación y el seguimiento técnico para garantizar la adecuada calidad y oportunidad en las prestaciones brindadas, así como la formación, calificación y atención de las personas que se emplean en tareas de cuidados. Ya sabemos que durante el próximo quinquenio los costos del SNC crecerán año a año, gradualmente, en función del despliegue de las nuevas prestaciones o la consolidación y expansión de servicios existentes. En ese período, el promedio de costos anuales estimados del SNC equivale a lo que el país recauda a través del IASS (Impuesto de Asistencia a la Seguridad Social). O sea, el impuesto a las jubilaciones y pensiones más altas. A partir del año 2020, cuando las acciones previstas estén plenamente operativas, el gasto anual rondará los 240 millones de dólares al año, lo que representará aproximadamente 0,4% del PBI anual y 1,8% del gasto público total. Sé que no es poco dinero, pero también me consta que no tener un Sistema de Cuidados es más caro para el Estado y genera mayores problemas a la población.
—¿Por qué le pone tanto entusiasmo a esta idea?
—Porque estoy convencido de que la instrumentación del SNC impactará positivamente en el futuro desempeño escolar de niñas y niños, contribuirá a que las mujeres puedan insertarse en el mercado de trabajo en mejores condiciones, impactará positivamente en reducir el ausentismo laboral y en promover la productividad, y mitigará los costos del Sistema Nacional Integrado de Salud.
—Va a ser un país lleno de “sistemas”...
—Sí: el Sistema Nacional Integrado de Salud, el Sistema Nacional de Cuidados, el Sistema Nacional Integrado de Educación Básica, el Sistema Integrado de Educación Terciaria, el Sistema Nacional de Investigadores, el Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Un lector desprevenido podría creer que nos atacó una “sistemitis” que, además, se agudizará en los próximos cinco años. Pero no es ninguna enfermedad. La sistematización de políticas institucionales es una metodología y es una estrategia para alcanzar una sociedad donde la adscripción social sea reducida al mínimo y las desventajas no se acumulen en las mismas personas y se transmitan por generaciones, donde la diversidad sea aceptada como un bien y no debilite sino que enriquezca la cohesión social, donde las diferencias y los conflictos puedan ser gestionados y resueltos democráticamente. En el avance hacia esa sociedad todo tiene que ver con todo, pero no todo es lo mismo ni puede hacerse igual. En ese avance, y sin desatender las urgencias del presente, hay que evitar la ansiedad táctica y la vocación épica, y apuntar a la conquista estratégica mediante un proceso de transformaciones profundas y graduales.
—¿Qué ejemplo puede poner de lo que está diciendo?
—Bueno, la descentralización es un buen ejemplo. Descentralizar no es “clonar en chiquito”, ni repartir lo que sobra o lo que no hay. Descentralizar es transferir recursos, bienes, servicios, conocimiento y poder. Nada de eso se transfiere de la noche a la mañana ni con voluntarismos espasmódicos. Todo requiere de políticas y de política. Políticas públicas sistémicas, audaces pero sostenibles, de largo aliento pero con resultados tangibles también en el corto y mediano plazo, con solidez técnica, legitimidad política y apoyo ciudadano.
—Ya que habló de eso, tanto en Uruguay como en el resto del mundo, la política y los políticos no gozan de gran prestigio, al menos en buena parte de la sociedad. Parece haber un hartazgo de la política. ¿Usted cómo evalúa eso?
—Puede que sea cierto que haya un hartazgo de la mala política, que por supuesto también existe. Pero yo estoy hablando de política como espacio público, como lugar de encuentro y diálogo de la sociedad con todo lo que ella tiene de entramado, de variedad e identidad, de acuerdos y conflictos, de intereses y compromisos, de tradición y futuro. Hablo de política como medio de gestionar democráticamente —porque en nuestra opinión política y democracia son inseparables— la sociedad y mejorarla en términos de integración y prosperidad. Las sociedades nunca serán perfectas, pero pueden ser cada día mejores. No hay garantías para la felicidad de los individuos, pero todos los individuos tienen derecho al bienestar. De ahí viene nuestra convicción respecto a la importancia del diálogo social sobre los principales temas de la agenda del país, nuestro compromiso para convocarlo lo antes posible y nuestro deseo de que sea leal, condición indispensable para que sea útil, para que llegue a acuerdos sostenibles por parte de todos los participantes y para que tenga resultados tangibles en la vida cotidiana de la gente. Porque esa es la realidad que vale. El porvenir siempre es desafiante y exigente. Y el porvenir del Uruguay será el que los uruguayos seamos capaces de construir paso a paso y entre todos. Los próximos cinco años serán testimonio de ello.