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    Venezuela y la revolución bolchevique

    Sr. Director:

    La zanahoria y el (plan) conejo. La solución revolucionaria le ofrece al público una cápsula maravillosa, cuya ingestión automáticamente transforma la realidad en un mundo mejor, con la única condición de suscribirse a un interregno dictatorial de duración indefinida, en el que la población queda a merced de los experimentos sociales de una casta de fanáticos, obsesionados con la idea de hacer tabla rasa de la sociedad y refundar al hombre a imagen y semejanza de una burda caricatura. Ver a los gobernantes venezolanos de hoy reírse de manera tan descarada frente a una situación más que preocupante para su pueblo, como es la situación alimentaria, no solo es un indicio de su brutal incompetencia y de un cinismo criminal, sino que debe también recordarnos cómo regímenes afines a este, que hoy implementa el plan conejo, han asimismo encandilado a sus pueblos con la promesa revolucionaria, para luego, una vez en el poder, mostrar su verdadero rostro.

    A partir de ingerida la píldora revolucionaria ya no importan las promesas incumplidas ni las reivindicaciones pisoteadas: la dictadura es inapelable. Y la gente, sumida en las dificultades de la existencia diaria, embelesada con ese perpetuum mobile que descubre un chivo expiatorio detrás de cada pliegue íntimo de la conciencia, compra, compra, compra y vuelve cíclicamente a comprar. Comprar una dictadura que acabe con toda dictadura es casi como lo que le sucede al personaje de la novela Mientras agonizo, de William Faulkner, una joven de campo que, en su ignorancia y candor, va a la farmacia a comprar un abortivo y termina siendo embaucada por uno de los empleados, quien la convence de que solamente con un clavo se puede sacar otro clavo. Así los campesinos rusos…

    Inmediatamente después de la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917 y del derrocamiento del gobierno provisional (no del zar, que había abdicado ya en marzo de ese año, producto de la revolución de febrero), se emitió el Decreto sobre la Tierra (complementado luego por la Ley de Socialización de la Tierra), que abolió la propiedad privada en el campo y concedió la posibilidad de que quien así lo quisiera pudiera obtener una parcela de tierra para trabajar en ella, visando evitar la acumulación excesiva. En realidad, la repartición de la tierra ya venía realizándose de hecho desde la misma Revolución de Febrero, en la que muchos campesinos y soldados tomaron por la fuerza las posesiones de los terratenientes, alterando considerablemente el orden social en el campo ya antes de la Revolución de Octubre.

    La eterna reivindicación del campesino ruso de “la tierra para el que la trabaja” era, no obstante, una piedra en el zapato para la proyectada construcción socialista, una de cuyas premisas fundamentales era el desarrollo de una agricultura completamente colectiva, en la que el campesino individual no tuviese injerencia alguna, y en la que el Estado pudiera dominar más fácilmente la adquisición de grano, poniendo los precios que más le conviniesen, o, eventualmente, tomándolo por la fuerza. El propio Lenin parece haber reconocido la verdadera naturaleza de la medida adoptada cuando dijo: “Nosotros, los bolcheviques, estábamos en contra de esa ley. Sin embargo, la suscribimos, porque no queríamos oponernos a la voluntad de la mayoría del campesinado. (…) No quisimos obligar al campesinado a aceptar la idea de que el reparto igualitario de la tierra era inútil, idea que le era extraña. Creímos que era mucho mejor que los campesinos trabajadores comprendieran, a través de su experiencia y de sus padecimientos, que el reparto igualitario es un absurdo…” (¹).

    Evidentemente, las aspiraciones del poder soviético y del campesinado discurrían por senderos bastante alejados entre sí. Tan alejados, según parece, que en el artículo 25 de la Constitución soviética de julio de 1918 se estableció que los representantes serían elegidos a razón de 1 por cada 25.000 trabajadores urbanos y… ¡1 por cada 125.000 campesinos! Esta clara postergación, sumada a una requisa cada vez más arbitraria de cereales, fue otra de las tantas gotas que terminaron por derramar el vaso de la proverbial paciencia del campesino ruso, desembocando en una rebelión abierta contra el poder estatal. Entre 1918 y 1921 se sucedieron no menos de cuatrocientos levantamientos campesinos, en los que, en ocasiones, agricultores pobres armados únicamente con palos y hachas se lanzaban contra las ametralladoras, y en los que, por cada soldado soviético caído, diez campesinos eran fusilados en represalia.(²) Poco se sabe de esas masas anónimas que murieron luchando, por la tierra y por el fruto de su trabajo, contra el mismo poder que antes les había prometido “pan, paz y tierra”, transformado ahora en el más formidable de los terratenientes. Y, sin embargo, todas estas calamidades solo eran un anticipo de lo que les estaba por venir…

    Por desgracia, seguimos siendo testigos de la desesperada carrera de un pueblo hambriento detrás de una zanahoria pintada de utopía, obligados a agachar la cabeza o morirse de hambre, víctimas de una dolorosa tragedia anacrónica cuyas páginas ya están de sobra escritas en la historia, pero que América del Sur se esfuerza tercamente en revivir. Hoy es Venezuela. Mañana quién sabe.

    Guillermo Cedrez

    CI 3.513.805-2

    (1) V.I. Lenin, Obras Completas, Akal, Madrid, 1978, Tomo XXX, pág. 19; Obras Completas, Progreso, Moscú, 1986, Tomo XXXVII, pp. 183 y 184.

    (2) A. Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag, Tusquets, Barcelona, 2011, Tomo I, pág. 363.

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